Por Antonio Campuzano
El MVP del partido (Most Valuable Player, por sus siglas en inglés, qué bien queda lo de las siglas) tiene un dueño en la mañana del domingo en el Municipal del Val. Y el agraciado potencial sería Álvaro Calado, 22 años tan solo, y portero del Navalcarnero, procedente de Talavera y criado en las divisiones inferiores del Rayo Vallecano, ese manantial de jugadores inagotable de generación y abundancia.
La segunda parte, máxime desde el minuto 44 de la primera fase con expulsión de Miguel García por último hombre en la comisión de falta al omnipresente Koné, fue un ejercicio de épica, con detalles ilíada y detalles odisea, con alguna mezcla de sentimiento trágico de la vida. Todo ello visto desde la perspectiva de Calado, con tres palos, los de la portería, para albergar la soledad del guardameta, que fue fusilado para salir del trance hasta el minuto 83 del partido, sin duda con la ayuda de Homero por la parte clásica y de Unamuno por la contemporánea.
Los dos equipos emparejados en la zona media de la clasificación se jugaban esa posición de habitual menosprecio por pertenecer a los puestos del “chichinabo”, esa posición que no te da pero que tampoco te quita. El Navalcarnero, habitual en la pugna con el Alcalá desde el esclarecimiento de los tiempos, ofreció una imagen de equipo serio, con inclinación a muy serio, vestido de amarillo “Borussia”, y con el pecho adornado por Sasegur, empresa de seguridad, limpieza y servicios auxiliares, con domicilio social en el polígono industrial de Alparrache, algo que ver con el sostén laboral de Navalcarnero. La industria y el fútbol en convivencia fraternal hasta que venga un jeque y disponga otra cosa. El partido revelaba el positivo de las antiguas fotografías que se dibujaba en la clasificación, todo parejo, casi igual. Partido trabado con pocas ocasiones en ambos bandos hasta el punto central del partido, el minuto 44 y la expulsión.
El trío arbitral fue muy exigido, el colegiado principal responsable de nombre Alberto Gómez Lameiro, y la línea de la derecha según banquillos, Iria Rosendo en especial. Las líneas de género femenino, desde su aparición, semejan la imagen determinantemente, con anatomía de gimnasio y coleta al viento, el parecido entre ellas va en aumento. La coleta de Chete, el central lesionado al final del encuentro, rivalizaba con dignidad con la línea. Chete, en El Val, se pone serio, con coletas por medio, con Pablo Iglesias y con Morante de la Pueblo, si es preciso. Manu González, entrenador visitante, y su segundo, alternaban su auxilio dialéctico.
Los dieciocho grados centígrados de sensación térmica y con el sol de cara hacían perentoria la distribución de perfiles para instruir uno u otro sin solución de continuidad. El clima continental del Municipal del Val es una realidad. Hoy tocaba calor y las gentes cercanas al banquillo ganaban sin disimulo las posiciones de tribuna protegidas por la cubierta, pero desprotegidas por la calidad energúmena del insulto abierto y procaz. La primavera ha entrado no solamente en las grandes superficies y el domingo hacía calor “teórico y práctico”, que gustaba decir al homenajeado Bryce Echenique. Vivar Dorado, sabedor del momento apreciable como oportuno y solo oportuno de diez contra once, hizo presión magistral con los cambios de la segunda parte. Cada cambio eran kilos de presión al émbolo contra el portero Calado vestido con el polyester de los héroes. Y así hasta el tesón de Albur, con el 17 a la espalda y llegado desde el Moscardó para abrir las latas de conserva de la marca cero cero. Albur es miniatura de Alburquerque, con el permiso de Isabel Gemio y de Luis Landero, espectáculo y literatura. Muy al final, el detalle después de choque violento entre el defensa Juanmi y el delantero Koné: después de la fricción desabrida, una mirada y un toque de puños suave y pacificador.
Gusto de verlo.




























