Imaginemos el último día del trimestre en cualquier colegio. Las familias están esperando en la puerta y los niños de cuatro años salen corriendo con un sobre bajo el brazo. Dentro está la famosa “cartilla”: una cuadrícula llena de cruces que nos dicen si nuestro hijo “identifica los colores”, “mantiene el equilibrio” o “se relaciona con sus iguales”. Y nos lo dicen con un “sí/no/a veces” o “progresa adecuadamente”.
A primera vista, esas cruces parecen claras y objetivas. Pero tras ellas se esconde una realidad mucho más compleja. ¿Qué significa realmente que un niño de cuatro años “se relaciona con sus iguales”? ¿Quiere decir que no pelea por un juguete? ¿O que ha aprendido a pedir permiso? ¿Bajo qué criterio decidimos que un niño va “mejor” que otro?
Un niño puede saberse todos los nombres de los dinosaurios (capacidad de memoria), pero a lo mejor se echa a llorar si pierde un lápiz (gestión de emociones). Otra niña puede saltar a la pata coja perfectamente (desarrollo motor), pero le cuesta pedir las cosas por favor (habilidades sociales). ¿Cuál de los dos merece “mejores” calificaciones? Ninguno.
A estas edades, el desarrollo y aprendizaje son explosivos, rápidos y, sobre todo, diferentes en cada niño. El desarrollo y el aprendizaje no son como subir una escalera peldaño a peldaño. Son más bien como montar un rompecabezas. Y cada niño puede estar completando una parte distinta de su “puzle” personal.
Evaluación en infantil
La evaluación es un elemento muy importante en la educación, y pese a lo que podríamos pensar, en la etapa infantil también tiene su papel. No es clasificar sino actuar como una brújula. Para que esa brújula guíe bien, la evaluación debe tener en cuenta tres aspectos fundamentales: ¿qué sabe hacer el niño? ¿Está siguiendo el camino correcto? ¿Y qué necesita para seguir mejorando?
Responder a ello nos permite entender el desarrollo físico, mental y emocional de cada niño. Es lo que nos da las pistas necesarias para saber qué pieza del puzle le falta a cada niño. No se trata de medir cuánto saben, sino de captar cómo descubren el mundo para poder acompañarlos mejor.

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Objetividad y rigor
Para que la evaluación sea útil, la información que recogemos debe ser información objetiva (es decir, ajustada a lo que vemos sin prejuicios ni ideas previas). Además, tenemos que recoger esta información de modo organizado y riguroso (es decir, de manera detallada y cuidadosa, siguiendo un plan). Para ayudarnos en todo ello, existe una herramienta fundamental: la observación sistemática.
La observación sistemática supone ir más allá de una mirada general o esporádica; implica que el docente observe de forma atenta y organizada mientras los niños juegan o realizan actividades de manera libre y espontánea.
Observar al niño mientras se comporta tal cual él es permite recoger información valiosa y real sobre cómo interactúa, cómo resuelve problemas y cómo aprende día a día. Por ejemplo, no es suficiente decir: “Jorge se porta mal”. Para que el niño mejore su comportamiento tenemos que recoger información más detallada y precisa que nos permita diseñar estrategias de respuesta.
¿Cómo se realiza la observación sistemática?
Antes de empezar a observar al niño, deberíamos elaborar un plan que responda a las cuatro preguntas siguientes:
- ¿Qué voy a observar? Es decir, ¿en qué conductas concretas y detalladas voy a fijarme? Para que la observación sea útil, debemos huir de etiquetas genéricas. No basta con anotar que el niño “se porta bien” o “es muy creativo”. Debemos desglosar la realidad en conductas mínimas observables: ¿está en silencio cuando la maestra explica?, ¿utiliza materiales del aula de forma inusual (por ejemplo, usa una tela como si fuera un río o un bosque)?
Este listado de conductas a observar se llama instrumento de observación. Es como nuestro mapa. Determina a qué tenemos que prestar atención. Estos indicadores concretos son los que transforman una impresión subjetiva en un dato pedagógico riguroso.
