Iluminaciones en la sombra
A la memoria de Jesús Pajares y Curro, que recorrieron el Henares en bici y supieron contarlo.
En las páginas finales de El Jarama (Ed. Destino), el secretario del juez irrumpe en el Casino provinciano para avisarle del lamentable incidente con una ahogada. Este le pregunta con cierta inquietud: «¿En el río?» «Sí –le contesta el funcionario– pero no aquí en el Henares, sino en el Jarama, en San Fernando.» Rafael Sánchez Ferlosio alcanzó el Premio Nadal 1955 con esta novela y en ella descubrimos un último guiño netamente alcalaíno, precisamente en el momento que sus personajes se dirigen hacia el lugar del suceso: «Pasaban por la Plaza Mayor. No había nadie. Sólo la silueta de Miguel de Cervantes, en su peana, delgado, con la pluma y el espadín, en medio de los jardincillos, bajo la luna tranquila. De los bares salía luz y humo. Se veían hombres dentro, borrosos, aglomerados en los mostradores.» Es posible que aquel antiguo poeta tuviese razón y nuestras vidas sean simplemente los ríos que van a dar a la mar. Corta fue la trayectoria de Sánchez Ferlosio en el terreno de la novela. Arranca a orillas del Henares y desemboca en el Jarama. Con una cita del Arcipreste de Hita comienza Industrias y andanzas de Alfanhuí (Ed. Destino): «Sembré avena loca ribera del Henares». Algunos lectores le llegaron a comentar que lo que más les gustaba de El Jarama era la descripción geográfica del río con la que se abre y cierra la narración. Ferlosio tuvo que aclarar –a partir de la sexta edición– la procedencia del detallado prólogo y epílogo que, con leves modificaciones, había transcrito de la “Descripción física y geográfica de la provincia de Madrid”, redactada por Casiano de Prado, un ingeniero de minas, liberal progresista, desencantado de la política, que en los últimos años de su vida, hacia 1860, buscó en la naturaleza refugio y consuelo. Sin duda claro precedente de Francisco Giner de los Ríos y todo el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. Pasado el tiempo, a través de algunas controvertidas declaraciones del propio Ferlosio sobre su opinión respecto a la narrativa española contemporánea, nos mostraría su permanente admiración hacia Alfanhuí frente a la obsesiva aversión, casi desprecio, que le terminó profesando a El Jarama.

Rafael Sánchez Ferlosio en los años cincuenta.
Alfanhuí, pícaro alcalaíno
No es precisamente una alabanza a Pinocho (Alianza Ed.) la que formula Ferlosio en el prólogo a la versión castellana del libro de Carlo Collodi: «El Pinocho es un ejemplo de cómo un lenguaje y una intención pueden echar a perder la más afortunada de las invenciones. ¡Que hermoso libro si el autor se hubiese atrevido a escribirlo no para niños, sino exclusivamente para sí, lo que equivale a decir para quien quiera!»
Aquí posiblemente resida la clave de la maestría de Alfanhuí, porque está claro que el autor lo escribió para sí. Tal vez por eso Juan Benet se empeñara en afirmar que se trataba de un relato autobiográfico. Desde mi humilde punto de vista Industrias y andanzas de Alfanhuí es una especie de “collage” multicolor donde se mezcla la fantasía y el realismo sin que se perciban las costuras, es como si el narrador hubiera extendido por el campo parte de los retales de ciertas vivencias y esas primeras lecturas que tanto nos suelen influir a todos, elaborando con ellas su personal visión de aquello que le rodeaba. Alfanhuí, nacido en un molino a orilla del Henares, despereza su sensibilidad ante el milagro de la naturaleza, descubre los colores, después abandona Alcalá y se lanza a la búsqueda de aventuras por tierras de Guadalajara, Madrid, Moraleja y Palencia. Un pícaro alcalaíno con raíces en El Quijote y en El Lazarillo, pero con mucha menos amargura. Un pícaro alcalaíno que debería formar parte –si este fuese un país de lectores– del imaginario infantil; junto al Gulliver de Swift, el Peter Pan de Barrie, la Alicia de Lewis Carrol, El Principito de Saint-Exupéry y hasta el Pinocho de Collodi.

