Iluminaciones en la sombra
Pocas semanas después de recalar en esta ciudad, allá por el verano del 61, tuve la osadía de intentar empaparme enterita la fascinante historia local. Apenas alcanzaba los once años pero fui capaz de acometer la lectura de Datos históricos de la ciudad de Alcalá de Henares (Imprenta T.P.A.) redactados por Anselmo Reymundo Tornero en un volumen de casi mil doscientas páginas y cuyo ejemplar estaba dedicado por el propio autor: «A la Biblioteca de la Prisión de Mujeres con todo afecto.» Como La Galera carecía de biblioteca, el libro en cuestión quedó arrumbado en el estante polvoriento de un armarito de la escuela. De allí lo robé una mañana de agosto; quiero pensar que la monja-maestra nunca lo echó de menos.
Hoy, motivado por sutiles causas de cierto repudio estético estatuario, me he empeñado en escarbar de nuevo por aquellas páginas, tratando de rebuscar y reafirmar algunos datos que conservaba medio borrosos en la memoria sobre las vicisitudes por las que se vio envuelto un peculiar homenaje a Juan Martín El Empecinado, guerrillero que logró poner en retirada a las tropas francesas, a la altura del puente Zulema y el pueblo agradecido se empeñó en erigirle en aquel lugar una especie de pirámide conmemorativa por tan heroica y cuestionada gesta, pero al parecer duró poco tiempo y es que ya en el siglo XIX las ideologías también luchaban denodadamente por su prevalencia.

Dos versiones escultóricas para homenajear a Juan Martín “El Empecinado”.
En 1823 los absolutistas obsesionados por arrasar cualquier atisbo liberal, no dudaron en destruir las piedras del homenaje. Dos años más tarde decidieron acabar incluso con la vida del homenajeado, ahorcándolo en la Plaza Mayor de Roa. Otros dos míticos héroes de aquellos tumultuosos años, corrieron parecido infortunio. Rafael de Riego ya había sido ahorcado en 1823 en la Plaza de la Cebada de Madrid y José María de Torrijos sería fusilado en una playa de Málaga en 1831. Tras la muerte del Borbón felón, algunos alcalaínos de supuesto talante liberal, acariciaron de nuevo la idea de homenajear a aquel guerrillero que en otro tiempo parece ser que los liberó de las sanguinarias fuerzas francesas de ocupación. Hubo intentos de erigirle un monumento en la plaza principal, pero el proyecto no se logró hacer realidad hasta 1879 cuando Esteban Azaña, siendo alcalde de la ciudad, inauguró uno –en bronce– dedicado a Miguel de Cervantes en aquella plaza mayor, obra del escultor italiano Carlo Nicoli y pocas semanas antes un busto en hierro a la memoria de El Empecinado, obra del escultor alicantino Francisco Graciani, en la plazoleta de Santa Teresa, frente al antiguo convento de la Merced, transformado más tarde en cuartel de Sementales.
El Empecinado visto por un inglés
Cuenta Alfonso Sastre en La revolución y la crítica de la cultura (Ed. Grijalbo) que un día hablando con Jardiel Poncela sobre Gregorio Marañón, este le definió que, como médico le parecía un excelente escritor. Así lo debían de considerar los supuestos bien pensantes de la dictadura franquista pues creo que en los años represivos de antaño el médico ni siquiera pasaba consulta, al parecer solo se empeñaba en pontificar sobre las más diversas materias. Era muy celebrado y considerado un magnífico historiador, publicándole con profusión en todos los formatos. Me atrevería a señalar cierta desfachatez del número 360 de la colección Austral que a inicios de la década de los cuarenta reedita El Empecinado visto por un inglés sin citar a su autor, el escritor y periodista inglés Frederick Hardman (1814-1874) ni en la cubierta ni siquiera en el lomo del volumen de bolsillo, destacando –eso sí– con letras capitulares a Gregorio Marañón como autor de la traducción y el prólogo.

Cubierta de un libro sin autor y fragmento del cuadro de Goya dedicado a “El Empecinado”.
Por supuesto no se trataba de un sesudo estudio sobre el autor ninguneado, sino simplemente de una traducción del relato. La reseña explicativa en la solapa se encabezaba con el nombre del Doctor Marañón en contundente negrita y mayúsculas al tiempo que se resaltaba su modo magistral de interpretar la historia y el estilo “castizo” de la traducción. Tal vez se trató simplemente de una ¿inocente? estrategia editorial para tratar de vender más ejemplares en un país iletrado. Sin pudor alguno casi intentan achacarle la autoría del relato original. Es como si Manuel Azaña se hubiese declarado autor de La Biblia en España. Comentar -como curiosidad– que en uno de sus Episodios Nacionales, también Benito Pérez Galdós trató de esbozar la figura de El Empecinado en sus escaramuzas guerrilleras por tierras de La Alcarria, aunque le quedó algo diluido frente al protagonismo omnipresente de Gabriel Araceli.
Los árboles no dejan ver el bosque (perdón, el busto)
En la actualidad creo que ni siquiera un inglés sería capaz de alcanzar a ver el busto de Juan Martín El Empecinado; permanece semioculto entre espeso arbolado con la música de fondo de impertinentes cotorras. Sigue situado en su lugar de origen, una plazuela que hoy lleva su nombre y de la que desapareció hace años el cuartel de Sementales. A través del libro de Anselmo Reymundo Tornero me enteré de las dos versiones que padeció aquel busto, cuya primera interpretación fue realizada en hierro por el escultor Francisco Graciani. Rechazada más tarde, al parecer alegando la mala conservación del hierro a la intemperie, pero sobre todo por su aspecto inquietantemente afrancesado debido a unas excesivas charreteras que lo delataban.

Monumento a “El Empecinado”, con el cuartel de Sementales al fondo (1915).
Goya lo retrató con ese mismo dorado distintivo y nadie alzó la voz, pero los alcalaínos de entonces –muy suyos– decidieron sustituirlo por un busto, supuestamente mucho más ortodoxo, debido a la reconocida maestría de Carlo Nicoli, autor de la otra escultura singular dedicada a Cervantes. El Empecinado aún preside aquella plaza, olvidado, porque la plazuela está algo retirada de las consabidas rutas turísticas para forasteros, que son pastoreados hacia pongos de supuesta mucha más enjundia al tiempo que les cuentan historietas increíbles, sobrepasadas de imaginación calenturienta, en esta especie de parque temático que tratan de convertir últimamente el casco antiguo de la ciudad. Mientras que algunas orgullosas autoridades locales tratan de vender la moto con un oxímoron de lo más atrevido: “Turismo Inteligente”.
Los pongos
Una querida escritora amiga nuestra, ya desaparecida, cuando tuvo sus años de popularidad y gloria, se la disputaban pueblos y capitales de provincia que constantemente la invitaban para dictar conferencias sobre los temas más diversos, presidir jurados literarios o moderar coloquios. Generosamente se ofrecía a todo y siempre regresaba de distantes puntos de nuestra geografía con un “pongo” peculiar que las autoridades del lugar le regalaban agradecidos. Así los llamaba ella mientras se preguntaba: «¿Y ahora dónde lo pongo?» Las proporciones de las casas siempre han resultado limitadas para colocar tanto cachivache de dudoso gusto. Ahora entendemos que las ciudades –por sus dimensiones– parecen estar capacitadas y dispuestas para acoger cualquier aberración que se precie, sin criterio estético alguno. El turismo es lo primero (por ahora).
El Empecinado visto por un inglés
por Vicente Alberto Serrano





























