Jorge Matías en el Lianchi / Por Vicente Alberto Serrano

Jorge Matías en el Lianchi  /  Por Vicente Alberto Serrano

Iluminaciones en la sombra

Frente a mi casa se extiende un parque de reciente construcción, alargado y festoneado por cipreses que estoy casi seguro ni siquiera creen en Dios, pero empeñados en delimitar y separar el casco histórico de nuevas, controvertidas e ignoradas –sobre todo algunas de ellas– construcciones. En una de las rotondas que lo bordean, se erige un homenaje a la mujer motera que aparte de no tener parecido alguno con la Victoria de Samotracia, está envejeciendo bastante mal, encaramada en un trasto al que parece le hubiesen birlado el motor o tal vez nunca lo tuvo. Es como si, moto y señora, acabasen de llegar de un desguace cercano. Más allá del parque, entre esta “orilla” y aquella transcurre una especie de avenida dedicada a un helenista griego que fue catedrático de la Universidad de Alcalá (1512-1518), por lo visto estuvo implicado en la confección de la Biblia Políglota Complutense y al parecer, según comentan añosos escritos, tuvo que pagar de su peculio los caracteres tipográficos en griego. Al otro lado se muestran dos baretos, siempre bastante concurridos, que animan la entrada al barrio denominado oficialmente Polígono Puerta de Madrid pero conocido popularmente como “El Lianchi”. Uno de aquellos bares ostenta orgulloso su nombre, bastante emblemático y significativo: “La Frontera”.

Jorge Matías y cubierta de su último libro.

Escondite de los proscritos

Jorge Matías acabó, por necesidad, como currante del metal tras algunos cursos en la FP, pero un día se empeñó en formar parte del gremio de escritores malditos y guiñándole un ojo a Baudelaire, a Poe o Bukowski, publicó su primer relato con el título de Vinagre (Ed. Yonki Books) donde llegó a afirmar: «El alcohol vació mi vida y dejarlo, casi llena mi cuenta bancaria.» Aquellas páginas contenían las cuasi memorias de una desintoxicación. En ellas se relatan los difíciles años de adolescencia y juventud del protagonista en la patética escenografía del barrio obrero de una ciudad dormitorio, a finales del pasado siglo, enredados entre litronas, porros y charlas interminables subidos al respaldo del banco de un parque de arena «…del que de vez en cuando –son palabras del autor– teníamos que salir corriendo para no recibir una paliza de los grupos nazis que proliferaban por la zona.»

La frontera azul

A finales de los setenta se comenzó a programar a través de la televisión oficial y única una serie japonesa titulada La frontera azul, ambientada en la China del siglo X e inspirada en un manga. El héroe Lin Chung solía refugiarse con los proscritos a orillas del río Liang Shan Po. En aquellos años de miseria marginal los chinos proscritos se convirtieron en héroes de culto para infinidad de jóvenes que, aparte de otras sustancias, consumían también imágenes en blanco y negro, acordes con la escasa gama de color que dominaba, no solo su épica, sino todo el país. Jorge Matías acaba de publicar en la editorial Altamarea La frontera azul; en el segundo capítulo nos aclara como en Andalucía, incluso en Valencia (Algeciras y Burjasot) se conocen barrios marginales como Liang San Po y por eso aquí el Polígono Puerta de Madrid no iba a ser menos y explica: «Como era un nombre muy largo y nosotros no nos merecíamos tanta nobleza, el barrio empezó a ser conocido como el Lianchi.»

Tétricos soportales, tan bajitos, oscuros y temerosos… sostenidos por pilares de hormigón en lugar de esbeltas columnas de piedra. (Foto: E.S.)

