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El escándalo, la grosería y Ábalos / Por Antonio Campuzano

El escándalo, la grosería y Ábalos / Por Antonio Campuzano

Cuando un escándalo político trasciende la polémica mediática para elevarse por encima de los juegos de suma cero de los defensas/ataques editoriales de medios con distingo y peculiaridad, seguramente el asunto tiene una configuración de indiscutible crítica pública. El caso Ábalos, el ex ministro del gobierno de coalición, rodeado de los ingredientes explosivos de conducta moral y sexo, alcanza dimensión de credibilidad con la ayuda del pasado más reciente, por cuanto su eliminación de la primera fila de la alineación gubernamental abona sus padecimientos actuales.

Del mismo modo que la neutralización en el gobierno del pasado verano viene proyectada desde el episodio de principios de 2020 y el incidente en zona de autoridades del aeropuerto de Barajas con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. Esto es, José Luis Ábalos acumulaba hitos en su biografía que permitían presagiar una ruptura entre la figura pública y su sustento entre la opinión también pública.

De la relación de connotados representantes socialistas en el poder de los últimos años acuciados por fogonazos de descrédito cabe hacer una distinción entre ellos con una clasificación de la que unos salen mejor parados que otros. Alfonso Guerra dimitió de su cargo de vicepresidente contaminado por las labores ilegítimas de su hermano al ocupar un despacho oficial que escondía actividades reprobables en el ámbito privado que le valieron una condena. Los lazos de sangre entre el condenado y su hermano, figura central del gabinete de Gobierno, penalizó al segundo por falta de ejemplaridad pública por contaminación familiar. Josep Borrell, ganador de las primarias del Psoe, en 1998, para disputar las elecciones generales de 2000, dimitió en 1999, al entender que los beneficios de un subordinado suyo en su etapa en el ministerio de Hacienda podían oscurecer su futuro y su dignidad públicos. Esta acción dimisionaria de Borrell se encuadra entre los gestos de sublimación de honestidad política de más difícil comparación. Hasta tal punto que su carrera, pese a una amonestación de la Comisión del Mercado de Valores, por haber intervenido en la venta de unas acciones de la compañía Abengoa cuando era administrador de la sociedad, apenas ha sufrido menoscabo, con cargos en la presidencia del Parlamento europeo, ministro de Exteriores en el gobierno de Sánchez, y Alto Representante de la UE en materia exterior.

Por otro lado se hallan las condenas y la obtención del ostracismo político de José Antonio Griñán y Manuel Chaves, sentenciados con condenas de fuerte contenido político y grave perjuicio a las siglas del partido por su responsabilidad en el caso ERE, de reparto arbitrario y sin consistencia legal de unas magras subvenciones. Aparte supusieron y suponen una ayuda inestimable a la combustión de la oposición histórica contra la opción electoral socialista, puesto que la colosal cifra de fondos manejados con criterios irregulares ofrece una maquinaria de argumentación crítica que no pierde fuelle de destrucción de secuencia en la apisonadora de campañas y estrategias.

El otro caso de carga histórica que bombea en el imaginario político español el de Luis Roldán, quien desde la dirección general de la Guardia Civil, en los finales del siglo XX, protagonizó un repertorio de singularidades chuscas del peor costumbrismo y picaresca de nuestro país para engrosar uno de los más indelicados papeles de impudor y falta de respeto institucional amén de los ilícitos penales de apropiación y corrupción.

Pues bien, de todos estos casos, unos con juicios y condenas, otros con demérito por influencia negativa de su familiares o subordinados y desaparición de los escenarios públicos, o saldados con condenas de imagen y metástasis de extensión a sus partidos y zonas de influencia, el de José Luis Ábalos, ministro y secretario de Organización del partido socialista, representa una continuidad en los escándalos que dinamitan el cuerpo ético de las organizaciones y nutren de menosprecio a la actividad pública. La grosería en el desempeño de las funciones lleva inevitablemente a pensar en la extensa biografía de Ábalos en su itinerario en el partido, con años y años de dedicación a la vida municipal y organizativa del partido, con inexplicables méritos para la imparable ascensión hasta las cúspides.

Lo narraba Gil Robles, el viejo, en Un final de jornada, una suerte de memorias, con Adolfo Suárez como frontón, del que no era muy defensor, “saltando suavemente de uno a otro -cargos de confianza en la dictadura- al soplo sutil de la brisa del favor”.

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