Iluminaciones en la sombra
Me gustaría evocar el título de un poemario de mi admirado Manuel Vázquez Montalbán: Movimientos sin éxito (Ed. El bardo). Porque puedo afirmar, y afirmo, que yo no estuve arrancando adoquines en el Boulevard Saint Germain de París aquel mayo del 68. Tampoco en Praga –no visité la ciudad de Kafka hasta tres años después– por tanto no se me presentó la oportunidad de encaramarme a un tanque soviético cuando estos irrumpieron en la Plaza de san Wenceslas para tratar de agostar una ilusionante Primavera. Ni afortunadamente fui víctima de la masacre que el presidente Díaz Ordaz ordenó en la Plaza Tlatelolco de México D.F. para preservar la paz y el orden en los Juegos Olímpicos. Para mí el verano del 68 no tuvo nada de épico, simplemente me entrenaba en la piscina del Gurugú con el ánimo de poder ganar al frutero en los cuatrocientos metros libres, algo que por cierto nunca conseguí. Creo recordar que aquella época tan solo fue, para la mayoría de nosotros, una absurda secuencia más de esos movimientos sin éxito, simples movimientos hacia ninguna parte.

Daniel Cohn-Bendit en las calles de París (Mayo del 68).
Hay otros mundos, pero no están en este
Fue un tiempo en que la televisión –caja tonta o invento diabólico– nos ponía el mundo al alcance de la mano, casi se nos metía dentro del plato. Algo así como el “No-Do” pero a lo bestia y en plan casero. En las comidas familiares asistíamos a las cargas policiales por las calles de la ciudad que Truffaut y Godard nos habían hecho tan familiar. Los cañones de los tanques del Pacto de Varsovia parecían amenazarnos desde la catódica ventana en blanco y negro, a punto de dejarnos tuertos. En el país natal de Jorge Negrete las rancheras se tornaban en un canto de lamento inusitado, porque el poder regaba de muertos los vestigios de las ruinas aztecas de una plaza simbólica. Mientras tanto los norteamericanos se desayunaban cada mañana con la lista de soldados caídos en Vietnam el día anterior. A nosotros, por aquello de la diferencia horaria, nos los servían a los postres en imágenes sobrecogedoras sin azúcar.

Los tanques soviéticos en la Plaza de san Wenceslas, Praga, 1968.
La llama olímpica
Tenía entonces casi diecinueve años y aquel chisme, recién comprado a plazos por mis padres, con el siempre inquietante y molesto ruido susurrante del estabilizador, me estaba descubriendo que existían otros mundos, pero que aún no estaban en este mío tan rígido, acotado y reprimido. De aquel verano recuerdo fundamentalmente que, una vez más, no conseguí batir al frutero en los campeonatos de las ferias y que Franco todavía seguía vivito y fastidiando. Pero sobre todo recuerdo una ceremonia irreal, cutre y patética que nos hizo copartícipes de que se acercaban los Juegos Olímpicos de México. La antorcha pasó por este pueblo camino a casa del asesino Díaz Ordaz. Una llama que, como la miel, venía de La Alcarria y al comienzo de la calle Libreros recogió el testigo un conocido concejal en calzón corto, metidito en kilos y años, para llevarla hasta el pebetero que, con hortera estética de falla valenciana, habían instalado ante la fachada de la Universidad, custodiado por cuatro jóvenes vestales ataviadas a la más pura usanza del mundo clásico. El punto viridianesco, a modo de homenaje subliminal, lo puso un chaval, algo falto, que con varios cuerpos de ventaja sobre el concejal, entró triunfador en la Plaza de San Diego esgrimiendo una vieja escoba a modo de antorcha, mientras el público aplaudía y jaleaba su nombre.

El poder negro en la Olimpiada de México, 1968.
Nuestro 68
A pesar de todo, aquel fue nuestro año: con un Dylan que, tras aparatoso accidente de moto, regresaba casi de ultratumba; unos Beatles, que creíamos inmortales, a punto de separarse y un Raimon entonando “Diguem no” desde las escaleras de la Facultad de Económicas de Madrid, tratando de convencernos de que: «Nosaltres no som d’este mon». Símbolos y mitos para enhebrar la cimentación de una brumosa ideología con la que afrontar la madurez. Sin embargo, casi todo nos quedaba lejos; pasado el tiempo la mayoría de los progres que conocíamos juraban orgullosos haber estado en París aquel mayo de la revolución. Del único que nos fiábamos era de Fréderic Moreau, el protagonista de Una educación sentimental (Alianza Ed.), la magnífica novela de Flaubert. Él sí asistió a la revolución desde las barricadas, pero en el París de 1848. La otra imagen que se nos antojó real y contundente, pero solo a través de las páginas de las revistas ilustradas, fue la de Daniel Cohn-Bendit, el pequeño alemán de origen judío intentando explicar a las fuerzas represoras que los tiempos estaban cambiando. Todavía no habíamos sido capaces de descolgar de nuestras habitaciones el poster del Che, ejecutado en Bolivia, que como un cristo yacente del Renacimiento, representaba el penúltimo fetiche de una religión extraña que mezclaba, en una dislocada coctelera, todo tipo de ideologías. Mientras tanto, las chicas de nuestra pandilla apenas no hacían caso porque estaban perdidamente enamoradas de Robert Kennedy, asesinado en las cocinas de un hotel de California.
Adiós a todo eso
Otros muchos fueron los escenarios: el campus de la universidad americana de Berkeley, el Parque Grant de Chicago, las comunas de Berlín, las fábricas polacas, las calles de Tokio y Seúl, las plazas italianas y hasta el pódium de la olimpiada mexicana, desde el que los atletas de color elevaron su protesta, descalzos y con el puño en alto, reivindicando el poder negro. Fue en suma un tiempo de lucha generalizada contra la rigidez del autoritarismo político, tal vez un movimiento cultural y moral con carácter fundamentalmente libertario. Un discurso que se tornaba anticapitalista en las protestas de occidente mientras la crítica era anticomunista en los países del telón de acero. Adiós a todo eso. Muchos de nosotros somos herederos directos de aquella fiebre que casi nos hizo delirar creyendo que podíamos cambiar el rumbo de una historia dislocada. Reconozcamos que fueron movimientos sin éxito porque ahora seguimos estando donde estábamos. Y por si éramos pocos parió la gata triste y azul, muy azul porque la derechona viene incordiando para rascar impunemente sobre nuestros recuerdos, creyendo que va a encontrar el arma mortífera con la que fulminar los restos del naufragio.
Al final de la escapada
Cuando en la última escena de la mítica película de Godard Al final de la escapada, Jean Paul Belmondo, en su huida, cae abatido por los disparos de la policía; agonizando en el suelo trata de esgrimir una última sonrisa, ese gesto tan suyo con el que intentaba imitar a su héroe cinematográfico favorito: Bogart. Queremos imaginarlo a modo de emblema de nuestro tiempo perdido. Mientras –esperanzados– deberíamos trastocar la banda sonora del film por la rumba de Peret: «…Y no estaba muerto, no, no, que estaba tomando cañas».
























