Iluminaciones en la sombra
Con esta desoladora estrofa Gustavo Adolfo Bécquer ponía fin a su Rima LXVI: «…sin inscripción alguna, / donde habite el olvido, / allí estará mi tumba.». Uno de aquellos versos se lo arrebataría Luis Cernuda, casi un siglo más tarde, no solo para titular una plaquette publicada por Signo en 1934, sino para nombrar un poema contenido en ella, en el que podemos leer: «Donde habite el olvido, / en los vastos jardines sin aurora; / donde yo sólo sea / memoria de una piedra sepultada entre ortigas…» A esta edad provecta y sin retorno todavía sigo lamentando cómo fueron capaces de arrebatarnos tantos autores en los sobados manuales de literatura de nuestro bachillerato. Con cínica benevolencia nos permitieron crecer entre un olvido provocado desde la venganza vencedora. Nos ha costado demasiado esfuerzo descubrir –años más tarde– algunos de los nombres, y sobre todo la obra, de los que protagonizaron la diáspora española acaecida a finales de 39. Muchos de aquellos nunca regresaron. Evoco de nuevo a Cernuda, porque sus versos se me enredan siempre como un lamento de permanente tristeza: «Ellos, los vencedores. / Caínes sempiternos, / de todo me arrancaron / me dejan el destierro» mientras que recuerdo el permanente desencanto de Max Aub al comprobar que ninguno de sus libros encontraban hueco en los escaparates de las librerías, ni siquiera en las de México y sigo compadeciendo a León Felipe que camino del exilio, desbordado de singular optimismo, creyó que se llevaba con él la canción; aunque años más tarde, empapado de añoranza, tendría que reconocer que la España peregrina no se había llevado ni siquiera la canción pues como afirma Aurora de Albornoz en El exilio español de 1939 (Ed. Taurus): «No se quedaron sin voz los españoles del interior; tampoco la perdieron los españoles del éxodo.» Repoblar el olvido parece labor harto absurda en estos tiempos raros que corren, sin embargo creo que merece la pena intentar sobrepasar sus muertes, su olvido, y a través del recuerdo, apartar las ortigas para recuperar buena parte de unos textos no perdidos del todo.

Esteban Salazar Chapela (1900-1965) durante su exilio en Londres.
Literatura y libertad
En enero de 1967 Max Aub se atrevió a evocar la figura y la obra de Esteban Salazar Chapela en las páginas de Ínsula, la revista de letras que tuvieron el valor de fundar Enrique Canito y José Luis Cano en 1946. El escritor malagueño había fallecido en Londres dos años antes y el autor de La calle de Valverde (Ed. Seix Barral), en su condición de impenitente exiliado republicano se lamentaba en aquel artículo con párrafos tan significativos como este: «¡Ay, Esteban Salazar Chapela!, tan amigo de la libertad, ¿quién se va a acordar de ti?» Ya en sus Diarios (Ed. Renacimiento) en febrero de 1965, lo recordaba cuando tuvo conocimiento de tan inesperada muerte, anotando: «Si no se vuelve a escribir la historia de la literatura española quedará olvidado entre tantos enterrados lejos de su tierra natal.» Sospechosamente en la primera edición del Diccionario de Literatura Española (Ed. Revista de Occidente, 1949) Salazar Chapela no aparece ni siquiera citado, a pesar de haber sido asiduo colaborador en la siempre ponderada revista de Ortega. Frente a Max Aub que se pasó buena parte de su vida obsesionado por dejar constancia: tuvo la osadía de enviar, desde México, a uno de sus personajes para asesinar al Caudillo en Madrid como puede leerse en La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco (Ed. Seix Barral) y enrabietarse por considerarse un desconocido tras un viaje hacia aquel país perdido, dejando constancia después en las amargas páginas de La gallina ciega (Ed. Renacimiento). Salazar Chapela, sin embargo, nunca se sintió preocupado por la distancia, que siempre es el olvido. Durante más de cuarenta años estuvo embriagado, primero en su país y más tarde en el extranjero, por su gran pasión hacia la literatura y sus ansias de libertad que no menguaron ni un ápice durante su largo y definitivo exilio en Gran Bretaña.

