Iluminaciones en la sombra
«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.» Este brevísimo relato de Augusto Monterroso podría venir a significar buena parte del argumento de nuestro pardo calendario vital del pasado. Hasta aquella madrugada del 20 de noviembre de 1975, no se acabó para mí –e intuyo que para otros muchos– un espeso silencio de represión. Fue cuando la radio trasmitió por fin la deseada noticia. Lo primero que hice fue asomarme al balcón, pero no logré apreciar en el cielo ningún signo sobrenatural que indicase el cambio a un tiempo de esperanza. El centinela paracaidista de la comandancia seguía en su puesto, aterido de frío pero “impasible el ademán”; ni siquiera ondeaba aún la bandera a media asta. Todo permanecía tranquilo en la calle Trinidad. Descubrí entonces que simplemente habíamos despertado de una pesadilla. Un mal sueño que a muchos nos había durado más de veinticinco años. A partir de ese momento la realidad comenzó a ofrecernos imágenes fuertes e insólitas, casi transformando los tenebrosos cuadros de Valdés Leal en esperpénticas estampas de Solana. Un dictador había estado pudriéndose en la cama, acunado con el himno de la legión, mientras algunos marroquíes intentaban tomar el Sahara con una pacífica y folklórica Marcha Verde. Partes médicos habituales radiando la degeneración del cuerpo humano en directo. Obispos y arzobispos queriendo cubrir aquel despojo con el manto de la Virgen del Pilar para que se produjese un último milagro. Sobre un mueble cercano el brazo de santa Teresa simulando un inmortal corte de mangas mientras que un piadoso clérigo de la Magistral pretendía meterle en la cama el cuerpo incorrupto de San Diego ante la garantía de que ya había obrado el prodigio, siglos antes, con el príncipe Carlos. Los estertores de la España negra comenzaban a diluirse levemente en la madrugada con las primeras luces, de forma tan discreta y pacífica como se desvanecía el alumbrado público.

Augusto Monterroso (1921-2003), escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco que murió exiliado en Ciudad de México. Maestro del mini-relato.
Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada…
«Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga…», nos cantaba Aute “al alba” de un tenebroso día –apenas dos meses antes– cuando «sangraba la luna al filo de su guadaña» mientras un régimen de casi cuarenta años agonizaba como había nacido: matando. Aquella otra noche del 27 de septiembre un grupo de colegas cuya única ideología en común era la amistad, nos resistíamos a abandonar el “Juan Sebastián Bar” mientras coreábamos, cansinamente, a Quilapayún. Ni siquiera éramos héroes, sólo esperábamos con una descarnada impotencia la noticia de cinco indultos que nunca llegaron en una noche tan larga. Ninguno de nosotros habíamos conocido la guerra y por tanto no llegábamos a entender la violencia de uno y otro lado. No alcanzábamos a comprender que una vida pudiera segarse con un tiro en la nuca, pero tampoco con una firma y una descarga de fusilería contra un muro. Aquella noche del 27 de septiembre había comenzado el principio del fin. ¿O tal vez mucho antes…?
Siete años antes: ¡Qué lástima…
Fueron tiempos en que buscábamos en las trastiendas de las librerías la literatura que nos habían ninguneado, gracias a la complicidad de libreros amigos que nos ofrecían aquellos míticos volúmenes de la editorial argentina Losada. Tratábamos de convertirlos en tímidas armas arrojadizas contra un régimen que nos había arrebatado la memoria y la palabra. Fue entonces cuando descubrí a León Felipe y su permanente canto desgarrado entre las páginas de la Antología rota. El poeta peregrino acogido por el generoso país mexicano. El extenso poema autobiográfico “¡Qué lástima!”, no es otra cosa que el llanto del apátrida: «¡Qué lástima que yo no tenga comarca, patria chica, tierra provinciana!…» Un poeta que se confesaba: «forzado a cantar cosas de poca importancia.» Pero que también nos mostró toda la rabia disparada desde el exilio hacia tan odiado personaje, escupiéndole algunos versos que nos llegaron a conmocionar apenas cumplidos los dieciocho años. Hasta entonces nunca habíamos leído nada parecido dirigido al indeseado timonel de nuestros destinos: «… el sapo iscariote y ladrón en la silla del juez repartiendo castigos y premios, / en nombre de Cristo, con la efigie de Cristo prendida del pecho, / y yo callado aquí, callado, impasible, cuerdo…, / ¡cuerdo!, sin que se me quiebre el mecanismo del cerebro». A nosotros, simplemente, nos habían tratado de amamantar e intoxicar el mecanismo del cerebro con las triunfalistas y falsas imágenes del “No-Do”.

Caricatura de Franco publicada en la revista satírica “La Traca” (1937) realizada por Carlos Gómez Carrera “Bluff”, fusilado en junio de 1940 en la tapia del cementerio de Paterna.
Se nos había escapado la adolescencia
Pocos meses después de descubrir al poeta, leía en una brevísima nota del periódico que León Felipe acababa de morir en México. Al final de aquel verano del 68, mientras en París recolocaban los adoquines de la revolución, en Praga machacaban con tanques los restos de la Primavera y por Alcalá pasaba la antorcha camino de México, no sabemos si para iluminar los Juegos Olímpicos o para velar los cadáveres de las víctimas de la plaza de las Tres Culturas. En aquel verano tan tumultuoso creo que junto con mis dos mejores amigos, descubrimos que nos habían robado la adolescencia. Os puedo asegurar que no practicábamos épica alguna ni pertenecíamos a cédula concreta dispuesta a derrocar el régimen con un magistral golpe de mano. Nuestra protesta consistía simplemente en querer conocer buena parte de todo aquello que se nos había ocultado, en indagar que había detrás de aquel retrato del sujeto prepotente que había presidido las aulas de nuestra infancia y adolescencia. La protesta era por tanto banal, inofensiva.
Meses después vinieron a detenerme y a punto estuve de acabar en Carabanchel, pero esa es otra historia.

León Felipe (1884-1968) en Madrid durante la guerra civil.
Tiempos inquietos
Deberíamos haber hecho caso a los versos de Gabriel Celaya cuando afirmaba aquello de: «Ni vivimos del pasado / ni damos cuerda al recuerdo.» Pero es que en estos tiempos tan inquietantes es inevitable evocar. Nos indigna –aparte de otras muchas cosas– la estupidez reinante entre los jóvenes de ultraderecha que añoran un pasado que ni siquiera conocieron y por tanto, no sufrieron. Aquella madrugada de 1975 efectivamente en el cielo no se produjo signo sobrenatural alguno, tan solo la leve brisa del olvido que ya había comenzado su labor. Después, a lo sumo, un presidente de Gobierno lloriqueando en una tele en blanco y negro. Me gustaría explicarle a las nuevas generaciones que cuando despertaron el dinosaurio ya no estaba aquí, pero que no crean en falsas promesas. Desde este último recodo del camino un solo consejo: procurad –por todos los medios– que la historia no se repita.
























