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Dylan Thomas, retrato de un poeta / Por Vicente Alberto Serrano

Dylan Thomas, retrato de un poeta  /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Cuando se termina de leer la biografía de Dylan Thomas escrita por George Tremlett (Ed. Circe), uno queda con la inquietante sensación de haber conocido a aquel personaje, a al menos a más de un poeta sospechosamente parecido. Borracho, embustero y sableador, Dylan Thomas está considerado, sin embargo, como uno de los mejores poetas ingleses de todos los tiempos. Los poetas que yo conocí, no llegaron a tanto en la valoración de los críticos, pero sus trayectorias vitales de malditismo se asemejan. Algunos también se despidieron pronto, sin decir adiós. El 25 de octubre de 1953, dos días antes de cumplir 39 años, Dylan Thomas envía un cable a Ellen Stevenson, que al parecer deseaba representar en Chicago el guión radiofónico Under Milk Wood (Bajo el bosque lácteo), texto en el que un narrador invita a conocer y escuchar los sueños y las intimidades de los habitantes de un imaginario pueblo galés. Tras su arranque onírico, asistimos al lento despertar de Llareggub, y observamos como cada personaje se sumerge en sus quehaceres cotidianos. Un texto que narra veinticuatro horas de aquella localidad, a través de dos voces a modo de narradores, que infieren al guión el característico lenguaje rítmico dylaniano, con la complicidad surrealista del trágico sentido del humor de todos y cada una de los habitantes que pueblan las calles de tan extraño pueblo. Dylan se mostró bastante ilusionado por el asunto. Incluso sugiere participar directamente en el proyecto. Se consideraba con fuerzas para poder llevar a cabo, él solo, todo el recitativo; tiene la experiencia de sus celebradas jornadas radiofónicas.

Dylan, ante una imprescindible pinta de cerveza, junto a Caitlin en el Hotel Brown hacia 1938.

El viaje a ninguna parte

Dylan le aclara que viajará a Hollywood del 12 al 15 de noviembre, que se ponga en contacto con su manager para los detalles. Pero el poeta entra en coma la noche del 4 al 5 de noviembre, sus últimas palabras fueron: «…acabo de beberme dieciocho vasos de whisky, creo que es todo un record». Morirá el día 9, sin recobrar la conciencia, en el Hospital St. Vincent de Nueva York. Por expreso deseo de su mujer Caitlin MacNamara, es trasladado a Inglaterra y será enterrado en Laugharne, donde residía desde 1938. Dos décadas más tarde Andrew Sinclair dirigiría una versión cinematográfica de Under Milk Wood, interpretada por Richard Burton, Elizabeth Taylor y Peter O’Toole en los principales papeles. Antes Richard Burton ya había grabado un disco con todo el recitativo. En 1965, el pianista Stan Tracey, realizó una suite de Under Milk Wood, que sigue siendo considerada como una de las mejores grabaciones de jazz británico. En 1988, George Martin, productor de los Beatles lanzó una nueva versión de la obra que incluía piezas musicales de Elton John, entre otros.  (En 1971, el poeta alcalaíno Tomás Ramos Orea, publicaría en la Universidad de Ontario, Canadá, una magnífica edición bilingüe con el título de En el joven bosque).

Cubiertas de una edición inglesa de “Under Milk Wood” y de la traducción castellana del poeta alcalaíno Tomás Ramos Orea.

Laugharne

A partir de la muerte del poeta, aquel pueblecito de Gales, junto al mar, se convirtió en lugar de peregrinación para miles de supuestos fervientes admiradores; algo parecido a lo que ocurre con la tumba de Jim Morrison en el parisino cementerio de Pere Lachoise. Como ya comentaba, Tomás Ramos Orea llevó a cabo una impecable traducción de Under Milk Wood, en colaboración con el poeta galés Elwyn L. Thomas. Enriqueció además su trabajo con un extenso estudio preliminar en el que describía su visita a Laugharne un día de noviembre de 1959. En sus páginas afirma que: «…las actitudes de muchos de sus habitantes están como doradas por una especie de falsía del amor extraño hacia el poeta y de sentimentalismo a todo lo que hizo en vida…». Pero sobre todo uno de los párrafos de aquella introducción, nos sigue pareciendo harto significativa, al tiempo que también se nos convierte en una especie de dejá vu: «En Laugharne, decíamos, la obra de Dylan, como la de tantos otros, ha alcanzado tardíamente los honores del reconocimiento general. Sus libros se venden en cualquier tienda o bazar de estos típicos de pueblo, donde uno puede ver los poemas junto a las escobas y las patatas. Sí, además del trato cruel que el mundo suele dar a los poetas por el hecho de serlo, todavía es posible verles más escarnecidos a la hora de la muerte si resulta que pueden dar algún provecho económico. Restos de recuerdos arruinados, junto a las flamantes obras completas del vate, todo en un confuso montón de escepticismo, de tributo a destiempo, de adulación retorcida y tardío arrepentimiento.»

