Ángel Vázquez en Tánger / Por Vicente Alberto Serrano

Ángel Vázquez en Tánger   /   Por Vicente Alberto Serrano

Iluminaciones en la sombra

Cada tarde, cuando el sol inicia su leve huida por el horizonte, los tangerinos acostumbran a reunirse en alguno de los cafés que se reparten alrededor de la plaza de Bit el-Mal, aunque otros prefieren sentarse en el mirador que domina el estrecho de Gibraltar y casi extasiarse contemplando el mar y el perfil de aquella otra tierra que se les antoja tan enigmática como atractiva. A ese lugar también le llaman Bab er-Raha (la puerta del descanso). Tánger es una ciudad que parece haberse creado para escribir sobre ella. Algunos cinéfilos afirman que la mítica película de Michael Curtiz estuvo inspirada en ese confuso caos de ciudad internacional, pero que en el último momento, ante sutiles presiones políticas, optaron por cambiar el título por el de Casablanca. Paul Bowles, viajero coyuntural, se negaría a abandonarla después de conocerla, la inmortalizó en su novela El cielo protector (Ed. Alfaguara). Delacroix, Matisse, Tennesse Williams, Truman Capote o William Burroughs, entre otros muchos, también sintieron una enfermiza atracción por esta peculiar y sugerente Puerta de África. Juan Goytisolo, contemplando su país desde Tánger, construyó un monólogo angustiado sobre el exilio e imaginando, como un nuevo conde traidor, una invasión a la península para desterrar los mitos ancestrales. Con el título de La reivindicación del conde don Julián (Ed. Joaquín Mortiz) se tuvo que publicar en México en 1970, conformando la segunda parte de la trilogía “Del desarraigo y la ruptura” a la que había precedido Señas de identidad (Ed. Joaquín Mortiz), también editada en México en 1966 y continuaría con Juan sin tierra (Ed. Seix Barral) publicada en España en 1975, aunque secuestrada a las pocas horas. Desde allí, desde aquella “puerta del descanso” en cierta ocasión, cuando intentaba escudriñar las luces de Zahara de los Atunes en la otra orilla, sentí la necesidad de evocar La vida perra de Juanita Narboni (Ed. Planeta) del mismo modo que hoy me empeño en hablar sobre su autor.

El escritor Ángel Vázquez (Tánger, 1929-Madrid, 1980).

En busca del escritor perdido

Poco se sabía de Ángel Vázquez, autor de Se enciende y se apaga una luz. Tan solo que residía en Tánger, donde se le trató de localizar, pero el enigmático escritor acababa de abandonar un mísero empleo de contable y se había trasladado por aquellos días a Casablanca en una busca desesperada de trabajo para poder subsistir. El tantas veces cuestionado Premio Planeta, protagonizó en 1962 un suceso harto peculiar. Aquel año se le concedía el galardón a Concha Alós por El sol y las bestias, pero apenas una horas más tarde, el escritor Tomás Salvador que había sido policía antes que fraile, y en aquel momento era director de la colección Selecciones de Lengua Española de Plaza & Janés; con el olfato adquirido en el Cuerpo, detectó y denunció que la autora galardonada tenía un contrato firmado con su editorial por la misma novela, presentada con el título de Los enanos. Inmediatamente después se descubriría que el manuscrito también había sido presentado a un par de premios más. Por tanto a Concha Alós se le arrebató el derecho al XI Premio Planeta, otorgándose inmediatamente a la novela clasificada en segundo lugar, por la que habían votado Carmen Laforet, Joaquín de Entrambasaguas e incluso el propio Lara, propietario de Planeta. Al final dan con el paradero de su autor y le hacen viajar hasta Barcelona para la entrega del Premio y el inevitable encuentro con los periodistas. Una cita que resultó fría y distante, ya que estos apenas dedicaron atención a aquel tímido y para ellos diluido personaje al que no alcanzan siquiera a perfilar. Prefirieron seguir volcados hacia la escritora destronada que continuó ocupando toda la información seudo literaria del momento. En diciembre de aquel mismo año aparece publicada Se enciende y se apaga una luz. Muy pocas reseñas se hacen eco de su aparición. Santos Fontela en Ínsula con tono paternalista cuestiona abiertamente la valía del autor y acaba su reseña afirmando: «Es de esperar que Ángel Vázquez siga escribiendo y nos dé unos frutos más conseguidos para llegar a convencernos de verdad de su categoría de novelista».

Cubiertas de la reedición de “Fiesta para una mujer sola” (Ed. Reino de Cordelia) y de la primera edición de “La vida perra de Juanita Narboni” (Ed. Planeta).

