Iluminaciones en la sombra
El 23 de abril de 1984 Rafael Alberti recibía el Premio Cervantes 1983. Siete años antes se había creado el galardón y se concedió por primera vez a Jorge Guillén, otro poeta del exilio que en su breve discurso de agradecimiento, en abril de 1977, desde la tribuna del Paraninfo de la Universidad de Alcalá, quiso señalar los primeros momentos de la ardua transición política que comenzaba a estar experimentando este país, deseando que: «…signifiquen un acto de concordia, ya superada la guerra más cruel.» Aquel día no estuvo presente el Borbón y, por tanto, no pudo escuchar este aliento de esperanza. Sin embargo, en otra convocatoria posterior, ante el “Marinero en tierra” el Rey –ya presente– se atrevió a destacar la dramática aventura de los escritores del exilio, de todos los exilios, remitiéndose hasta Cervantes para aclarar que también: «…sintió en su carne y en su alma, junto al dolor de la pobreza y los sufrimientos físicos, el insoportable dolor de estar lejos de España.» Después Alberti, en su extenso discurso, ilustrado con magníficos poemas, aparte de evocar constantemente a Cervantes, no quiso olvidar tampoco a todos y cada uno de aquellos que, como él, se vieron abocados a arribar a otras tierras sin sospechar que sería un dramático peregrinaje que duraría casi cuarenta años y del que muchos no volvieron; una larga lista que inició citando a Juan Ramón Jiménez para derivar hasta León Felipe.

Jorge Guillén y Rafael Alberti, dos poetas del exilio galardonados con el Premio Cervantes.
El fotógrafo Ferdinando Scianna
Resulta que el escritor siciliano Leonardo Sciascia (1921-1989) contaba que entre todos los libros de poesía que conservaba, su reliquia más preciada era el Maremagnum (Ed. Sudamericana) de Jorge Guillén porque contenía además una entrañable dedicatoria donde el poeta vallisoletano ensalzaba su relato sobre la guerra de España titulado El antimonio (contenido en el libro de relatos Los tíos de Sicilia, Ed. Tusquets). En la primavera del 84 Sciascia regresa a España, acompañado del fotógrafo “humanista” Ferdinando Scianna, nacido en Bagheria, provincia de Palermo en 1943. Intuyo que invitados por Rafael Alberti para asistir a la ceremonia de la entrega del Premio Cervantes. A pesar de que Sciascia llega a afirmar que: «La forma cabal de viajar es la de conocer, en los lugares a los que se va, a muy pocas personas o a ninguna, no tener cartas de recomendación que entregar ni citas a las que acudir…» viene a contradecirse porque en realidad tenía una cita con el poeta del Puerto. Horas de España (Ed. Tusquets), contiene una selección de textos recopilados por su amiga Natalia Tedesco que recogen la experiencia narrativa sobre las estancias en España del escritor siciliano; el tiempo que dedicó al estudio de la historia y la cultura española. Un libro impresdindible enriquecido con 43 fotografías de Scianna , imágenes que abarcan desde una inquietante manifestación franquista en Madrid hasta la tranquila placidez ante el monumento a Cervantes en Alcalá, rodeado de niños jugando; también una corrida de toros en Sevilla, diversas instantáneas de la Semana Santa en Granada y los retratos de Enrique Líster y Pasionaria.

Alcalá, 1984 (Fotos: Ferdinando Scianna).
Desde Alberti hacia Cervantes
Precisamente el capítulo IV arranca con la fecha del 23 de abril de 84, tricentésimo sexagésimo octavo aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes, el día que Rafael Alberti recibió el máximo galardón literario español que lleva el nombre del escritor alcalaíno y se entrega, cada año, en el Paraninfo de aquella Universidad. Unas líneas más adelante Leonardo Sciascia –que seguramente asistió a la ceremonia– se empeña en aclarar que hubo exilios y exilios y que el de Alberti y los poetas de su generación fue bien distinto al de Cervantes porque aquel «…con solo que se hubiera pagado el precio para rescatarlo, podía regresar…» mientras que Alberti, Salinas, Guillén, Cernuda y otros no podían y de hecho la mayoría no regresaron, murieron en tierra extranjera antes del 20 N. de 1975. También comenta que el mismo día, 23 de abril del 84, el escritor Gonzalo Torrente Ballester lanzaba en Madrid un grito de dolor ante el monumento a Cervantes: «España es el país en que menos se lee a Cervantes.» Frente a esta rotunda afirmación Sciascia se declara en manifiesto desacuerdo, dándole pie para desarrollar, a partir de aquí, su muy personal visión sobre Cervantes y España, que la muestra como si a través de un juego de espejos se reflejara en su Sicilia natal y aquella isla del espacio mediterráneo se entrelazase con las gentes de aquí que tal vez no habían leído El Quijote, pero mantenían la figura del personaje y su autor por doquier: monumentos, lápidas conmemorativas, rótulos de mesones, tiendas, dos cines, una funeraria, etiquetas de vinos, quesos y hasta gaseosas…