El Olimpo de la chusma

Frente a mi casa los agnósticos cipreses han crecido de tal forma que apenas dejan vislumbrar una mínima parte de los edificios que conforman ese barrio donde Jorge padeció sus años de adolescencia y juventud. Un polígono que durante muchos años estuvo marginado (¿sigue?) temido por los alcalaínos de pro. Aún hoy muestra las cicatrices de un abandono ancestral. Por eso resulta de sumo interés tener la valentía de recorrerlo ahora a través de la pluma de Matías que consigue enhebrar sus escalofriantes recuerdos a lo largo de las páginas de La frontera azul; escribe por ejemplo: «El Lianchi es un lugar mítico para quienes no viven en él. Es un símbolo de todo lo que está mal y no debería ocurrir. […] El Valhalla de la mugre, el Olimpo de la chusma.» Una vez acabada su lectura también resultaría recomendable recorrerlo a pie para evocar aquel otro Lianchi que el autor conoció y del que ya desapareció la mítica “marisquería” de la que nos habla, con gambas al ajillo de tapa y pececitos de colores; incluso los pocos locales comerciales que terminaron cerrando. Queremos pensar esperanzados que también dejó de existir buena parte de una delincuencia y jeringuillas que a finales del pasado siglo infirió dolorosas heridas que aún no se han llegado a cicatrizar del todo. Todavía se mantienen en pie, como señas de identidad, sus tétricos soportales, tan bajitos, oscuros y temerosos, sostenidos por pilares de hormigón en lugar de esbeltas columnas de piedra. En el centro de amplios espacios, seguro que fueron verdes, con los que tal vez voluntariosos urbanistas creyeron estar creando un utópico modelo de habitabilidad, resisten algunos macizos volúmenes pintarrajeados, con vocación de esculturas cubistas, penosos recordatorios de fuentes que un día hasta echaron agua y hoy solo son los restos de una barbarie pasada, cuando la reconversión industrial y el paro endémico convirtieron estas edificaciones en un apartheid de ilusiones marchitas.

En el centro de amplios espacios, seguro que fueron verdes, resisten algunos volúmenes pintarrajeados, con vocación de esculturas cubistas, penosos recuerdos de fuentes que un día hasta echaron agua. (Foto: E.S.)

A la busca del tiempo perdido

La breve novela de Jorge Matías pretende ser el relato desgarrado de un adolescente que consumió buena parte de su juventud en un barrio delimitado por una rígida frontera de prejuicios, una frontera que no fue precisamente azul, sino más bien trazada con agrios y autoritarios tonos de grises, casi negros, en los años más conflictivos y desesperanzados de nuestro pasado reciente. Un relato desolador de su memoria. «Éramos un virus encerrado en un contenedor de hormigón y ladrillo –escribe Matías– un accidente nuclear a punto de expandir su destrucción al resto de la ciudad. Éramos Chernóbil antes de Chernóbil.» En el siglo diecinueve un alcalde local llegó a escribir la historia de su ciudad en dos tomos. En sus páginas describe el trauma que sufrió la población cuando en el año 1836 cerró sus puertas la Universidad de Cisneros. Mas adelante lamenta: «El estado de ruina de Alcalá, en cuyas calles crecía la yerba como en el campo, cuyo sombrío y triste aspecto, al que contribuían la soledad de sus edificios, daban a la ciudad el tinte de un pueblo encantado; por doquier ruinas, por doquiera edificios abandonados y casas destartaladas, hacían predecir la despoblación de Alcalá, o cuando menos su reducción a la extensión de una pequeña villa.» En 1904 su hijo esboza el esquema de una novela que al igual que más tarde Fresdeval, abandonaría inacabada porque la política le hizo derivar hacia otros senderos aún más complejos e inhóspitos. La vocación de Jerónimo Garcés arranca un doce de junio en “La Rinconada”, cuando el protagonista decide visitar la mansión abandonada de sus mayores. Apenas si se trata de dos muestras de una Alcalá narrada desde el escepticismo a la que estos días se suma el texto de Jorge Matías que con desparpajo y buen hacer, consigue mostrarnos una cara oculta de la ciudad, la de un barrio al que temerosamente durante años los complutenses de bien han tratado de ignorar. No, aquello no es Chernóbil y si aún no ha logrado curar del todo sus heridas y borrar cicatrices, esperemos que no estalle nunca, que se vaya recuperando poco a poco, porque sus habitantes no son marginados, se merecen algo mejor.

El turismo no es un gran invento

Imagino esperanzado que con renovada personalidad se irá integrando a esa ciudad patrimonio, pero estoy seguro que el Lianchi nunca llegará –afortunadamente– a formar parte del itinerario de forasteros indolentes a los que entretienen su abulia reconduciéndoles por un pavimento que han sembrado de lunares, a modo de las miguitas de pan del cuento de Pulgarcito, entre un batiburrillo de incomprensibles esculturas eclécticas (pongos) mientras les cuentan historietas inverosímiles de siglos pretéritos. El casco antiguo de Alcalá, del que se lamentaba un alcalde de antaño porque estuvo a punto de extinguirse, se ha convertido hoy en un inquietante parque temático (los barrios no), mientras que algunos todavía seguimos dudando que el turismo sea un gran invento.

 

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