Valle-Inclán y los libros / Por Vicente Alberto Serrano

Valle-Inclán y los libros  /  Por Vicente Alberto Serrano

Iluminaciones en la sombra

Alrededor de los años ochenta del pasado siglo Lluís Pasqual se empeñó en montar una nueva y magnífica representación de Luces de bohemia (Ed. Espasa-Calpe). Los ensayos se llevaron a cabo en el Teatro Calderón de Valladolid y allí finalmente se estrenó. Yo por entonces trabajaba para el Centro Dramático Nacional y aquí en Madrid también se preparaba otro estreno, el de Eloísa está debajo de un almendro (Ed. Espasa-Calpe) dirigida por José Carlos Plaza. Llamaron desde la capital vallisoletana reclamando urgentemente un buen lote de libros de atrezzo que se requerían para la escenografía –firmada por Fabià Puigserver– porque resultaban imprescindibles como elemento decorativo en la escena segunda que se desarrollaba en la cueva de Zaratustra, presidida por un peculiar librero con cara de tocino rancio y bufanda de verde serpiente. Hasta allí me encaminé una tarde de otoño con la parte trasera de mi coche cargada hasta los topes con cerca de un centenar de libros viejos de lo más variopinto y pintoresco, algunos conformados en sobada rústica y otros vistosamente encuadernados en pasta española. En cuanto a los temas abarcaban casi todos los géneros del saber que –en ésta ocasión– sí que ocupaban bastante lugar en la trasera de mi primer Golf pues el coche parecía renquear por la sobria llanura castellana con tanta cultura a cuestas: medicina, numismática, genealogía, veterinaria, química orgánica o contabilidad se entremezclaban con algunos estrafalarios plumíferos del siglo XIX que, por lo visto, fueron capaces –en otros tiempos lejanos– de perpetrar dramones por entregas, desarrollados a lo largo de más de un millar de páginas y suministrados en reducidos pliegos a precios populares con los que conseguían sobrecoger cada semana la atención de infinidad de lectores. Aquella tarde doscientos kilómetros de carretera en solitario, pero en tan grata compañía libresca, me dieron para una profunda reflexión en soliloquio; gocé de tiempo suficiente para plantearme, una vez más, el fin último del libro y su supuesta función social a lo largo del tiempo y las sensibilidades.

Libros viejos, de lo más variopinto y pintoresco, algunos conformados en sobada rústica y otros vistosamente encuadernados en pasta española.

Las novelas por entregas

Recuerdo que descargué tan pesado y extraño cargamento de libros raros en el vestíbulo del Teatro Calderón y mientras algunos técnicos los iban acarreando para subirlos al escenario, yo me entretenía en espigar entre las páginas de títulos tan sugerentes de aventuras literarias como aquel de El Fracmasón proscrito… firmados además por autores del diecinueve que me resultaban totalmente desconocidos, como Wenceslao Ayguals de Izco o Julio Nombela y Tabares entre otros. Han pasado los años y a veces he llegado a creer que esas novelas de absurdos y enrevesados argumentos, así como sus autores de apellidos rimbombantes, tan solo fueron productos de mi calenturienta imaginación o de alguna noche de malos sueños. Sin embargo enredado –como siempre– entre laberínticas lecturas, he tropezado estos días con un breve pero aclaratorio estudio del catedrático francés Jean-François Botrel titulado La novela por entregas: unidad de creación y de consumo (Ed. Castalia) que me ha obligado a desembocar de nuevo en el minucioso ensayo de Juan Ignacio Ferreras titulado La novela por entregas 1840-1900 (Ed. Taurus). Debo reconocer que no me faltaba razón cuando trataba de analizar los espurios propósitos mercantiles de aquellos editores del siglo XIX. Se empeñaron en hacer consumir supuesta literatura a humildes clases sociales semi analfabetas tras el engañoso señuelo de precios populares y con el único fin de que sus escuálidas economías pudiesen alcanzar “obras maestras” con irrisorias cuantías semanales; los convirtieron en fervorosos suscriptores, que recibían puntualmente pliegos repletos de naufragios, incendios, puñaladas, duelos, raptos, envenenamientos… con un “continuarán” que los dejaban intrigados hasta la entrega siguiente. Su fidelidad se veía recompensada además con primorosas laminas que recibirían de vez en cuando para incluir en los sitios indicados, una vez que el volumen finalizase definitivamente, tras centenares de páginas coleccionadas y que con primorosas tapas –previo pago– fuesen encuadernados –previo pago– aquellos tochos que dignificarían sus hogares. El costo final triplicaba o cuadruplicaba el precio de cualquier volumen normal. Por eso los editores se frotaban las manos con un negocio tan engañoso como rentable, porque no les suponía apenas riesgos de liquidez ni engorroso almacenaje de material de desecho, exigiendo además a los esclavos-autores que alargasen las historias, sobre todo con mucho diálogo para que diesen más páginas de materia novelesca en cada entrega; todo a cambio de remuneraciones miserables a su trabajo de escribientes. Un negocio que posteriores editores supieron estirar y con el que han logrado llegar hasta nuestros días ofreciendo fascículos coleccionables de las materias más insólitas, desde la Enciclopedia Monitor, atlas universales, historias del arte, hasta una Cómo aprender croché sin esfuerzo o reunir chapas de Coca-Cola cada semana. Eso por no citar cuando consiguen engañar al cliente iletrado para que adquiera, cada siete días, un volumen primoroso y así reunir las cien obras maestras de la literatura con lujosas encuadernaciones en símil piel y títulos grabados en oro que dignificarán la boiserie del salón de su hogar, aunque nunca se atrevan a adentrarse en la lectura del contenido interior, por supuesto conteniendo pésimas traducciones con tipografía minúscula y miserable.