Leonardo Sciascia (1921-1989).
Sciascia nos contempla
Estoy seguro que aquel día de primavera el siciliano se acercó a Alcalá para compartir la celebración con el portuense regresado del exilio. Y seguro que también le dio tiempo para contemplar el entorno mientras Scianna perpetuaba el momento con su cámara. Este largo párrafo contenido en Horas de España lo demuestra:
«Tal vez ese libro [El Quijote] siga siendo, de entre los grandes, uno de los menos leídos. Pero tiene una vitalidad que va más allá de las páginas, que se ha incorporado a un modo de existir, a la existencia misma en lo que tiene de nobleza, de poesía. De ello nos da idea Alcalá de Henares, ciudad en que Cervantes nació y que conserva –improbable pero sugerente– su casa natal. En la vasta y armoniosa plaza en la que se alza el monumento a él dedicado, atravesada de vez en cuando por el lento vuelo de las cigüeñas, familias enteras, atraídas por la tarde primaveral, ocupan la plaza. Los niños corren con sus juegos; los adultos descansan, como absortos. No es domingo, pero hay un aire dominical. Nos viene a la cabeza casi automáticamente los dos primeras palabras del prólogo: “desocupado lector”. Ahí tenemos lectores desocupados, desocupados hasta el punto de que nunca leerán ese libro. Pues ya están viviendo el reposo, la esperanza y demás.» (Traducción de Carlos Manzano).

Cubiertas de dos libros de Sciascia.
Un siciliano en busca de autor
Admirador de Ortega, con cuyos textos confesaba aprendió el castellano, de Unamuno a pesar de que aquel siempre se creyera el único intérprete auténtico y fiel de la obra de Cervantes; lector impenitente de El Quijote y, por supuesto, entusiasta seguidor de su paisano Luigi Pirandello. Maestro de escuela, muy pronto se empeñó en convertirse en autor. En 1956 aparece en las librerías italianas Las parroquias de Regalpetra (Alianza Ed.), la primera obra de Leonardo Sciascia, inicial y profunda reflexión histórica y social, con trazos autobiográficos, sobre la vida en Sicilia. A partir de aquí comienza a convertirse en un autor de referencia, una especie de conciencia nacional para los italianos, sumidos en el escepticismo ante el inquietante poder del estado, el poder mafioso y el poder eclesiástico. Atacó con inusitada valentía a la Mafia y el terrorismo; en Todo modo (Ed. Bruguera) con trazas de novela policiaca desarrolla una metáfora corrosiva contra la Democracia Cristiana, preludio de lo que será más tarde el sobrecogedor informe El caso Moro (Ed. Argos Vergara) al que dedicó cuatro años de investigación y a través del cual denuncia la muerte y el crimen en un país preñado de corrupción en todos los estamentos. Me gustaría señalar también su relato “El antimonio” contenido en el libro Los tíos de Sicilia (Ed. Tusquets) en el que describe las penalidades de un minero siciliano que ante las dificultades económicas, engañado por Mussolini, termina luchando con las tropas franquistas en el frente de Guadalajara.
La velada en Benicarló
En 1967 Leonardo Sciascia tradujo y prologó el texto de Azaña con el título La veglia a Benicarló para la editorial Einaudi. El periodista Paolo Grassi se la pidió con interés para representarla en el Piccolo Teatro di Milano que había fundado con Giorgio Strehler. «Pero, cuando por fin se la envié –comenta Sciascia– hubo silencio.» Se encontraron más tarde y Grassi se justificó afirmando que no la iba a montar porque «Era un texto que molestaba a todo el mundo.» En Horas de España se contiene un párrafo del siciliano donde defiende la figura y el gesto de Manuel Azaña: «Es la expresión más alta, noble y solitaria de la angustia que todo hombre político debería sentir al hacer política. Y, si hoy se representara, tal vez seguiría molestando a los políticos, pero el público estaría sensiblemente más dispuesto a captar lo que en tiempos se llamaba su mensaje.» En nuestro país José Luis Gómez tuvo en valor de subirla al escenario del Teatro Bellas Artes de Madrid el 5 de noviembre de 1980. Meses más tarde, durante una de las representaciones, muy cerca de allí un individuo bajo su tricornio obligó a que se quedase quieto todo el mundo. Leonardo Sciascia murió en Palermo el 20 de noviembre de 1989. Nosotros aquí todavía –a pesar de los pesares– intentamos seguir moviéndonos y, por supuesto, releyendo a Sciascia.


























