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Díaz Ayuso: mayúsculas y espantajos / Por Antonio Campuzano

Díaz Ayuso: mayúsculas y espantajos  /  Por Antonio Campuzano

El liderazgo de la derecha en España lo ocupa Pablo Casado desde el verano de 2018. Desde entonces Casado ha competido en dos elecciones generales, en abril y en noviembre de 2019, con resultados dispares, pero ambos perdedores. El hábito que se viene sosteniendo desde los albores de la transición es que se permiten dos derrotas para trastocar la vestimenta de perdedor en la de vencedor. Felipe González, Aznar y Rajoy quedaron segundos en dos ocasiones para dar la vuelta a la situación.

De seguir este mismo proceso, Casado tendría que ganar en esta tercera comparecencia. Bien es cierto que el tiempo de maduración no es comparable al de otras situaciones. Este es mucho más vertiginoso, pues en el curso de 2019 hubo convocatoria electoral en dos ocasiones con siete meses de diferencia. Lo que quiere decir que la decantación ganadora del nuevo mascarón del Partido Popular podría por razón de tiempo esperar un poco más. La autoridad de Aznar siempre estuvo por encima de toda discusión. Él dispuso la terna de sucesión, en 2004, con Mayor Oreja, Rodrigo Rato y Mariano Rajoy, con inclinación hacia el tercero, sin levantisco comportamiento.

La eclosión de Casado vino de la mano de un Congreso extraordinario después de la condena del caso Gurtel, que merecía naturalmente un hecho relevante y extraordinario habida cuenta de la causa que produjo la consecuencia. Las comparaciones, pues, resultan forzadas porque todo viene de situaciones muy distintas. Máxime cuando en los dos últimos años ha nacido y se ha desarrollado el fenómeno político de Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid, cuya última operación estratégica de marzo, con el pretexto de una moción de censura en Murcia, dinamitó con la convocatoria extraordinaria de elecciones el tablero de su propio partido, el PP, con una victoria concluyente, que produjo eliminaciones de distintas figuras políticas, como Ángel Gabilondo y Pablo Iglesias.

La irradiación pública de Ayuso tiene dos posibilidades, que permanezca en la esfera de la Comunidad de Madrid o que pretenda salir de sus fronteras para liderar aspiraciones más amplias en geografía y relieve político. Este dramático asunto personal ocupa la cabeza de Ayuso y también la cabeza de Casado, lo que viene a ser en el caso de este último un verdadero problema psicológico por cuanto no fue otro que el mismo Casado quien señaló con su dedo indiscutible de autoridad la candidatura de Ayuso una fría mañana de enero de 2019 para el florido mayo electoral municipal y autonómico. Incluso el espíritu más gregario y disciplinado puede experimentar un alteración interna y superficial en las ambiciones cuando se abre el orificio de la amplitud de miras y conquistas de espacio e influencia.

Y si todo ello, en el caso de Ayuso, fuera una entelequia de naturaleza solo futurible, ahí estaría de cuerpo presente Miguel Ángel Rodríguez, cuya figura de áulico auxiliar y asesor patente gravita como los gases para la producción de la detonación. Solo la sonrisa de Rodríguez puede acabar con mil desmentidos de Ayuso sobre la carrera de propósitos en materia política. El consejero de enorme poder en Moncloa en los años noventa ha reaparecido después de sufrir en silencio el anonimato perpetrado por la sobredimensión de aquel período, solo consolado por sus participaciones estelares en la narración de encuentros de fútbol, donde el análisis de la línea medular del equipo contrario se hace tan necesaria.

El papel del presidente del partido, Pablo Casado, puede preverse porque los movimientos telúricos de la Comunidad de Madrid están muy en la superficie de contemplación. Si bien es cierto que la capacidad magnética de Ayuso no tiene la misma carga en su terreno central que en el resto de la península e islas adyacentes, hay o puede haber una confrontación aproximadamente fratricida entre los ecosistemas que representan Casado y Ayuso. La relación entre padre e hijo tiene siempre un perfil misterioso.

La paternidad de Casado en el caso de Ayuso es una realidad. Pero, un ejemplo, el padre de Schopenhauer, un noble y acaudalado vecino de Danzig, no tenía reparo en censurar la ortografía del joven proyecto de filósofo. “Observo que las letras mayúsculas te quedan como verdaderos espantajos”. Cabe alguna posibilidad de un tirón de orejas de ese carácter de Casado a la lideresa madrileña. Al tiempo.

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