Iluminaciones en la sombra
Hace poco tuve acceso a un informe desolador sobre la realidad actual del mundo de la edición en nuestro país. Aparte de las declaraciones –bastante creíbles– de sufridos libreros, los datos venían avalados y garantizados por la CEGAL. Se supone que un libro quiere ser leído. En España se publican 90 000 libros al año, 27 novedades al día. El 49,4 % de los libros disponibles en las librerías venden 0 ejemplares a lo largo de un año. Por otro lado ciertos prestigiosos editores afirman que reciben alrededor de 10 manuscritos al día; otros que aproximadamente de 600 a 1 000 a lo largo del año, y que se atreven a leer unos 100; de ese centenar se arriesgan a publicar una cuarta parte. ¿Hay lector para tanto libro? La propia CEGAL advierte de la inquietante desaparición de títulos de fondo que terminan destinados a convertirse en pasta de papel y conformar de este modo un círculo vicioso porque posiblemente ese material servirá para editar novedades que intentarán sobrevivir en las mesas expositivas de librerías y grandes superficies más allá de una semana. Nos cantaba Raimon aquello de: «Yo vengo de un silencio…» e ilusos de nosotros que creíamos superarlo, no solo paseando manoseados y emblemáticos libros de bolsillo, sino comentándolos y discutiéndolos entre ruidosas reuniones en los patios de la facultad granaína. Siempre nos creímos copartícipes de las ilusiones y frustraciones de los personajes que protagonizaban aquellos relatos; nos envolvíamos con ellos en una supuesta complicidad cuasi clandestina. Pensábamos ilusionados que ciertas lecturas nos estaban haciendo más libres. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma, hoy tan solo son volúmenes ajados y tal vez olvidados en las estanterías, páginas descuajeringadas y textos subrayados con una saturación absurda que ahora nos cuesta comprender. Seis autores –podrían ser muchos más– nos invitan a releerlos, a regresar sobre sus páginas para demostrarnos que envejecer, morir, no es el único argumento de la obra.
Julio Cortázar (1914-1984)
En 1984 la editorial argentina Hyspamerica consiguió convencer a Jorge Luis Borges para que prologara una selección de cien obras de su Biblioteca Personal con destino a una colección de kiosco de aparición semanal. Borges siempre afirmó orgulloso aquello de: «No sé si soy un buen escritor. Creo ser un excelente lector.» En los sesenta y seis prólogos que alcanzó a escribir para esta colección, antes de su muerte, nos lo vino a demostrar. No deja de ser representativo que esta biblioteca borgiana se iniciase con los Cuentos de Julio Cortázar. Cuenta en el prólogo como hacia mil novecientos cuarenta y tantos, cuando él era secretario de redacción de una revista literaria, se le presentó un muchacho muy alto con un cuento manuscrito. Lo emplazó diez días después para comentarle su parecer. Cuando regresó a la semana le comentó que su cuento le había gustado y que ya estaba en imprenta. Poco después apareció con dos ilustraciones de Norah Borges. Por supuesto que ˝Casa tomada˝ se contiene en esta magnífica selección.
Nosotros convertimos a Cortázar en un escritor de culto, desde el mismo momento en que descubrimos a sus Cronopios y Famas y cuando su potencia fantástica nos arrojó hacia otros planos, hacia otras presencias misteriosas y adictivas. “Casa tomada”, “El perseguidor” o “La isla a mediodía”, junto a otras muchas, son narraciones que nos siguen inquietando y más que leídas, creemos que las hemos soñado.

Julio Cortázar, Franz Kafka.
Franz Kafka (1883-1924)
A finales de los sesenta, descubrí La metamorfosis de Kafka en una edición de bolsillo publicada por la editorial Losada de Buenos Aires. Traducida y prologada por Jorge Luis Borges, con cubierta blanca y dibujo, en esta ocasión poco agraciado, de Silvio Baldassari. Al parecer tampoco Borges se sintió conforme con el título que le cambió la editorial con fines comerciales a la traducción suya más fiel al original: La transformación. De todos modos la lectura de aquel relato me resultó tan turbadora como la relectura de hace unos días. «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.» Con este arranque inquietante y perturbador la lectura, a partir de aquí, se hace imprescindible y necesaria, obsesionados por solidarizarnos o al menos tratar de entender situación tan insólita. Sin embargo nos será imposible solidarizarnos con Samsa porque al final del relato tan solo se nos quedará un sabor agridulce de desconsuelo. Si esto era lo que pretendía Kafka en tan pocas páginas, lo consigue. Al igual que en el resto de sus otros relatos y novelas inacabadas que gracias a Max Brod han llegado hasta nosotros para mostrarnos, una vez más, lo absurdo del mundo en que vivimos.
Albert Camus (1913-1960)
Al comienzo de la novela El extranjero (Alianza Ed.) Meursault recibe la noticia de la muerte de su madre ante la que parece mostrarse imperturbable, no obstante tras pedir permiso a la empresa en la que trabaja, coge un autobús en el que recorrerá los ochenta kilómetros que separan Argel de Marengo para llegar hasta el asilo de beneficencia donde hace algún tiempo ingresó a su madre ante las dificultades para poder mantenerla. A pesar de acompañar toda la noche el ataúd cerrado y asistir al día siguiente al funeral, los residentes no aprecian en él ningún signo de duelo. Ni llora ni muestra angustia alguna. A partir de aquí se desarrollan los días siguientes en la vida de Meursault en una realidad que sin embargo, en todo momento, le resulta absurda e inabordable, sumergido en la apatía de un verano denso de sol irritante que le hace desembocar en un asesinato sin razón aparente. Arrestado e interrogado, sin manifestar arrepentimiento alguno será condenado a la guillotina tras un juicio donde se analiza su comportamiento ante la muerte de su madre para tratar de entender la total indiferencia del condenado que, poco después, es capaz de rebelarse cuando el cura pretende confortarle para afrontar la eminente ejecución. La novela retrata la angustia existencial de un individuo condenado a muerte por una sociedad de la que no llegamos a descubrir si está condenando a un hombre por el asesinato de un bereber o simplemente porque fue incapaz de llorar la pérdida de su madre.