Tánger

Aquella primera novela de Ángel Vázquez se abría con una frase de Jaime Gil de Biedma: «De mi pequeño reino afortunado, me quedó esta costumbre de calor y una ligera propensión al mito». Se desarrolla por supuesto en Tánger, pequeño reino afortunado, ciudad que será materia exclusiva de su escasa pero significativa obra posterior, hasta alcanzar con La vida perra de Juanita Narboni una de las cotas más altas de la narrativa española contemporánea. El atractivo malditismo de su autor, difícilmente resultaría entendible en la España de comienzos de los sesenta, ni siquiera pasadas dos décadas. En 1980 Ángel Vázquez fallece en Madrid de un ataque al corazón, poco antes de morir había estado quemando dos novelas que no había conseguido terminar. El prestigioso diario ABC, que siempre alardeó de su sensibilidad literaria, apenas dedicó a la noticia una escueta y sin embargo hiriente reseña que días más tarde sería rebatida y criticada en la sección de Cartas al Director por una vecina anónima, cercana a la casa de huéspedes donde el escritor tangerino pasó sus últimos días. Ángel Vázquez nació en 1929 en la mítica y exótica ciudad norteafricana a la que Emilio Sanz de Soto definió como «una deliciosa mentira». Allí vivirá hasta 1965, cuando la independencia del país ya había desmoronado casi por completo el aura de ciudad internacional y cosmopolita. Tras una infancia triste y traumática por culpa de un padre que pronto les abandonaría, Ángel se refugia en el mundo femenino que gira en torno a la tienda de sombreros que regenta su madre, Mariquita Molina, un atractivo universo en el centro de la ciudad que conformará parte de su materia literaria, oyendo a las clientas y también la extraña belleza de la yaquetía, ese idioma castellano-sefardí que hablaban los vecinos del barrio. Hace pocos años la editorial Rey Lear (hoy desaparecida) recuperó Fiesta para una mujer sola novela de 1964 en la que evocaba aquellos años, pero que sufrió los rigores de la censura franquista y fue secuestrada cuando se iba a presentar en la Feria del Libro. Afortunadamente ha sido recuperada estos días por la editorial Reino de Cordelia. Aparte de su significativa y profunda amistad con el mítico matrimonio formado por Jane y Paul Bowles, con el poeta Ángel González y con Emilio Sanz de Soto, supusieron también un elemento esencial de su formación literaria las lecturas compulsivas en las bibliotecas públicas de la ciudad y en la Librería des Colonnes donde trabajó de vendedor, descubriendo por entonces la obra de Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Henri James, Anton Chéjov o Julien Green.

Restos del Teatro Cervantes de Tánger, donde llegaron a actuar, en su día, desde Estrellita Castro, Antonio Machín, Juanito Valderrama, Manolo Caracol, Lola Flores o Carmen Sevilla.

Autor difícilmente aceptable

Juanita Narboni es la protagonista de un monólogo atormentado, se trata del soliloquio desgarrador de una mujer sensible y disparatada que frente a las costas españolas, describe su declinar, su decadencia física y su soledad. Parece como si Tánger y ella –el alter ego del autor– se fuesen desmoronando a un mismo tiempo. Ángel Vázquez fue un autor apenas aceptado en una España, por entonces, costreñida de grisura. Tal vez por eso su literatura fue difícil de entender, porque aquellos personajes femeninos desinhibidos era inimaginables por la Sección Femenina y por supuesto también masculina de un país reprimido en todos los sentidos. Afortunadamente hoy podemos regresar a Ángel Vázquez. Aparte de la reedición de Fiesta para una mujer sola (Ed. Reino de Cordelia) El cuarto de los niños y otros cuentos han sido recuperados recientemente por editorial Pre-Textos. Cátedra, en su colección Letras Hispánicas tiene publicada La vida perra de Juanita Narboni con una magnífica y extensa introducción de Virginia Trueba que invita a adentrarnos y a descubrir una de las novelas más significativa de nuestra narrativa última.

El Gran Teatro Cervantes

La última vez que visité Tánger se me antojó conocer la ruinas de lo que fue en su día el Gran Teatro Cervantes. Tal vez porque trataba de comprender e imaginarme que en aquel escenario, en tiempos pretéritos, actuaron Estrellita Castro o Juanito Valderrama entre otros intérpretes de la copla española. Subiendo desde el puerto se alcanza una calle empinada que aún conservaba su antiguo nombre rotulado con azulejo sevillano. La calle está dedicada a Esperanza Orellana, que llegó a ser Presidenta de la Cruz Roja Española y de las Damas de la Caridad de Tánger, pero sobre todo esposa de Manuel Peña, controvertido personaje originario de Rota que se empeñó en cruzar el estrecho para buscar fortuna; lo consiguió y ambos impulsaron la construcción del Gran Teatro Cervantes en 1913. Su fachada, al final de la calle, es posible que aún mantenga los deteriorados recuerdos de aquellos dorados y colonialistas años cincuenta. Quise evocar allí a un Ángel Vázquez adolescente consumiendo películas americanas en blanco y negro mientras comenzaba a urdir argumentos en el anonimato del oscuro patio de butacas.

 

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