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Azaña y Vicario: crónica de una amistad / Por Jesús Cañete Ochoa

Azaña y Vicario: crónica de una amistad / Por Jesús Cañete Ochoa

3 de noviembre. Aniversario de la muerte de Manuel Azaña

Cada vez que se avecina el aniversario del nacimiento o de la muerte de alguno de nuestros ilustres intelectuales, me asalta aquella lúcida frase de Rafael Sánchez Ferlosio que decía que “la cultura española no recuerda, pero está loca por conmemorar”. En este 3 de noviembre, en que se cumple el aniversario del fallecimiento de Manuel Azaña en el exilio de Montauban en 1940, vale la pena recordar la amistad que mantuvo Azaña con el alcalaíno de adopción, José María Vicario.

Aunque contamos con dos magníficas ediciones de sus obras completas, debidas a los profesores Juan Marichal y Santos Juliá, hay zonas de la vida y obra de Azaña que permanecen en penumbra. Esto se debe, en parte, porque la obra de Azaña sigue abordándose de forma convencional, sin introducir en su lectura crítica nuevas perspectivas; también porque todavía hay documentación por conocer dispersa en archivos públicos y privados, tanto en España como en el extranjero.

Cuando los investigadores abandonan los lugares comunes y buscan en los archivos, aparecen gratas sorpresas, como la que se ha recibido con el hallazgo del Collar de la Orden Civil de la República, relevante pieza que se ha podido ver en la exposición “Azaña: Intelectual y Estadista” que, procedente de la Biblioteca Nacional de España, estuvo hasta el 26 de septiembre en la Capilla del Oidor y permanecerá expuesta hasta el 9 de enero de 2022 en el Hospital Real de la Universidad de Granada. Este collar se conservaba en el fondo patrimonial del Ministerio de Asuntos Exteriores. Dado que fue el más importante reconocimiento otorgado por el gobierno republicano, y que solo se concedió en seis ocasiones (a Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y Alejandro Lerroux en España y a los presidentes de Francia, República Checa y México), su estudio proporcionará, al menos, una valiosa información sobre los símbolos republicanos y las relaciones internacionales de la República.

Otra aportación al conocimiento de la vida y obra de Azaña la constituyen los dos textos que figuran más abajo y que pertenecen a un libro de próxima publicación, cuyo contenido principal, sin embargo, son las cartas cruzadas entre José María Vicario y Manuel Azaña. Un intercambio epistolar que comienza con la carta que Azaña envía desde Zaragoza el 17 de mayo de 1898 (apenas mes y medio antes de que sucediera el desastre del 98 con cuya evocación Azaña cierra su novela El jardín de los frailes) y finaliza con la enviada por Azaña el 18 de septiembre de 1934 (diez días antes de viajar a Barcelona para asistir al entierro de Jaume Carner, ministro de Hacienda de su gabinete; durante esa visita Azaña va a ser detenido, acusado de alentar la declaración independentista pronunciada por Lluis Companys desde el balcón del Palacio de la Generalitat). La lectura de estas cartas, cuyo contenido y orden corrige el que figura en las ediciones de las obras completas mencionadas, permitirá conocer a fondo la amistad que mantuvieron Azaña y Vicario y saber muchos detalles de la vida y pensamiento de ambos.

Estatua de Manuel Azaña en Alcalá de Henares

Si damos por buena la clasificación que hacía Josep Pla entre amigos, conocidos y saludados, hay que decir que Azaña, siempre involucrado en tareas intelectuales y políticas, tuvo a muchos de los dos últimos, pero a poquísimos de los primeros. Si a las de Pla añadimos la categoría adicional de amigos íntimos, en el caso de Azaña solo pueden figurar dos: José María Vicario, a quien conoce desde su infancia y con quien logra conversar durante su última visita a Alcalá en noviembre de 1937, y Cipriano de Rivas Cherif, quien, tras quedarse maravillado con la conferencia “Los días del Campo Laudable” dada por Azaña en el Ateneo en 1913, inició una amistad que mantuvo toda su vida y que se estrechó tras la boda de Manuel con su hermana Lola. En el trato amistoso, Azaña rechazaba eso que llamaba la zona “media” de la amistad, pues le era preferible el conocimiento superficial que ese otro más mezquino que juzga aprovechándose de retazos de intimidad; muy bien sabía Azaña lo peligroso que era el ambiente social de ese Madrid, tan parecido al actual, en el que sobraba camaradería y faltaba urbanidad.