Cubiertas de las primeras ediciones de “Alfanhuí” y “El Jarama”.
Del Henares al Jarama
Industrias y andanzas de Alfanhuí se publicó en 1951 (Talleres gráficos Cies) en una edición modesta que parecía destinada al olvido y sin embargo llegó a alcanzar la sorpresa de los críticos ante el tono fabuloso y poemático de un pulcro y refinado estilista que se había empeñado en contar una historia castellana llena de mentiras verdaderas. Cuatro años más tarde Rafael Sánchez Ferlosio consigue el Premio Nadal con El Jarama, una obra radicalmente distinta cuyo único nexo de unión con la anterior tal vez radique en los ríos: «El agua que tocamos en los ríos es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán.» Ahora con esta cita de Leonardo da Vinci encabeza El Jarama. Entre ríos anda el juego. Entre ríos que discurren por las dos novelas de Ferlosio y se unen más allá de Alcalá; aguas que llegan juntas hasta el Puente Viveros por donde cruza la carretera de Aragón en el kilómetro dieciséis desde Madrid. Más allá aquellas aguas serán absorbidas por el Tajo para ir a dar a la mar, que es el morir.
A la orilla de un domingo
Sin duda El Jarama es una especie de novela antinovelesca cuya acción se desarrolla en tiempo real a lo largo de un día, como en el Ulises de Joyce pero la diferencia radica en que la secuencia narrativa no se construye a través de monólogos interiores. Aquí, a orillas del Jarama un grupo de dependientas y oficinistas madrileños tratan de desgastar un domingo, lejos de la ciudad, entre conversaciones vulgares, sembradas de tópicos, frases hechas y modismos de la época revoloteando entre el tedio del paso lento de las horas y la frustración de no llegar a conseguir descubrir esas supuestas delicias del campo. Como contrapunto a los horteras madrileños, se nos muestran los otros personajes, aquellos que animan a lo largo del día el merendero de Mauricio, con su tono grave y sentencioso y toda la expresividad en un lenguaje que desparraman enredados entre partidas de dominó y vino con gaseosa. Ferlosio renuncia casi en todo momento a su papel de narrador omnisciente, empleando esa técnica magistral de behaviorismo: dejar que cada uno de los personajes se defina con sus propias palabras. Sobre todo esos excursionistas que a lomos de sus bicicletas llegan por la carretera de Aragón hasta el Puente de San Fernando, y que aparecen desdibujados en un primer momento, como una masa nebulosa, pero se van perfilando poco a poco, construyéndose con sus propias conversaciones a lo largo de las distintos momentos del día: la mañana, el baño, la hora del almuerzo el sopor de la siesta y la tarde de vino y música que desembocará en la tragedia de la noche.

El río Jarama a su paso por el puente Viveros, cerca de San Fernando de Henares.
Hacia la naturaleza
El narrador, a pesar de que construye a cada uno de los personajes con sus propios diálogos, también intenta liberarse, de vez en cuando, hacia esa pasión personal y profunda que siente por el campo y la naturaleza; una pasión que ya dejó desbordarse en Alfanhuí y con la que ahora solamente trata de ilustrar con algún breve fragmento de El Jarama. Tan solo deja escapar mínimas pinceladas descriptivas del paisaje. Así, cuando el juez abandona el casino alcalaíno camino del lamentable suceso, escribe: «Embragó la tercera calle adelante y atravesó el arco de piedra, hacia la carretera de Madrid. Negra y cercana, a la izquierda, la enorme artesa volcada del Cerro del Viso, se perfilaba de una orla de leche violácea, que le ponía la luz a la luna».
El silencio de Ferlosio
Tras su querido Alfanhuí y a los pocos meses de publicarse El Jarama, Rafael Sánchez Ferlosio prometió solemnemente no volver a enredarse por los terrenos de la novela. Desde nuestra adolescencia lamentamos perder uno de los eslabones con los que nos aferrábamos a una narrativa de esperanza. Nos quedaban Aldecoa, la Matute o la Gaite… El resto fue silencio, pero no tanto. En 1993 nos ofreció un libro de aforismos, misceláneas, poemas… cuyo título resultó ser toda una horrible premonición de lo que nos quedaba por venir: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (Ed. Destino).
Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma en diciembre de 1927 y murió en Madrid en abril de 2019. Recibió el Premio Cervantes en 2004.



























