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El hígado de Pablo Iglesias / Por Antonio Campuzano

El hígado de Pablo Iglesias  /  Por Antonio Campuzano

En diez años, desde 2011 a 2021, la figura de Pablo Iglesias ha planeado por el firmamento político de España con tal rotundidad que se ha hecho un hueco en la enciclopedia y el imaginario de esta década con todo merecimiento. Historiadores y ensayistas, divulgadores y estudiosos de este período, deben reservar un nicho en sus escritos y reflexiones.

Desde la melena pulcra y adolescente atada a la espalda con doble vuelta de hace diez años al moño alzado de hace meses, ahora sin complemento capilar, en ese tiempo ha ido creciendo el divorcio entre Iglesias y la sociedad española alineada con la opción conservadora que anida en la España de siempre, la caricaturizada por Machado, y la enarbolada durante el espacio histórico de Cánovas del Castillo, de Antonio Maura, de  Gil Robles, de José Antonio Primo de Rivera, del general Franco, de Serrano Súñer, de Laureano López Rodó, de Fraga Iribarne, de Adolfo Suárez,de Aznar, de Rajoy, de Díaz Ayuso. Es decir, la derecha española que bebe de todas estas fuentes hasta evolucionar, si así puede llamarse con mucha voluntad, hasta el momento presente, ha experimentado una metamorfosis en una década que pasa de cierta comprensión hacia las sentadas en la Puerta del Sol con el despliegue de tiendas de campaña y canciones con rasgueo de guitarra, hasta el odio africano y amenaza con munición de cetme vía postal.

Del exotismo del día de San Isidro de 2011 y fechas cercanas a la visión del objetivo a batir, hace una semana,  como enemigo político de primer orden por combinación de animadversión, asco y odio, en dosis medidas en matraz y probeta de laboratorio. La intuición de avezada pituitaria de la derecha sociológica española fue a más en sus pronósticos. Del jolgorio de una fiesta con cierto folklore de una juventud perdonable por su “mala cabeza” hasta la inclusión en listas electorales con resultado a satisfacción en las europeas de 2014, a las generales de 2015 y 2016, a la moción de censura de 2018, a las elecciones de 2019, a la formación de gobierno en 2020, toda una sucesión de hitos que habían de componer un conjunto de inquina, enemistad y ejercicio de aborrecimiento. Todo ello ha implosionado en torno a la persona de Pablo Iglesias y su familia. Pero todo ello tiene un por qué, unas causas, unos orígenes.

Iglesias es el rostro visible, identificable, de una corriente, que denuncia, socava, lamina, ridiculiza, los hábitos y costumbres de una clase política, la representada por el Partido Popular y Vox, con ingentes fallas en las categorías de justicia, moral y vida pública. Otra cosa es que la liza de  vectores de polarización entre las viejas izquierdas y derechas aporte matices en favor de unas u otras, pero el descaro elocuente de Iglesias en debates y oportunidades voz en grito supone una declaración de guerra dialéctica insoportable para los representantes y electorados de la derecha española. Las instituciones enaltecidas y presuntamente inatacables como la Constitución de 1978, la Iglesia, la organización territorial, la Monarquía, puestas en entredicho por Podemos, generan un “golpe de Estado” de calle y urbano, en bares y cafeterías, en redes sociales, que directamente amenazan la seguridad más elemental de Pablo Iglesias. Pablo Iglesias hace cuerpo, encarna, como nadie la oposición de ese universo que comporta la tradición nacida y desarrollada políticamente en España, que bajo ningún concepto está dispuesto a tolerar. Todo es válido para la obtención del final de Iglesias.

Lo que parece razonable en un acuerdo de gobierno Psoe-Ciudadanos, es despropósito en el caso Psoe-Unidas Podemos. Lo que sale de esa alianza es “gobierno ilegítimo” y en el paso siguiente, pandemia por medio, “gobierno criminal”. El máximo riesgo de esta orientación de pensamiento conservador español se puso de manifiesto con el liderazgo de Julio Anguita, rápidamente neutralizado con las maneras contemporizadoras del secretario cordobés, a quien le tiraba mucho la predilección por Aznar y Pedro J. Ramírez. Iglesias va en serio y forma gobierno con Pedro Sánchez con demolición de la arquitectura estratégica del establecimiento conservador. El escrache domiciliario de varios meses del vicepresidente toma carácter de normalidad. El apoyo mediático y de ruido de redes legitima cualquier agresión y desinfla el gesto verdaderamente generoso de Iglesias en el sentido de ceder el segundo puesto del ejecutivo para pisar la arena del circo político de la Comunidad de Madrid.

Iglesias ha cedido finalmente a los deseos interiores de paz y calma, pero cuando su concurso ya no era necesario. Ya concluido el incidente con visos de aquelarre respecto del dimitido Iglesias, no es de esperar que los cimientos de la opinión pública sean capaces de repensar los mecanismos empleados contra la persona de Pablo Iglesias y su entorno. Los automatismos de defensa de una clase política se han visto ante una exigencia insólita para abatir lo que se considera un altísimo riesgo de empobrecimiento ideológico de su edificio téorico, el que representaba Pablo Iglesias, que denunciaba las contradicciones económicas y sociales en clave de disfrute de poder ejecutivo.

Stephen Greenblatt, biógrafo de Shakespeare, en su obra El espejo de un hombre, habla de Ovidio, el poeta romano previo a Cristo, quien decía que las brujas “pueden meter agujas en el hígado de los enemigos”. No es otra cosa es lo que se ha hecho con el referente de la izquierda en España desaparecido de la escena días atrás.

 

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