En América con Manuel Peinado  / Por Vicente Alberto Serrano

En América con Manuel Peinado   /    Por Vicente Alberto Serrano

Iluminaciones en la sombra

En las ferias del lejano verano del 73 los bafles de las tómbolas, de los coches de choque y del guitoma se afanaban por atronar hasta la extenuación con la machacona repetición de aquella canción de “Eva María” por Fórmula V, un personaje femenino que por lo visto no terminaba de pirarse para encontrar el sol en la playa, acarreando su maleta de piel y su biquini de rayas. Fue entonces cuando, al mismo tiempo, comenzó a desbordarse por el ferial un potente chorro de voz que parecía venir desde el más allá para aclararnos que cuando Dios hizo el edén pensó en América. Veinte años tardé en arribar hasta ese supuesto paraíso ignorado. Lo recorrí de costa a costa, con la ignorancia supina que caracteriza al turista accidental. De regreso, aquejado del inevitable jet lag, no se me ocurrió mejor idea que chascarme por enésima vez la cinta de video de Niagara para comprobar desconfiado si el cine y la realidad eran lo mismo porque en mi visita a aquellas cataratas ni siquiera me había tropezado con Joseph Cotten y mucho menos con la rubia de la película. Fue entonces cuando llegué a la luminosa conclusión que ese edén no fue obra de Dios, sino de la Metro Goldwyn Mayer y su león rugiente. Creo que toda mi visión de América se limitaba a los cines de verano. Por tanto no había hecho falta cruzar el charco. Los conocimientos, tras tan largo viaje, no se ampliaron más allá de Esther Williams y aquellas piscinas de aguas cristalinas, cuando aquí todavía no sabíamos qué era eso de una depuradora y mientras los indios y el séptimo de caballería atravesaban, a la carrera, las pantallas al aire libre y nosotros, inmóviles pero entusiasmados, pisábamos la escueta realidad de un suelo repleto de cáscaras de pipas. En cuanto a los haigas solo se los veíamos lucir chuleando a los envalentonados jóvenes de la base, hermosos y rubios como la cerveza, impenitentes masticadores de chicle.

El autor de “¡América, América!”

Ha pasado el tiempo

Ya lo escribía desconsoladamente el poeta: «Ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma…» Y es que hasta que ahora nos hemos adentrado en las páginas de este libro, no hemos llegado a tener datos fiables sobre la América profunda. La culpa la tiene Manuel Peinado Lorca que acaba de publicar ¡América, América! (Ed. Círculo Rojo) y además subtitula su clarificadora guía como “Crónicas del otro lado del sueño americano”. Es verdad que los sueños, sueños son y los nuestros sobre aquel supuesto edén se edificaron a través de una raquítica épica de pistoleros, soldados azules y mucha pluma (de indio, por supuesto). Por eso, recreándonos en la buena escritura que contienen estas páginas y ese peculiar sentido del humor que caracteriza a su autor, a través de estos casi ochenta relatos cortos Peinado ha enriquecido generosamente, con infinidad de datos necesarios, los perfiles de aquella tierra que un torrente de voz nos había tratado de explicar –sin mucho éxito– en las lejanas ferias del 73.

De Wounded Knee a Jesse James

Por razones que ahora no vienen al caso adquirí en otro tiempo un conocimiento fuera de lo común sobre los pieles rojas y su entorno. Tal vez por eso me gratificó tanto el hecho de luego poder compartir conversaciones sobre Litte Bighorn, Wounded Knee, siux, comanches, bisontes, William Cody, Sitting Bull, Gerónimo, Caballo Loco o el General Custer con un granaíno de El Realejo. Este libro contiene a todos ellos pero acompañados también con muchos más personajes, películas, músicas, libros y sobre todo paisajes magistralmente descritos por un sensible experto en esa materia, mostrándonos buena parte de un territorio que tan solo habíamos llegado a conocer en los westerns de John Ford o en los relatos de Steinbeck. Aquí se contiene mucho más que las crónicas del otro lado del sueño americano. Por un momento nos sentimos testigos presenciales del cobarde asesinato de Jesse James, desconsoladamente solos junto a una gasolinera, como si estuviésemos perfectamente integrados en el interior de un cuadro de Hopper o simplemente compartiendo barra y café aguado con cualquier personaje, chorreando brillantina, escapado de los pinceles de Norman Rockwell.

Cubiertas de las dos últimas publicaciones de Manuel Peinado Lorca.

A través del retrovisor

Cuando en sus relatos nos perfila aquellas inquietantes carreteras hacia el infinito, cuando a la caída de la tarde se va despidiendo de un paisaje a través del retrovisor, Manuel Peinado nos demuestra que se ha pateado buena parte de la América profunda en los diversos viajes que ha realizado por aquel territorio y que nos lo ha sabido explicar con minuciosa perfección.  Rutas dirigidas hacia ese horizonte desolado e infinito que, inevitablemente, me recuerda la secuencia de Cary Grant en la película Con la muerte en los talones (absurda interpretación del título original: North by Northwest) tratando de zafarse de la amenaza de una avioneta fumigadora. Tras la lectura, altamente recomendable, de esta crónica-manual de viaje, me reafirmo que nuestra cultura americana hasta ahora se limitaba al león rugiente de las pantallas de cine y, a lo sumo, también a la butaca de casa, porque con las películas y abundantes lecturas, creímos conocer en profundidad un territorio ignoto que hoy, a través de estas clarificadoras páginas nos saturan y enriquecen de información desconocida. No nos bastó con El hombre que mató a Liberty Valance y las aventuras de  Huckleberry Finn. Ahora nos cuestionamos aquel viaje legendario que realizamos hace años, llegando a la conclusión que nos faltó entonces una brújula tan simple como este libro.

“Gas” (1940) obra de Edward Hopper que de algún serviría para ilustrar estos relatos de Peinado.

Y además, Washington Irving

En la primavera de 1829, el escritor, historiador y diplomático norteamericano Washington Irving, en compañía de cierto colega ruso, emprendieron un viaje apasionante: la aventura de llegar desde Sevilla a Granada, a través de la Andalucía interior. El resultado final sería la detallada narración que sirvió de prólogo necesario a los Cuentos de la Alhambra (Col. Austral). Casi dos siglos después el geobotánico Manuel Peinado realizó una hazaña parecida. Como si se tratase de un cante de ida y vuelta, de esos que interpretan los flamencos de nuestra tierra, el hoy Director del Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá viajó hasta Nueva York, la ciudad natal de Washington Irving y en una librería de viejo consiguió la edición de 1835 de A Tour on the Prairies (Un viaje por las praderas) publicado por Carey, Lea & Blachard. En el prólogo de su posterior traducción al castellano, comentaba: «En el verano de 2012, cuando seguía la ruta de Pony Express desde San Luis a San Francisco, me desvié para tomar la ruta de la expedición Irving». Desde entonces y a lo largo de varias décadas, a La frontera salvaje (Ed. Errata Nature). A Tour on the Prairies lo tradujo de este modo la editorial, le han continuado versiones al castellano de Las aventuras del capitán Bonneville (Ed. Interfolio, 2021) y hace unas semanas el contundente volumen de Astoria (Ed. Interfolio, 2026) con cerca de 900 páginas que no solo recogen la impecable traducción de Manuel Peinado, sino su detallada introducción explicativa y guía de lectura que el editor recomienda encarecidamente leer antes de comenzar el sugerente relato de aquella aventura más allá de las Montañas Rocosas con el que su autor sorprendió a la crítica y público estadounidense, porque estaba encasillado hasta entonces como un escritor más del romanticismo europeo.

 

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