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Valle-Inclán y los libros

En Luces de bohemia don Ramón-María del Valle-Inclán logró perfilar una sátira nacional con la que flagelar aquella España caduca, de agonía permanente, pero sobre todo corrupta hasta las cachas y escasa de ética alguna. Luces se publicó, por entregas, en la revista España a partir de julio de 1920 y el autor la bautizó como “Esperpento”. Aquel desmoronamiento irremediable en forma de función dramática lo conseguí ver por primera vez desde el gallinero de un teatro de Granada, a comienzos de los setenta en una versión valiente y arriesgada, pero evidentemente cercenada por la censura, que nos mostró José Tamayo. A partir de entonces muchos de nosotros hemos seguido considerando Luces de Bohemia como la pieza teatral más emblemática de la dramaturgia contemporánea y a través de cualquiera de los montajes posteriores, todavía seguimos a aquel ciego protagonista –de lúcida inteligencia– que era capaz de mostrarnos a lo largo de quince escenas a través de la noche madrileña, el mosaico definitorio de los eternos males de la patria. Siempre admiré las exquisitas ediciones de buena parte de su obra literaria impresas bajo el epígrafe de “Opera Omnia”, por tanto siempre asocié a Valle-Inclán con el universo de los libros, sobre todo en el arranque de Luces de Bohemia, cuando Don Latino aparece en escena y tanto Claudinita como Madame Claudet le requieren los cuartos de unos libros que se ha llevado para vender. Es entonces cuando Max Estrella le pregunta cuánto ha sacado por los libros y Don Latino se lamenta: «¡Tres pesetas, Max! ¡Tres cochinas pesetas!» Presto Max requiere su palo y su sombrero y apoyado en el hombro de don Latino de Hispalis inician el recorrido esperpéntico para visualizarnos toda clase de miserias a lo largo de una larga noche de dramática bohemia. En principio con la excusa de deshacer el trato en el local de Zaratustra, librero abichado y giboso, cuya puerta de entrada aparece empapelada con cuatro cromos espeluznantes de un novelón por entregas. Allí inician conversación con el peregrino Don Gay sobre las excelentes maneras de los ingleses en comparativa con los presentes. El parlamento se interrumpe cuando aparece la chica de una portera para preguntarle a Zaratustra si ya ha salido la última entrega de El hijo de la difunta y como el librero le responde que: «Se está repartiendo», ella vuelve a preguntar: «¿Sabe usted si al fin se casa Alfredo?» Zaratustra contesta malhumorado: «Niña, es un secreto lo que hacen los personajes de las novelas. Sobre todo en punto de muertes y casamientos. Estaría bueno que se divulgase el misterio. Pues no habría novela.» Máximo Estrella y Don Latino en ese momento deciden dirigir sus pasos hacia la Taberna de Pica Lagartos, que tiene su clásico laurel en la calle de la Montera. De este modo se cierra la escena segunda. Quiero añadir una acotación final y muy aclaratoria: don Ramón María del Valle-Inclán también ejerció el oficio de novelista por entregas, prueba de ello es La cara de dios, novelón que reeditó completo hace algunas décadas la editorial Taurus.

Valle ante el escaparate de una librería y cubierta de la exquisita edición de “Luces de Bohemia” en la colección Opera Omnia.

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