A Vicario se le podría describir, como hizo Valle Inclán con su personaje el marqués de Bradomín, como feo, católico y sentimental. Vicario había nacido en 1876 en la población alcarreña de Durón. “El Vicario de Durón” era el seudónimo con el que firmaba sus colaboraciones en la revista Brisas del Henares, aventura periodística en la que coincidió con Azaña. Vicario vivió en Alcalá desde 1889, en el número uno de la plaza de san Julián, casi frente a la actual biblioteca Cardenal Cisneros. Ese lugar aparece en la inacabada novela de Azaña, Fresdeval, mencionado como la Casa Millana; asimismo, uno sus personajes, Bruno Budia, es un trasunto de Vicario. En 1900, Vicario, que llevaba tiempo colaborando en la revista Flores y Abejas de Guadalajara, fue nombrado corresponsal en Alcalá de Henares del periódico de tirada nacional El Imparcial. En el año 1926 fue miembro de la comisión organizadora, junto al Padre Lecanda y Cecilio Casas, de una exposición de Arte Religioso que se celebró en el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, entonces sede del Archivo Histórico Nacional, en donde se presentaron objetos religiosos de la Magistral y de otras parroquias de Alcalá y su comarca, así como de particulares. Vicario, que trabajó largo tiempo como archivero en el Archivo Municipal, falleció en Alcalá de Henares el 29 de julio de 1963. Por diferentes razones, que se explican en la introducción al epistolario entre ambos, Juan Marichal pedía para Vicario “el agradecimiento póstumo de todos los estudiosos y admiradores” de Azaña.

Folleto impreso para el banquete homenaje ofrecido a Azaña en 1913; publicado por cortesía de Julio y José María San Luciano.

En el libro que se publicará muy pronto, además de las cartas (entre las que figuran diez cartas enviadas por Azaña a Vicario que no figuran en ninguna de las ediciones de sus obras completas), se incluyen dos textos que se reproducen más abajo: el primero, es el discurso que José María Vicario pronuncia durante el banquete “como testimonio de admiración y cariño” que le ofrecieron sus amigos y paisanos en el Hotel Laredo el 16 de febrero de 1913, tras la elección de Azaña como secretario primero del Ateneo de Madrid; el segundo, redactado por Vicario, es la carta de adhesión al homenaje celebrado en Alcalá, tras su elección como ministro de la Guerra, en abril de 1931.

Folleto impreso para el banquete homenaje ofrecido a Azaña en 1913; publicado por cortesía de Julio y José María San Luciano.

Sirva la lectura de este discurso de José María Vicario, que figura a continuación, como testimonio de una amistad con Azaña que permaneció durante décadas, sin ceder a cuestiones coyunturales o ideológicas.

Primera página del manuscrito del discurso pronunciado por José María Vicario en el banquete de 1913.

«Amigos todos: Unas palabras, muy pocas, porque ingenuamente declaro que yo no sé hablar en público, ni adoptar el gesto seriote y formal; menos, naturalmente, después de bien comido y bien bebido en que ha de colocarse aquel que aquello intente.

Pero, en fin, señores el trance obliga y levantado estoy para dedicar y ofrecer el acto de hoy a nuestro paisano y amigo Sr. Azaña, y le llamo yo también paisano porque aun cuando no estoy bautizado en las aguas del Henares, en la pila de Cervantes, veintitantos años de morada fija en las tenerías de adentro, como las gentes dicen, y unas cuantas chifladuras bien sentidas por cosas que antaño este pueblo tuvo, ya creo que dan derecho para llamarme a pulmón lleno igualmente alcalaíno.

