Iluminaciones en la sombra
En Segovia, a inicios del verano del 36. El abuelo arroja violentamente el periódico y suelta una palabrota. «¡Se ha sublevado la guarnición de África!» Celia trata de tranquilizarlo: «…eso ha ocurrido siempre. Sublevaciones, motines, revoluciones. La historia de España está llena de…» El abuelo se indigna aún más: «¿Es que te figuras que el pueblo da armas a sus soldados para que opinen, y quiten gobiernos, y pongan reyes, y ametrallen al pueblo?» Aquella misma noche el abuelo es detenido por miembros del acuartelamiento sublevado. Sería fusilado en La Fuencisla pocos días más tarde. Esa misma madrugada Valeriana, la fiel sirvienta, despierta a Celia y a sus dos hermanos pequeños para iniciar una sigilosa huida camino de Madrid. La protagonista de aquella serie que había surgido ocho años antes en las páginas de “Gente Menuda”, suplemento de la revista Blanco y Negro es una niña de ojos claros y cabello rubio tostado que con los años se le iría oscureciéndo. Aquel 18 de julio tenía quince años, aunque al parecer aparentaba mucha más edad. Había perdido a su madre y vivía con su abuelo en Segovia, tal y como Elena Fortún lo había contado en Celia madrecita (Ed. Aguilar), que –dadas las circunstancias– intuía como el último libro de la serie. Se publicó en 1939, en las páginas finales Celia preguntaba: «¿Qué día es mañana?» «Dieciocho de julio, le respondía el abuelo al tiempo que le suplicaba: ¡Ojalá vuelvas pronto!». Pero no volvió hasta 1987.

Cubiertas del suplemento “Gente Menuda” y de la primera edición de “Celia en la revolución” (Ed. Aguilar).
Nuestros héroes de papel
Me gustaría preguntar a todos aquellos que en una etapa de nuestra vida vivimos otra realidad, compartiendo aventuras con héroes de papel: ¿Os imagináis la Alicia de Carroll, el Guillermo de Crompton, el Peter Pan de Barrie, el Pinocho de Collodi o al Principito de Saint-Exupéry alcanzar el fin de la inocencia al madurar abruptamente en los albores de una Guerra Civil? Eso le ocurrió al personaje de Elena Fortún que se vio obligada a madurar entre el fragor de una descarnada, sangrienta, provocada y absurda lucha fratricida. Tardaría casi cincuenta años en regresar del exilio argentino. Su autora se refugió allí tras la victoria de Franco, ante el temor de las posibles represalias a su marido, coronel en el ejército republicano. Sin embargo Encarnación Aragoneses (conocida como Elena Fortún) tuvo el valor de volver en 1948, entre otras cosas, para interesarse por sus derechos en la editorial Aguilar y por la propiedad de su casa de Chamartín de la Rosa, pero se dejó a Eusebio Gorbea y a Celia en Buenos Aires. Él abriría la espita de gas para acabar, de una vez por todas, con la depresión de un exilio infinito. La niña de cabello rubio, ya oscurecido por el tiempo, permanecería protegida por Inés Field, una buena amiga; a salvo entre un revoltijo de hojas manuscritas cuyo último borrador llevaba fecha de 13 de julio de 1943. Elena Fortún no lo quiso llevar consigo en ese viaje sin retorno, temerosa de que aquella niña-mujer que en la ficción había conseguido escapar de la venganza franquista desde el puerto del Grao, pereciera ahora en el fuego purificador de los censores victoriosos. Tras infinitas vicisitudes, las páginas de Celia en la revolución fueron recuperadas en Estados Unidos por Marisol Dorao, doctora en Filología por la Universidad de Cádiz y autora de la biografía Los mil sueños de Elena Fortún (murió en 2017 víctima del alzhéimer). Los papeles le fueron entregados por la viuda del hijo del matrimonio Gorbea Aragoneses, con un ruego: «Haga que se publiquen». Y la tenacidad de Marisol Dorao lo consiguió.

