Fútbol – Segunda RFEF / Por Antonio Campuzano
En el minuto uno de juego, cuando aún entraban los fieles rojillos con una servilleta para eliminar los rastros de café, Álvaro Domínguez, con el 24 a la espalda del Navalcarnero, anotó el primero de los tres goles postreros de la formación visitante. La elección de la segunda equipación, con el lustre del Borussia Dortmund, fue adornando de amarillo el terreno de juego hasta el punto de parecer más efectivos los del equipo habitual rojiblanco.
El contragolpe, ese arma cargada de profundidad y de acierto, de la que vivió Luis Aragonés a lo largo de su extensa carrera en los banquillos, era desgranado por el Navalcarnero con tal magisterio en su uso y apego que en el minuto 30 obtuvo el segundo gol de idéntico modo al descrito con el catecismo del sorpresivo movimiento a la contra. De nuevo, Domínguez, con el bullicio y la picardía como elementos de pugna, hizo salir fuera de su área de mandato al portero complutense, Adri Fernández, en un escorzo de despeje tan espectacular como estéril. Ni llegó ni se le esperó en el despeje, propicio para el sentido de la oportunidad.
Navalcarnero, esa localidad seis veces menos en demografía que Alcalá, en la comparativa preferida de las aficiones de estas categorías, agitaba las sabidurías del fútbol para hacerse con la hegemonía del juego. Su técnico, Miguel Zárate, ordenaba con estridencias el ayuntamiento de las líneas con un gesto de aproximación de las manos, como si de una maniobra de panadero se tratase con la materia prima de la levadura madre. Dedos contra dedos para la elaboración de la tela de araña. Los aciertos del Navalcarnero, ese pueblo en el límite geográfico de Madrid y Toledo, eran extasiados colectivamente por el banquillo en maniobras de entusiasmo, saltos y abrazos sin medida ni control. Saltaban los unos sobre los otros, sobre hombros y cóccix , “el hueso de la alegría”, según el cubano Guillermo Cabrera Infante. Recuperó el Alcalá a Sergio Marcos, pero no sucedió lo mismo con el orden que siempre exhibió el centrocampista veterano. Álvaro Santiago, zancudo y serio central, ocupó el sitio de Chete, fuerza de la naturaleza frente a la colocación del hombre de la coleta más apreciada en El Val. El aspecto de soporte germánico tiene que compadecerse más con los aciertos y las seguridades. La tripleta atacante del Navalcarnero, comandada por Kensly Vázquez, portento físico de procedencia Haití, en recuerdo a Sanon, el haitiano de los dos goles de su selección en el mundial de 1974, en Alemania, de los que nunca más se supo, seguía a lo suyo, y llegó el tercero.
Las maniobras agónicas del equipo rojillo se manejaban y solo revoloteaban el ambiente, que terminó por adoptar el aspecto de nula aceptación de la realidad. Las Brigadas, minoradas en este domingo, recurrían al volantazo dialéctico. Por ejemplo, “otro Joselu, necesitamos otro Joselu”, en recurso a la raza y a la etnia de la entrega y la reciedumbre, pero con peligro del olvido de otras cualidades en el tesoro técnico de Vivar Dorado. Otro argumento no menos paleo pedagógico: “échale huevo, Alcalá, échale huevos”. Los brazos como aletas de Juanito Gómez y sus explosiones en la proximidad de Mathaus solo son recuerdos de exceso ante la realidad de la necesidad de mejorar. “Arrastrar el escudo por el campo”, salía con cohetería de la tribuna, con aportación de hueca literatura. Se ha roto la media británica de ganar dentro, perder fuera. También ha sucedido lo segundo dentro.
Atentos al recurso del entrenador Vivar, como atento estaba Míchel, titular del holandés Ajax de Amsterdan, canon de un fútbol de alta escuela y santuario de Joahn Cruyff, emanación del arte a la hora de patear un balón. Miguel Sánchez, hijo de Michel, milita en el Alcalá, y parece practicante de un fútbol de interés. Terminó el encuentro de ruptura de tendencia con un sol de condición horrible en el primer tiempo, cuando las espaldas se hacían siamesas del respaldo de los asientos.




























