Fernando Gómez Moreno (In memoriam) / Por Antonio Campuzano

Fernando Gómez Moreno (In memoriam)  /  Por Antonio Campuzano

In memoriam

Con la precisión astronómica de un eclipse, el día 12 de agosto, se ha muerto en Torres de la Alameda, Fernando Gómez Moreno. Su destino estaba unido al día de las carreras por buscar un punto observatorio y a las reflexiones sobre la infinitud del universo y de las vidas. La vida de Fernando ha sido eclipsada por el final coincidente con la oscuridad sobrevenida en el mundo. El ajetreo del pueblo se había acomodado al hábito de Fernando y viceversa, pero todo tiene su final de recorrido.

Nuestro hombre había nacido en 1933, en momentos de gran convulsión y, camino del centenario que hizo célebre al coñac Terry, ha dejado en la historia del pueblo una huella de equilibrio, sensatez y mucho apego al espacio. Pocas veces salía de Torres y si lo hacía era con el propósito de volver pronto, como sucedió a muchos contemporáneos suyos, atraídos por el magnetismo de lo propio. No tanto a la manera de Pessoa, “viajar es de paletos”, pero sí con la filia de la identidad. Vivió sesenta y siete años del siglo XX y veintiséis del XXI, lo que es suficiente para el conocimiento completo de una comunidad como la de un pueblo como Torres, con su crecimiento, su adaptación a los tiempos, su administración y sus gobernanzas. Producto de dos apellidos que atravesaban la genealogía del pueblo, unió el suyo al de su compañera y   superviviente, Goya Ropero, lo que ya supone el ensanchamiento de un club, el de los Ropero, que da para el consumo de muchas páginas del Registro Civil. Desde su residencia en la calle Mayor, y de ahí en adelante, preñaba de estoicismo, del buen estoicismo, a la circunstancia.

Fernando proyectaba el presupuesto de la razón a todo lo que se meneaba, pero lo hacía de tal manera que nunca faltaba su gesto de irradiación de simpatía para lo que se ayudaba de su habitual media sonrisa en un rostro siempre amable. Su grupo de ocio en las últimas décadas con una alineación consagrada (Ignacio Polo, Joaquín Romero, Daniel Brande El Chato, entre otros) le fueron dejando biológicamente solo. Ahora, ya sin la última referencia, la de Fernando, el chateo, la actividad procesional de acudir a cuatro o cinco bares o estaciones penitenciales de comparativas en vinos, pinchos, sabores y olores, ha perdido a aquella plantilla gloriosa que hizo de práctica ineludible los sábados el repaso de las causas y las consecuencias sociales de toda una semana, con apuntes de historia, de actualidad y de futuro imperfecto. El eje Manolo-Bar Sol-Las Campanas-Bar Ropero llegó a tener en su momento la misma cadencia que Atocha-Antón Martín-Tirso de Molina-Sol, o el Kubala-Moreno-Manchón de Serrat. Se podía empezar a las doce del mediodía para terminar a las 2 y media en el final de estación, incluidos los tiempos muertos ahora vistos como de hidratación de los paseos entre abrevadero y abrevadero, ya fueran compañeros de la cuadrilla el calor, el viento o la lluvia. El orden de las intervenciones de cada cual se daba por hecho sin que aconteciese jamás una alteración entre ellos por discrepancias insostenibles en el espacio y en el tiempo. Todos ellos han desaparecido con la inexorable marca del calendario y la enfermedad. Fernando ha sido el último mohicano en el magisterio del chateo según los usos y costumbres de la mejor lección. Atrás quedaron sus hermanos de numerosa familia, de incólume biografía en Torres, léase Martín, profesoral en el manejo de las insanas contiendas de la enfermedad, con habilísimo manejo del humor; Angelín, el mayor, unido siempre a una boina barojiana y con un sentido intachable de la nobleza; y Emilita, erguida y atenta a los asuntos de la cortesía.

Torres pierde la sonrisa casi tímida de Fernando, solamente ausente en la desaparición de su hija mayor a una edad tempranamente injusta. El descanso y la paz ya son sus compañeros de filas.

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