Cubiertas de dos ediciones recientes de Elena Fortún en la editorial “Renacimiento” de Sevilla.
Las ediciones de Celia
Aquellas cuartillas escritas a lápiz y oscurecidas por el tiempo fueron minuciosamente desentrañadas por Marisol Dorao y presentadas a la editorial que a lo largo de décadas –durante la República y el franquismo– había popularizado los textos de Elena Fortún. En 1987 bajo el sello Aguilar se publica Celia en la revolución. Se trata de una pulcra edición que evoca la estética de las primeros volúmenes de la serie, ilustrados entonces por la simplicidad y limpieza de trazos de Molina Gallent y en esta ocasión por la maestría de Asun Balzola, que infiere a todos y cada uno de los dibujos, una serena poética con la que consigue reflejar el desolador transcurso de tan dramáticos momentos. Este último libro resultaba de capital importancia, no solo porque cerraba definitivamente la saga de Celia y sus hermanos, sino también porque como singular documento autobiográfico, nos servía para entender a la Fortún y su entorno. Hoy se encuentra descatalogado. Sin embargo casi cuarenta años después buena parte de la obra de la Fortún ha sido recuperada por la editorial sevillana Renacimiento. En algún sitio leímos que muchos niños españoles nacidos antes de la guerra civil (García Hortelano, Ana María Matute y Gil de Biedma entre otros), crecieron acompañados por Celia y sus hermanos.
La guerra de Celia-Fortún
Elena Fortún tenía cincuenta y un años cuando se inicia la Guerra Civil. Celia que acababa de cumplir los quince, se convierte en la proyección de su creadora que ya desde un exilio irremediable, intenta describir la desoladora tragedia de aquellos años a través de la mirada asombrada de una niña. A pesar de tratarse de un borrador que su autora no pudo acabar de perfilar, recoge en sus trescientas páginas, de escritura limpia y sugestiva, la visión objetiva y sobrecogedora, sin omitir detalles, del sufrimiento de toda una población civil ante los nefastos resultados que provocaron los espadones salvapatrias. Por lo tanto se trata de un testimonio clarificador y nada tendencioso cuya lectura sería recomendable para toda esa generación que afortunadamente nació después del 20 N de 1975 y desprecian cuánto ignoran.

Monumento a Elena Fortún situado en el madrileño Parque del Oeste, promovido por Matilde Ras y erigido por suscripción popular.
Elena Fortún / Matilde Ras
La Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco de Santander publicó en 2014 El camino es nuestro. Un título bastante definitorio bajo el que se recogen textos de Elena Fortún (1885-1952) y Matilde Ras (1881-1969) que fue polígrafa, traductora, novelista, dramaturga, ensayista, guionista de cine, articulista de prensa y también autora de melancólicos y lúcidos diarios a través de los que intenta buscar al interlocutor perfecto. Dos autoras inciertas, pertenecientes a las voces de aquella modernidad española que irrumpió con un vigor inusitado hacia los años veinte del pasado siglo. Vanguardia que en el caso de las mujeres, sufrió las calculadas y miserables zancadillas de sus compañeros generacionales, sumidos aún en una misoginia ancestral. Posteriormente –fulminadas todas las ilusiones republicanas– el obsesivo afán inquisitorial y persecutorio del régimen victorioso las relegaría, en la mayoría de los casos, definitivamente al desprecio, cuando no al olvido más absoluto. Este es un tema que conocía en profundidad Nuria Capdevila-Argüelles, como lo demuestra en la extensa y clarificadora introducción que precede a la cuidada antología preparada en colaboración con María Fraga. Unas páginas iniciales que sugieren e incitan a recuperar, o simplemente a descubrir la obra y la trayectoria de aquellas intelectuales, escritoras y artistas que defensoras de los derechos de la mujer, apostaron por la regeneración femenina a través de la educación y la cultura. (Victoria Kent, Margarita Nelken, María de Maeztu, Carmen Baroja, María Zambrano, María Lejárraga, Rosa Chacel, Concha Méndez, Maruja Mallo…). Era un tiempo en el que aún coleaba el trauma por la pérdida de las últimas colonias en 1898 y que ante la neutralidad del país durante la Guerra del 14, inquietantes voces abogaban por proteger ‘la virilidad’ de hombre frente al peligro de un feminismo incipiente. El feminismo ya aparecía como un problema y no como una realidad.

