Cubiertas de dos libros de Salazar Chapela.
Extranjeros de sí mismos
Esteban Salazar Chapela nació en Málaga a comienzos del pasado siglo. Cronológicamente debería pertenecer a la llamada generación del 27 pero no intentéis localizarlo en la famosa foto del homenaje a Góngora en Sevilla porque os puedo asegurar que ni siquiera está agazapado detrás de Juan Chabás y Mauricio Bacarisse, mucho menos lo tapa la escuálida figura de José Bergamín ya que como escribe Juan Rejano en Artículos y ensayos (Ed. Renacimiento): «…a su espíritu lúcido e independiente nunca le agradó encasillarse en grupos, capillas o sectas.» Durante las décadas de los años veinte y treinta colaboró asiduamente como crítico literario y de opinión en los periódicos El Sol y La Voz y revistas como La Gaceta Literaria y Revista de Occidente. En 1931 publicó su primera novela Pero sin hijos (Ed. CIAP, 1931). Al parecer militó en la Acción Republicana de Manuel Azaña y cuando estalló la guerra civil se desplazó a Valencia. Solicitó el ingreso en el cuerpo diplomático y en junio de 1937 fue nombrado cónsul en Escocia. En 1939, al ser derrotada la República fue acogido en Londres por la familia de su mujer. Dos años más tarde comenzó a trabajar para la BBC en la redacción y alocución de Diálogos culturales, al igual que Arturo Barea que ejercía allí como locutor con el seudónimo de Juan de Castilla y también con otro exiliado Manuel Chaves Nogales que colaboró en diversas ocasiones en el programa Foreign Language Talks, Spanish. A la par ejerció, durante dos años, como lector de español en la Universidad de Cambridge, más tarde sustituido en el puesto por el poeta Luis Cernuda. Cuando le preguntaban sobre los inicios de su temprana vocación, él declaraba orgulloso: «Yo he escrito siempre. Escribir ha sido para mí tan natural, espontáneo e inevitable como hablar.»
El resto es silencio
Escudriñando en el olvido nosotros todavía hemos sido capaces de recuperar buena parte de su obra. En 1947 la editorial Losada de Buenos Aires publicó Perico en Londres, existe reedición española (Ed. Renacimiento), se trata de un relato testimonio-crónica sobre el exilio republicano en Gran Bretaña, personajes que trataban de suplir con esperanza su amargura de refugiados, observando con ansiedad la trayectoria de la Segunda Guerra Mundial como aliento de futuro y posible regreso a España. A través de sus páginas también investiga las trayectorias anteriores de emigrados españoles que se refugiaron allí en otros momentos históricos, poco agraciados sin duda. Inevitablemente nos deriva hacia la relectura de Liberales y románticos (Ed. Castalia) escrita por Vicente Llorens y el recuerdo obligado a José María Blanco White. La novela En aquella Valencia (Ed. Renacimiento) ha sido recuperada por Manuel Aznar para la colección Biblioteca del Exilio, relata sus vivencias en la provisional capital de la República en los primeros meses de una guerra civil aún incomprensible para muchos evacuados de Madrid que trataban de mantener una artificial despreocupación.

José María Blanco White (1775-1841) y Luis Cernuda (1902-1963) españoles en Gran Bretaña.
El Puente
En 1963 a Guillermo de Torre se le ocurrió la esperanzadora idea de crear una colección literaria, bajo el auspicio editorial de Edhasa, que con el emblemático título de “El Puente” aunase por fin a autores de una y otra orilla, a vencedores y vencidos. Como era de esperar en aquellas fechas oscuras, cuando acababan de ejecutar a Julián Grimau, sufrió todo tipo de dificultades y el peso irremediable de la censura. Sin embargo desde su inicio hasta 1968 aparecieron 28 títulos que aunaron a Menéndez Pidal con Max Aub; a Francisco Ayala con Laín Entralgo; a María Zambrano con Julián Marías. En 1966 en el número 21 de la colección apareció Después de la bomba, novela póstuma de Esteban Salazar Chapela que logró publicarse tras sufrir el incómodo peso de la censura y en la que nos ofrecía un peculiar relato sobre los pocos supervivientes de un crucero tras una explosión nuclear. Su autor había muerto el año anterior en Londres, allí donde habite el olvido.
A modo de recordatorio
En 2007 con el título de Reseñas, artículos y narraciones, Francisca Montiel Rayo preparó una antología de textos dispersos de Salazar Chapela para la colección Obra Fundamental, editada por la Fundación Santander Central Hispano. En un texto inicial de algo más de medio centenar de páginas la antóloga evocaba la figura y la obra de aquel escritor malagueño fallecido en el exilio londinense. Extenso y clarificador estudio titulado “Literatura y libertad” que nos sirvió para definir y conocer mejor la obra de uno de aquellos autores que los caínes sempiternos se empeñaron en ocultarnos.























