Una de las aplicaciones típicas de la ciencia es la de poner a prueba afirmaciones extraordinarias, separar el grano de la paja y corregir errores. Pero no siempre lo consigue. A veces ocurre lo contrario: es la “ciencia” la que genera descontextualizaciones y emite medias verdades que, repetidas a lo largo de generaciones, terminan por adquirir apariencia de certeza. No porque sean verdad, sino porque suenan bien, resultan “de toda la vida” y se vinculan a algún nombre eminente (criterio de autoridad).
En dietética y salud sucede con frecuencia. No me refiero a bulos recientes nacidos en redes sociales, sino a frases históricas, incluso académicas, convertidas falsamente en dogmas.
1. Palabra de Hipócrates… ¿o no?
Uno de los ejemplos más conocidos es la frase atribuida a Hipócrates: “que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”. Siempre que se menciona se vincula con su autoría, cuando en realidad no hay base firme para adjudicársela. A pesar de haber señalado su dudoso origen hace años, la frase sigue estando viva en artículos y discursos de nuevo cuño. Probablemente porque está envuelta en una gruesa capa de aparente sabiduría.
2. ¿Somos lo que comemos?
Algo parecido ocurre con “somos lo que comemos”. Hoy suele emplearse como una verdad dietética rotunda, pero su motivación original no era fisiológica, sino filosófica. La frase formaba parte de una reflexión sobre la importancia de la dimensión material del ser humano emitida por el filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872) para rebatir los postulados de quienes solo daban importancia al alma o la mente.
Con ella, Feuerbach reivindicaba la justicia social en un planteamiento político y antropológico, no como una recomendación sobre los estilos de vida.

Doble bulo: ni las espinacas tienen alto contenido en hierro ni el falso mito empezó a circular por un error de un decimal en un estudio. ZikG/Shutterstock.
3. El doble error de las espinacas
El caso de las espinacas y el hierro resulta doblemente curioso. Durante años se ha repetido que la fama de esas verduras como alimento alto en hierro se debía a un error de transcripción, al colocar un decimal en su composición, a inicios del siglo XIX. La historia ha funcionado tan bien que se ha contado una y otra vez en libros, artículos y clases.
El problema es que la explicación de la supuesta equivocación decimal también parece ser falsa. Es decir, no solo se difundió una idea incorrecta sobre las espinacas, sino que además se popularizó una explicación de su procedencia que también era falsa.
4. Zanahorias y radares
Otro clásico moderno es la afirmación de que comer zanahorias mejora la visión nocturna. Las zanahorias son fuente de vitamina A, un nutriente que participa en la función visual. Pero eso no las convierte en un recurso pseudomilagroso para ver en la oscuridad.
La popularización de esta idea estuvo muy vinculada a la propaganda británica de la Segunda Guerra Mundial para justificar los éxitos nocturnos de los pilotos de la Royal Air Force (RAF) y de las defensas antiaéreas británicas frente a la Luftwaffe alemana. Para esconder la verdadera razón (que contaban con el radar) se dejó correr el mito de que los pilotos y los militares encargados de la defensa antiaérea seguían una dieta especialmente rica en zanahorias.
5. El mito del desayuno
Más persistente si cabe, es el lema universal de que el desayuno es la comida más importante del día. La frase fue formulada por primera vez por Lenna Frances Cooper en un artículo publicado en 1917 en Good Health, la revista del sanatorio de Battle Creek, dirigido por John Harvey Kellogg. Y desde entonces hasta nuestros días.
Desayunar puede ser útil o conveniente para muchas personas, pero no existe una obligación biológica general que convierta esa comida en la más importante en todos los casos y en todas las circunstancias. Y mucho menos que lo idóneo sea plantearla a base de cereales.
6. Agua, cuando tengamos sed
La recomendación de beber dos litros de agua al día (u ocho vasos) se debe a un caso evidente de “media verdad”. El origen de este consejo suele vincularse a antiguas recomendaciones (1945) sobre la necesidad diaria de hidratación, que se concretaron en unos 2,5 litros de agua. Pero se suele omitir un detalle clave: en esas mismas recomendaciones se afirma que la mayor parte de esa hidratación se obtiene con la ingesta de alimentos. Hoy también sabemos, tal y como ya apuntaban aquellos consejos, que en condiciones normales, la sed suele ser la mejor guía para beber (excepciones aparte).
Repite, que algo queda
Muchos de estos casos comparten mecanismos. Son frases breves, más o menos concretas, que suenan razonables y tienen una apariencia “elevada”. Algunas llevan la firma prestigiosa de un autor célebre, y otras se presentan con el respaldo difuso de “la ciencia”, aunque, en realidad, ese respaldo sea mucho menos sólido de lo que parece. En todos los casos, la repetición desempeña un papel decisivo: cuanto más se repite una frase, más familiar; y cuanto más familiar, más verdadera parece.
Hay otro factor importante: muchos de estos mensajes son útiles para cierta industria alimentaria y favorecer cierto contexto alimentario. Sirven para vender productos, persuadir y construir hábitos. Corregirlos exigiría dedicación, conocimiento y tiempo. Sin embargo, mantenerlos vivos solo requiere repetir una frase breve, de por sí bien asentada.
Y podrían añadirse más ejemplos: la cita amputada “in vino veritas”, que simplemente expresa la capacidad de las bebidas alcohólicas para soltar la lengua (la cita completa, atribuida a Plinio el Viejo, es “in vino veritas, in aqua sanitas”, que viene a recomendar que para una mejor salud es preferible escoger agua); el dogma mercantilista de que haya que comer cinco veces al día, carente de cuerpo de evidencia suficiente que lo respalde; o la idea de que un vaso de leche ayuda a dormir por su alto contenido en triptófano (que, en realidad, no hace sino exprimir los defectos de un nutricionismo galopante).
No siempre estamos ante una mentira completa: a veces basta con exagerar, pillar el rábano por las hojas y, por supuesto, convertir en latiguillo el consejo.
La ciencia no solo tiene que enfrentarse a los bulos que circulan fuera de ella. También debe vigilar aquellos que, por presunto prestigio o por inercia, acaban instalándose en su interior.![]()
Juan Alfonso Revenga Frauca es director del grado de Nutrición Humana y Dietética en la Universidad Internacional de Valencia y Universidad San Jorge.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.























