Iluminaciones en la sombra
El cuarto Conde de Berlanga de Duero nació el día de los Inocentes del último año del siglo XIX, en el palacio familiar de la céntrica calle madrileña de Trujillos. De padre inglés y de madre noble. Fue diplomático, escritor, dramaturgo, director de cine, conocedor del cante flamenco, gastrónomo, humorista y él hasta se consideró pintor. Edgar Neville dedicó su divertidísima novela Don Clorato de Potasa (Ed. Temas de Hoy) a Chaplin, Ramón y a Juan Belmonte, a los que siempre señaló como sus grandes amigos. El desengaño amoroso con una actriz de teatro le hizo alistarse para la guerra de Marruecos, desde allí escribe algunas crónicas para el diario La Época, hasta que enferma y lo devuelven a la península. Asiste a las tertulias del Henar junto a Azaña y Valle-Inclán, también a la sagrada cripta del Pombo presidida por Ramón; este le dedicará uno de sus Retratos (Ed. Aguilar) y le profesará una gran amistad durante toda su vida. En 1922 forma parte de los organizadores del mítico Concurso de Cante Jondo de Granada, junto con Manuel de Falla y Federico García Lorca que fue quien le recomendó aquella ciudad porque allí era mucho más fácil aprobar ciertas asignaturas que le quedaban pendientes de la carrera de Derecho. Treinta años más tarde realizará una de las mejores películas sobre el tema: Duende y misterio del flamenco. «El flamenco no fue un espectáculo –afirma Neville– ni nació para ser un espectáculo: era la forma de expresión de un pueblo más bien inarticulado, eran los poemas que decían a gritos de llanto unos analfabetos que no podían expresarse de otra manera, eran los lamentos de amor de un tosco primitivo que apenas sabe hablar pero que al recibir la herida se expresa de este modo». A caballo recorre con Baroja los pueblos de Castilla y en automóvil gran parte de España en compañía de Ortega y Gasset. Belmontista y buen aficionado, sigue al diestro de Triana por todas las plazas del país. Viaja frecuentemente a Málaga a visitar a sus amigos los poetas Prados y Altolaguirre que le editarán en la imprenta Sur su primera novela Eva y Adán; en Torremolinos frecuentará a Salvador Dalí, a Paul Eluard y a su mujer Gala. De Chaplin y de aquel viaje iniciático a Hollywood debió de traerse una nueva forma de mirar y de contar a través del objetivo de la cámara. De Ramón lo aprendió casi todo, no solo él sino también Mihura, Jardiel, López Rubio y Tono. Y de Belmonte seguro que quiso captar el contrapunto de la seriedad ante el toro, para aplicarlo de vez en cuando a las cornadas de la vida.

Edgar Neville con Chaplin en Hollywood.
La otra generación del 27
José López Rubio tituló su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua: La otra generación del 27 (Ed. C.D.T.) donde evoca a todos y cada uno de sus amigos; aquellos que a finales de los felices veinte se establecieron en Hollywood junto a él: Tono, Jardiel y Neville. Mihura optó por no apuntarse a aquella aventura. De allí regresaron con un ansia de vida y cachondeo que casaba bastante mal con la España adusta que se estaba gestando. Sin embargo formando grupo con los que se habían quedado, lograron sobrevivir, a veces desde posturas controvertidas, pero con humor, con mucho humor, haciendo frente a todo lo que más tarde se les vino encima. Tras la guerra civil, Neville logró montarse a lomos del régimen; llegó a formar parte del bando vencedor, aunque nunca suscitó muchas simpatías entre algunos de los salvapatrias, tal vez por la sutileza de su humor inglés que ni siquiera llegaron a percibir desde una desconfianza ancestral. Sin embargo consiguió estrenar con gran éxito comedias como El baile y La vida en un hilo que posteriormente llevará él mismo a la gran pantalla, al igual que Nada de Carmen Laforet, cercenada por la censura. Durante todos esos años alterna cine y teatro con colaboraciones en prensa. Muere prematuramente en Madrid el día del libro de 1967. Desde entonces se ha producido un silencio, un ninguneo, un olvido casi generalizado sobre su figura y su obra; al igual que con el resto de los demás miembros de aquella que López Rubio definió como “La otra generación del 27”. Revisar el cine, la obra y la figura de Edgar Neville supone una sorpresa que desborda los límites de una simple biografía.