Coincidiendo pues en unánime latido de cariño, de admiración y compañerismo, la elección del Sr. Azaña para el distinguido cargo de Secretario primero del Ateneo de Madrid, cargo para el cual he tenido el gusto y el honor de votarle, nos congrega hoy en esta mansión, imborrable huella de un artista a quien todos conocimos; y camaradas y amigos del festejado que, en su mayoría, juntos hiciéramos la vida de la Escuela, del Instituto o de la Universidad; camaradas y amigos que muchas veces matáramos juntos también el tedio de la vida alcalaína solazándonos con alegres libaciones en los sombríos refectorios y favorecidos cenáculos de Melón o de Melquiades; camaradas y amigos que juntos hemos rondado al mujerío alcalaíno galanteándole por esas calles de Dios con los arrestos propios de la gente moza; camaradas y amigos que pluma en ristre y en días de buen humor comentamos dichos y hechos de la vida complutense alborozándola mil veces con la inexperiencia propia de noveles periodistas, acogidos a la moda corriente de los banquetes, con ademanes ya de gente formal y seria, o, más claramente dicho, con la triste marca de unos cuantos años más encima, aquí estamos para testimoniar con este acto de hoy nuestros afectos, nuestra amistad y admiración al aventajado y esclarecido compañero que, favorecido con un talento verdaderamente singular, merced a él, a su perseverancia y vida seriamente estudiosa, ha logrado ser, pues no otros secretos hay en todo ello, sin trampa ni cartón, como de esto hay mucho, uno de los más prestigiosos jóvenes de la intelectualidad española y singularmente para nosotros, el distinguido alcalaíno de quien tan íntimamente sabemos las pruebas de su talento, de su cultura y de su voluntad, y en quien se cifran aquellas esperanzas que pueden infundir las brillantes cualidades que todos le reconocemos.

Y naturalmente que no hemos de salir de aquí sin la protesta fiel de desear al festejado las distinciones y brillantes puestos que merece y a que él legítimamente puede aspirar, tampoco seremos lerdos para rogarle, aun cuando tales excitaciones no necesite, que cuanto más encumbrado se vea, cuanto más influyente llegue a ser su personalidad, más y más se acuerde entonces de su pueblo, más propiciamente se interese por Alcalá que si ayer fue grande con la grandeza, que todos sabemos, hoy en cambio grandes son sus postraciones y agonías, aunque efemérides tan simpática como la de hoy día bien pudiera señalarse como aurora de otros tiempos para este solar alcalaíno.

Y señores, esto y no más es cuanto yo forzosamente tenía que decir llegada esta hora, y que de haber sabido hablar, aunque solo hubiera sido como el más ceporro diputado de la mayoría, os lo hubiese parlado sin necesidad de tener el misal delante.

Alcalá 16 de febrero 1913.»

Carta de adhesión al homenaje a Manuel Azaña celebrado en Alcalá de Henares con motivo de su elección como ministro de la Guerra en el Gobierno provisional de la República.

Destacado con tan fuerte personalidad en los actuales días de la vida española, el por sus méritos propios hoy ya ilustre alcalaíno D. Manuel Azaña y Díaz, en su punto está y muy de justicia es que tal hecho elocuentemente sea subrayado, con todo orgullo reconocido y con mil fervores celebrado por todos sus paisanos.

Así pues, fiel intérprete esta Comisión de propósitos y deseos que, en este sentido, fácilmente se perciben y manifiestan en el ambiente alcalaíno, se apresura a comunicar a V. la resuelta decisión que ha tenido de organizar, en obsequio de tan distinguido señor y amigo, la celebración de un gran banquete que, como homenaje de admiración a su gran talento, cultura y laboriosidad, como expresión y reconocimiento de sus prestigiosas cualidades y encumbramientos políticos y como prueba de consideración y cariño al amigo y al paisano, con noble y sincero gesto de muy honda satisfacción así, quede demostrado.

Queriendo pues que, única y exclusivamente este sea el fin y significado del acto, queriendo que solo de muy sólidos aromas complutenses esté impregnado muy de veras, confiamos en que no ha de hurtar V. el tributo de su asistencia al mismo, apresurándose a honrar con su nombre la lista de los adheridos, por todo lo que le anticipa gracias mil.

La Comisión

Abril 1931

 

Jesús Cañete Ochoa es el director del Festival de la Palabra y comisario adjunto de la exposición “Azaña: Intelectual y Estadista. A los ochenta años de su fallecimiento en el exilio”.

 

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