Poeta maldito del siglo XX

Dylan Marlais Thomas, natural de Swansea, país de Gales, estuvo considerado por la crítica como un trasunto de Poe, Rimbaud o Baudelaire en el siglo XX. Poeta maldito, potenciado por los nuevos medios, sobre todo por la radio y más tarde por una televisión incipiente. Icono para la generación perdida entre dos guerras. Más tarde santón reverenciado y aparte por algunos de aquellos que encontraron en la música un modo de expresarse, fue el caso de Robert A. Zimmerman que decidió tomar el nombre artístico de Bob Dylan en homenaje al poeta. También John Lennon, David Bowie y Van Morrison reconocieron su deuda con él. Retratado en un rincón de su taberna favorita, tras una pinta de cerveza, con la mirada aún joven y despierta y el cabello ensortijado, llegó a convertirse en un referente necesario para una generación necesitada de símbolos auténticos. Después otras fotografías suyas, fueron mostrando el desolador proceso de descomposición de un rostro y un cuerpo abotargado por el alcohol y las anfetaminas. Un mito que lentamente comenzaría a desdibujarse en la memoria colectiva. Al parecer en los últimos ocho años de su vida, apenas alcanzó a escribir ocho poemas nuevos.

Portadas de la grabación realizada por Richard Burton y de la “Suite de Jazz” de Stan Tracy sobre “Under Milk Wood”.

Retrato del artista cachorro

Con veinticinco años publica Retrato del artista del artista cachorro (Ed. Seix Barral). Todo un guiño a la obra primeriza de su admirado James Joyce, aunque más tarde afirmaría que Joyce no ejerció en él influencia alguna, a excepción de Dublineses (Ed. Reino de Cordelia). Eso ya era bastante, porque sus relatos también rebosan nuevas imágenes, trazados desde una claridad musical con la que logra teatralizar unas narraciones íntimas sobre aspectos del mundo cerrado de la infancia. Textos con los que pretende conseguir que el ritmo del lenguaje transmita los sonidos del entorno que describe. No en vano estaban destinados para ser leídos por radio. En un breve texto titulado Notas sobre el arte de la poesía (Ed. Visor), Dylan Thomas se reafirma señalando que: «Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. Sabía que tenía que conocerlas más íntimamente en todas sus formas y sus estados anímicos, sus altibajos , sus rupturas y sus cambios, sus necesidades y exigencias.» De ahí las dificultades que siempre ha entrañado para todos sus traductores y el mérito del poeta Tomás Ramos, cuya versión castellana de Under Milk Wood (En el joven bosque), la crítica consideró impecable.

La dificultad de la poesía traducida

En cuanto a sus versos, como siempre, hay que lamentar la merma que supone la transcripción a otro idioma, aunque intuimos en las traducciones toda la contundente musicalidad que él defendía y esa construcción de imágenes que en su voz y a través de las ondas debió conmocionar a miles de seguidores en todo el mundo anglosajón. Este poeta al borde del histrionismo, egoísta, bebedor compulsivo, sablista y perfecto domador del medio radiofónico –en el que descubrió el mejor soporte para difundir su obra– llegó a alcanzar una popularidad impensable para cualquier otro poeta. Murió de una mezcla explosiva de alcohol, anfetaminas y sobredosis de morfina en una de sus giras a Estados Unidos, cuando se disponía a reencontrarse con Stravinsky para preparar juntos una ópera y cuando trataba de conseguir que le produjesen su ambicioso proyecto de llevar el Ulises (Ed. Lumen) de Joyce a la gran pantalla. Con su autodestrucción quiso mantenerse en el imaginario como ‘perro joven’, según han transcrito algunos otros traductores el título de su colección de relatos.

 

 

 

 

 

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