Cartel del Concurso de Cante Jondo en Granada con un dibujo del pintor Manuel Ángeles Ortiz.
Soñar con El último caballo
Cierta mañana llama a Isabel Vigiola (la mujer de Mingote que fue siempre su secretaria personal) y le urge para que se persone lo más rápidamente en su casa. Una vez allí le redacta, en unas cuantas horas, el guion completo de El último caballo, sin variar posteriormente una sola coma. Le confiesa que el argumento lo había soñado aquella misma noche. La película, rodada en 1950, comienza con unas imágenes de la Gran Vía madrileña sumida en un caos de tráfico, imagen casi impensable para un tiempo de autarquía y miseria económica. Cuando finalizan los títulos de crédito –a modo de antítesis– se nos muestra un magnífico y relajante “skyline” de las torres conventuales de Alcalá de Henares, población tranquila y recoleta, sin coches, resguardada entre cerros, sumida en la paz y el silencio, solo roto por el sonido estridente de un cornetín. Entonces la cámara realiza un barrido panorámico por la ciudad hasta adentrarse en el patio principal del Cuartel del Príncipe. Allí un alto mando del ejército notifica a la tropa que ese arma de caballería pasará a ser, a partir del día siguiente, unidad motorizada y que caballos y soldados van a licenciarse a un mismo tiempo. Fernando Fernán Gómez que encarna el papel de impenitente recluta con muchos años de mili a la espalda, se resiste a abandonar a su mala suerte a “Bucéfalo” el caballo con el que ha compartido desventuras durante demasiados meses; no puede soportar la idea de que lo conviertan en carne de cañón y lo destripen en cualquier plaza de toros. Es entonces cuando renuncia a proyectos de boda y entre el caballo y la novia, opta por la compra del caballo. A lomos de “Bucéfalo” sale ufano por la Puerta de Madrid camino de la capital.

Edgar Neville (en cuclillas) en el quiosco de la Plaza de Cervantes durante el rodaje de “La señorita de Trévelez” (Alcalá, 1934) y afiche de “El último caballo” (1950).
¡Mujer! …¿en Alcalá?
En un momento de la película el protagonista, ya en Madrid, trata de explicar a su novia dónde han ido a parar todos sus ahorros, mientras que ella le reprocha que se los habrá gastado en la milicia, él le responde: «¡Mujer!, …¿en Alcalá?» como viniendo a decir que cómo se puede dilapidar el dinero en una ciudad tan sobria, solo compuesta por cárceles, conventos y cuarteles. Neville sin embargo debía tener un cariño especial por esta ciudad donde ya en 1936 había rodado La señorita de Trévelez una adaptación de la obra de Carlos Arniches que posteriormente Bardem volvería a llevar a las pantallas con el título de Calle Mayor. Y además en su libro Mi España particular (Guía arbitraria de orientación turística y gastronómica), reeditado por Reino de Cordelia, también dedica un capítulo a Alcalá en el que lamentablemente la Hostería del Estudiante no sale muy bien parada, no por su gastronomía, sino por su escenografía mesonera, zarzuelera y el vestuario sombrío de las camareras. El último caballo es una película que podríamos considerar como el primer manifiesto ecologista de nuestro cine, un canto de rebeldía en pleno y duro franquismo. Una vez más la férrea censura del régimen fue socavada desde los sutiles cimientos del humor. Sin sexo ni ideologías perversas sino nada más y nada menos que con un retrato de la sociedad española desde la cruel ironía. Años más tarde Miguel Mihura conseguirá algo parecido con los diálogos de Bienvenido Mister Marshall.




























