Iluminaciones en la sombra
Ya advertía don Antonio Machado sobre el cantar del pueblo andaluz cuando todas las primaveras andaban buscando escaleras para subir a la cruz. Para los niños del sur, en aquel otro tiempo, la Semana Santa se convertía en una vaga astronomía primaveral que enredaba inquietantes capirotes con los almendros en flor. Unas inesperadas vacaciones surgidas con el cambio de estación; tras el largo y suave invierno sufrido entre viejos pupitres de madera, imaginarias batallitas entre romanos y cartagineses y también la costosa obligación de memorizar la tabla de multiplicar a golpe de chasca. Recordando de nuevo un verso de don Antonio: «…tumulto de pequeños colegiales…» porque nos soltaban en desorden de la escuela y durante unos días asociábamos la libertad con incomprendidos desfiles procesionales, cuasi medievales, que recorrían las calles de nuestro pueblo entre un forzado esplendor de cirios, señoritas de mantilla, cornetas y tambores, falsos soldados romanos, verdaderos guardias civiles fusil al hombro, pies descalzos de penitentes y aparatosos pasos movidos por un coro acompasado de costaleros ocultos que tan solo mostraban el sudor de su esfuerzo en las manchas de sus alpargatas. Ahora, en este tiempo raro que nos está tocando vivir, al consumo incontenido de cera ardiente, cofrades en movimiento e imágenes procesionadas se le ha concedido el título de ‘Fiesta de interés turístico nacional’. No alcanzó a entender en qué consiste eso del interés turístico hacia el paso de imágenes en procesión, sobre todo en un país que se suponía aconfesional, según se recoge en la Constitución vigente.

Alfonso Grosso y cubierta de «El capirote» (Ed. Seix Barral).
Lecturas semanasanteras
Alfonso Grosso (1928-1995), fue un escritor sevillano bastante rebelde para su edad y su tiempo, enemigo acérrimo de “los capillitas” (denominación local que sirve para describir a todo paisano semanasantero por excelencia). Tan rebelde que se atrevió a descuartizar El Rocío en una novela, no muy buena pero al menos inquietante: Con flores a María (Ed. Cátedra).Ya cantaba Benito Moreno –otro sevillano insigne, pintor y cantautor– aquello de: «Soy un sevillano tonto, / un sevillano aburrido, / de esos que se van de pronto / sin anunciar que se han ido. / Quiero a Sevilla por dentro / igual que Antonio Machado. / No me pidas para ser / sevillano de los buenos / que te rece el Viernes Santo / vestido de nazareno.» Alfonso Grosso nos dejó dos magistrales y agudas visiones de la Semana Santa de su tierra. Una de ellas desgarradora, escrita en 1966, en plena efervescencia de la novela social. El capirote (Ed. Seix Barral) llegó a traducirse a una docena de idiomas, pero no pudo publicarse en España hasta 1974. Alrededor de los días de Semana Santa, el autor describe con un descarnado retrato, la explotación del hombre por el hombre en las tierras de Andalucía la Baja, a través de un protagonista que encarna la frustración y desesperanza de toda un área social y que terminará sus días derrotado bajo las andas de un cristo, un Viernes Santo; en la sevillana plaza de San Francisco, pisoteado por las alpargatas del resto de los costaleros. El otro libro, Los días iluminados lleva como subtítulo Semana Santa en Andalucía, lo publicó la editorial Lumen en 1964 con emblemáticas y significativas fotos de Francisco Ontañón. Sus cortos capítulos, articulados al ritmo de cada uno de los días de la Semana, van precedidos por poemas de Alberti, Caballero Bonald, Lorca, Cernuda, los Machado, Fray Luis de León, Quevedo y Unamuno entre otros. A lo mejor releyendo, si no alcanzamos la fe, tal vez consigamos desentrañar, o intentar entender, esta extraña festividad seudo religiosa. Por eso habría que recurrir también a las crónicas del periodista Manuel Chaves Nogales, publicadas en la revista Ahora durante los años de la República y recopiladas en el libro colectivo Cuatro historias de la República (Ed. Destino). Se trata de una serie de artículos dedicados a la Semana Santa en Sevilla que no tienen desperdicio, sobre todo remontándonos a la fecha: 1935. Cuenta Chaves que en 1933 los republicanos conservadores de la ciudad pusieron todo su empeño en que hubiese procesiones. Los monárquicos no querían. ¿Habéis traído la República? –decían– Pues se acabaron las cofradías. ¿No sois laicos? Dos años más tarde, en 1935, las procesiones sevillanas regresan a las calles: «…en la taberna –escribe Chaves Nogales– donde se reúnen, a la Macarena terminan llamándola sus cofrades ‘la virgen roja’, mientras que en el Sindicato de Transportes se cuestionan si los costaleros deben cargar sobre sus hombros al Cachorro crucificado…»

Foto de Francisco Ontañón para el libro «Los días iluminados» (Ed. Lumen).
El sur
Allá en la Andalucía profunda tuve yo un padrino que era un calco del don Guido machadiano. Aparte de ser, como aquel: «…un maestro en refrescar manzanilla» (en su caso Moriles-Montilla). Mi tío era feo, alcohólico y sentimental; también era boticario y dueño absoluto de la cofradía de la Virgen de los Dolores y el Cristo de la caída, conocido popularmente como el aceitunero porque la postura de la talla evocaba irremediablemente a la recogida de la oliva. Al evocar a mi padrino y las procesiones de mi infancia, se acoplan inevitablemente unos cuantos y definitorios versos: «…gran pagano, / se hizo hermano / de una santa cofradía; / el Jueves Santo salía, / llevando un cirio en la mano / ¡aquel trueno! / vestido de nazareno.» Incautos de nosotros que creímos que los desfiles procesionales quedarían arrumbados en el imaginario de un tiempo pasado que siempre fue peor, como los molestos sabañones, los braseros de cisco, el pan y chocolate de las meriendas, Elena Francis y los culpabilizadores ejercicios espirituales a los que nos sometían los Maristas antes de tan cortas vacaciones, poniéndonos el alma en un puño ante el temor de acabar nuestros días abrasados en las calderas de Pedro Botero. Parece que terminaron las lluvias, aunque no el frío, arranca la eufórica primavera contrapeada con dolorosas imágenes sacadas a la calle a golpe de jóvenes y forzudos costaleros, enredadas entre saetas arrancadas de los balcones, capiruchos, fuerzas armadas y bandas de música. Creímos que con la llegada de la democracia este folklore se convertiría en una estampa piadosa y penitencial resguardada con celo y respeto por los creyentes en el silencioso recogimiento de sus iglesias. Sin embargo hoy van aflorando muchas más cofradías, hasta se encargan nuevas imágenes mientras tan extraño espectáculo de difícil equilibrio entre creencias y folklore, convierten pueblos y ciudades –no exclusivamente andaluzas– en parte integrante de un peculiar espectáculo con el que orgullosamente se empeña en atraer a un esperanzador (por ahora) turismo de masas que luego –a lo peor– terminaremos aborreciendo, por acaparar espacios y viviendas que hasta entonces habíamos considerado más asequibles y tranquilos. Acabo de leer esta rotunda afirmación del escritor Enrique Vila-Matas: «Viví en una dictadura hasta los 27 años. Este mundo cada vez se parece más a todo aquello.» Sin comentarios.

Procesión en Sevilla, óleo de Manuel Cabral Aguado (1827-1891).