- ¿Dónde lo observaré? Es importante que la observación se realice en un lugar conocido y habitual para el niño, sin alterar ese contexto. Ello favorece que el niño se comporte de manera espontánea, demostrando así todas sus capacidades.
Por ejemplo, si queremos evaluar la motricidad fina y la autonomía, no tendría sentido pedirle al niño de forma artificial que haga una lazada con una cuerda sobre una mesa, ni preguntarle directamente si sabe atarse las zapatillas (que, probablemente, serán de velcro). En su lugar, la observación sistemática se realiza de forma “invisible”, por ejemplo, en el rincón del juego simbólico: mientras el niño viste a la mascota de la clase para salir de paseo y se concentra en atarle sus pequeños zapatos. Es en ese momento de juego real, sin presiones ni nervios, donde el docente puede registrar de forma objetiva el nivel real de destreza y coordinación del alumno.
Por el contrario, si el niño se siente evaluado u observado, podría cambiar su comportamiento habitual. Es el llamado “sesgo de reactividad”, y nos puede llevar a conclusiones erróneas sobre su desarrollo y aprendizaje.
- ¿Cómo lo voy a medir? No es suficiente decir “habla mucho” o “muchas veces Jorge habla mientras la maestra explica”. Hay que precisar exactamente cuántas veces sucede, durante cuántos segundos o minutos… Por ejemplo: “El 75 % de las ocasiones en las que la maestra está explicando, el niño está hablando con su compañero de al lado”. Al sustituir el “habla mucho” o “habla muchas veces” por un dato concreto (el 75 % de las ocasiones en las que la maestra está explicando), logramos tres objetivos fundamentales: objetivar la realidad, evitando por ejemplo que el cansancio del docente nuble su percepción; establecer un punto de partida real para comprobar si nuestras estrategias de aula están funcionando; y proporcionar una información transparente y profesional a las familias.
- ¿Cuándo lo observaré? Se debe observar de manera regular a lo largo del tiempo para poder identificar el ritmo de desarrollo y la evolución de cada niño. Por ejemplo: “Lo observaré cada 15 días, los martes al inicio de la clase de motricidad, durante 10 minutos, de 10 h a 10:15, durante todo el curso”.
Esta sistematización hace la evaluación fiable, de manera que si dos personas evalúan al mismo niño con el mismo instrumento de observación, el resultado tiene que ser muy similar.
Una evaluación que ayude y no juzgue
La observación sistemática es la mejor herramienta para comprender y potenciar el desarrollo y aprendizaje del alumnado en Educación Infantil. Permite dejar de lado las impresiones y los juicios subjetivos, y evita que el niño se sienta juzgado.
Por ejemplo, si anotamos que Jorge se levanta de su silla 10 veces en una mañana, o que Ana tropieza con los materiales del suelo cuatro veces al día, descubrimos que el problema no es su personalidad. En el caso de Jorge, puede ser una necesidad de movimiento; en el de Ana, un reto en su coordinación motriz.
¿Qué haríamos en estos casos? En lugar de ir a lo fácil, que es el castigo (dejar a Jorge sin recreo porque no para quieto o echar la bronca a Ana por “descuidada”) optamos por respuestas pedagógicas, es decir, estrategias de aula. A Jorge, que tiene energía de sobra, le damos una responsabilidad: ser el encargado de repartir el material. Así, su necesidad de moverse se convierte en algo útil y positivo para la clase. A Ana, le proponemos retos y juegos de equilibrio. Así, poco a poco, irá ganando la seguridad que le falta sin sentirse señalada.
La diferencia es enorme: el castigo hace que el niño se sienta mal o inseguro. En cambio, observar lo que pasa sirve para entender qué necesita cada uno y ayudarle a confiar en sí mismo. Pasamos de “ser jueces que ponen multas” a ser “entrenadores que ayudan a mejorar”.![]()
Elena Escolano Pérez es profesora titular del área de Psicología Evolutiva y de la Educación en la Universidad de Zaragoza.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.



