Albert Camus, Pío Baroja.
Pío Baroja (1872-1956)
Tampoco Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia (Alianza Ed.) es capaz de descubrir a través de la familia, la medicina, la ciencia o la intelectualidad una razón a la existencia. Esta novela de Baroja siempre se consideró por su densidad, tratamiento y estilo como una especie de confesión autobiográfica: su fracaso como médico, sus opiniones anticlericales, antisemitas, la misantropía, la misoginia… quedan perfiladas con rabiosa exactitud en las páginas de esta obra que fue considerada como una de las más importantes de su larga trayectoria literaria. Unida a la trilogía de “La lucha por la vida” refleja perfectamente el pesimismo que caracterizó a la generación del desastre. En la cuarta parte, titulada “Inquisiciones” Andrés se enreda con toda una disquisición filosófica en compañía de su tío Iturrioz a través del extenso diálogo con el que tratan de definir los cimientos de la existencia humana erguida sobre el árbol de la vida y el árbol de la ciencia. En el capítulo octavo de la sexta parte nos describe la muerte de Villasús, trasunto de aquel Alejandro Sawa que inspiró a Valle-Inclán para el personaje de Max Estrella de su Luces de Bohemia.
Thomas Mann (1875-1955)
Gustavo Aschenbach es el exitoso escritor protagonista de La muerte en Venecia (Ed. Plaza&Janés) que después de un paseo por el Jardín Inglés una tarde de primavera, como recompensa tras el esforzado trabajo de la mañana; mientras esperaba el tranvía para regresar al centro, llegó a la conclusión que necesitaba un cambio en el próximo verano, abandonar Munich durante unas semanas: una vida imprevista, días ociosos, aire lejano, sangre nueva. Emprender un viaje. En la versión cinematográfica Luchino Visconti se inspira en Gustav Mahler para transformar a Von Aschenbach en un compositor que para huir de una profunda depresión se refugia en un hotel de la playa veneciana del Lido. Incluso el Adagietto de la Quinta Sinfonía del compositor y director de orquesta austrobohemio se utilizó como banda sonora de casi toda la película. Aparte de esta licencia argumental el film se ajusta fielmente al relato de Thomas Mann que trata sobre la pérdida de la juventud y como se va evaporando la vida ante la inquietante próxima visita de la muerte, frente a la impertinente juventud encarnada en Tadrio, un adolescente polaco que le conduce hacia una reflexión estética sobre la pasión, el amor ideal y la belleza inalcanzable. Al final, allá en la playa, su mirada intensamente ensimismada le aboca hacia un profundo sueño. «…se había desplomado en su sillón, inclinado suavemente hacia un lado.»

Thomas Mann, J. D. Salinger
J. D. Salinger (1919-2010)
Cuando leímos por primera vez El guardián entre el centeno (Alianza Ed.) creímos vernos reflejados en su protagonista Holden Caulfield, pero con el paso del tiempo hemos llegado a entender que debe de existir algo de verdad en aquello de que la distancia es el olvido. A la distancia física y distancia temporal me refiero. Las desventuras de Caulfield se desarrollan en el Nueva York de los años cincuenta. Nuestra supuesta rebeldía juvenil tuvo lugar en la espesa y reprimida España de la dictadura. Es verdad que tuvimos su edad, pero de eso hace ya muchos años; ahora, cuando hemos regresado sobre estas páginas nos ha parecido como si estuviésemos leyendo otra novela. Cuentan que en su país, y en aquella época, fue prohibida; incluso las mentes bien pensantes hasta la acusaron de un desencanto que parecía desembocar en peligrosa inmoralidad, nada acorde con la supuesta América boyante de la que algunos creían estar disfrutando. Sin embargo es por un Nueva York casposo y perturbador repleto de peligrosos antros por los que deambulaba un joven que con un argot muy personal no dudaba en despreciar el cinismo de los adultos. Tal vez a Salinger, como a nosotros, la rebeldía se le agostó. Prefirió el silencio y la distancia pero no consiguió que los demás lo olvidásemos.


























