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Enjambre o la nostalgia de un tiempo que se fue / Por Manuel Peinado

Enjambre o la nostalgia de un tiempo que se fue / Por Manuel Peinado

Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro, la otra oportunidad. En una ocasión dijo John F. Kennedy que en una crisis hay que tomar conciencia del peligro, pero también reconocer la oportunidad. Y es que no hay mal que por bien no venga, el título que eligió Ruiz de Alarcón para una obra suya de 1630 que ahora viene de perillas cuando dicen que, para gozo de literatos y ventura de libreros, los casi dos años que llevamos cautivos de la pandemia han servido para incrementar la lectura y aclarar los anaqueles de las librerías.

Al menos en mi caso ha sido así, hasta el punto de que a veces, leyendo hasta tres libros a la vez, recordaba lo que escribió Cervantes: «yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles». En esa glotona actividad de lector desmedido he encontrado libros de toda laya, incluyendo algunos que hubieran sido más útiles «como sustitutos de la cachiporra o del pisapapeles», según decía Moratín.

Pero en todo yermo nacen flores hermosas y entre mis lecturas he atrapado una joya titulada Enjambre, del toledano Rafael Cabanillas, un profesor empeñado en escribir novelas. Escribir novelas lo puede hacer cualquiera que ponga algún tesón en ello (a algunas de las recién leídas me remito), pero escribir buenas novelas es cosa bien distinta y al alcance de unos pocos elegidos. Rafael Cabanillas es uno de ellos.

Hasta la primavera de 2020, en pleno confinamiento, yo no conocía Quercus. En la raya del infinito, la primera novela de Cabanillas a la que dediqué una reseña en este mismo blog, cuya cuarta edición acaba de aparecer en las librerías. Llegarán más, seguro, y lo harán de la mano de Cuarto Centenario, la editorial que dirige Francisco del Valle, un impresor metido a editor que está siempre más atento a su amor a los libros y a promocionar autores noveles que a la cuenta de resultados.

Si escribirlas es difícil, publicar novelas sin recurrir a la autoedición es algo así como transitar por el laberinto del Minotauro o el castigo de Sísifo. Por mejor pluma que tengan, si permanecen ajenos a los grandes agentes capaces de colocar libros de los hunos y los hotros (Unamuno dixit), los escritores no consagrados parecen condenados a empujar perpetuamente un libro montaña arriba hasta la cima de una editorial sólo para verlo caer rodando hasta las faldas, desde donde deben recogerlo y empujarlo nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.

«Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede impedirte ser un escritor». Lo dijo Katherine Neville, que recurrió al aforismo después de pasar varios años enviando a editoriales y agentes literarios su manuscrito, El ocho, un raro thriller entre histórico y esotérico que, tras haber esquivado los portazos de docenas de editoriales, en 1987 eclosionó en superventas en doce lenguas, requirió decenas de ediciones y vendió millones de ejemplares gracias a la única editorial que creyó en ella.

No ha sido la única vez que ha ocurrido. Desde el Ulises de James Joyce hasta el Harry Potter de J.K. Rowling –pasando por obras tan notables como Cien años de soledad, Santuario, El señor de los anillos o La conjura de los necios– son muchos los ejemplos de libros clásicos, superventas editoriales y hasta obras maestras que estuvieron a punto de no ver la luz. La censura y la ceguera editorial se confabularon en muchos casos en su contra. Por eso, que Rafael Cabanillas venga de la mano de las elegantes y mimadas ediciones de Cuarto Centenario es una excelente noticia y una apuesta por el futuro de un autor y de un editor cuyo empeño merece el reconocimiento de los lectores.

«La memoria –escribió Cela- es como un mansísimo tamiz que quita aspereza a los sucesos y los pule». La cita del quinto premio Nobel de Literatura español cuadra a la perfección con la lectura de Enjambre, segunda entrega de la que podría constituir una todavía inconclusa saga literaria de los Montes de Toledo que confío esté puliéndose en la memoria creativa de Cabanillas.

La novela no es una ciencia, es un arte en el que no se tiene éxito si no es por la imaginación. Por eso, el talento de los novelistas consiste en hacer un conjunto verdadero con trazos que no son más que verdaderos a medias. Esos trazos son fábulas, tradiciones y leyendas, las más de las veces colecciones de relatos evocadores que transmiten una lejana y lancinante melancolía.

Quienes escriben no sólo escriben a fin de hacer visible para los demás algo que han observado, sino también para acompañar algo invisible hacia su destino insondable. La melancolía invisible de lo que fue, hito inicial de un camino desde el pasado que conduce al incierto futuro, porque el saber histórico es un recuerdo nostálgico al servicio de una esperanza utópica: lo que queremos que sea nuestro entorno, nuestro país, nuestra ciudad o, en el caso de Enjambre, la comarca de Los Montes, convertida de la mano de Cabanillas en un Macondo situado en el interfluvio del Guadiana y el Bullaque.

Como escribió Thoreau, no es que la historia tenga que ser larga, es que lleva mucho tiempo hacerla corta. Quizás por ello hay que saludar gozosamente el encuentro con un libro que se hace corto, con una obra asequible, amena y concisa, en la que Rafael Cabanillas ha sabido resumir la esencia de la historia de uno de esos mundos casi perdidos que hemos dado en llamar “la España vaciada” en los que resuenan voces lejanas, de otros tiempos, se pisan las huellas de un pasado que es presente, de un tiempo detenido, en el que la tierra se despereza hasta el infinito.

Un universo rural que Cabanillas recupera para que el lector recree un tiempo pasado que ya no volverá bien guiado por personajes ꟷTiresias, el señor Jacobo o Deogracias, maestro frustrado y dramaturgo de tabernaꟷ refugiados entre las ruinas, algo extraviados por la larga soledad sufrida, con las sensaciones de quienes recuerdan cómo poco a poco todos sus vecinos y amigos han muerto o se han marchado a la ciudad y saben que el tiempo los sepultará a la sombra de madroños, encinas y serbales, bajo el húmedo musgo que ha invadido los riscos, su historia y su recuerdo, pero cuya sabiduría popular transmiten en un lenguaje olvidado de palabras añejas plenas de significados que no pueden recrearse con el florido y adormecedor vocabulario postmoderno de otro inolvidable personaje de la novela, Sophie Baker.

Enjambre es un buen libro y una excelente crónica de un territorio que uno, por razones que no vienen al caso, conoce bien, pero que ahora ꟷllevado por Rafael Cabanillasꟷ vuelve desde donde habita el olvido a través de una amena, concisa, asequible y bien expuesta narración de una región cuyo trasfondo, es múltiple y complejo, abigarrado y envuelto en una misteriosa y fantástica bruma, como Ainielle, el pueblo abandonado del Pirineo aragonés de Llamazares; de Yoknapatawpha, el ficticio condado de Faulkner; de Celama de Luis Mateo Díez; de la Región de Juan Benet; de la tierra desnuda de Rafael Navarro o de Comala, el pueblo muerto de Juan Rulfo, que viven en un no-tiempo, suspendido, inerte, cuyos habitantes no tienen existencia externa  y con paciencia infinita, sin una queja, sin un lamento, con solo el zumbido de las moscas, los cascos de la mula golpeando contra las pedreras de las rañas y el leve crujido de los huesos domados por la azada y por la reja que recorre una tierra mil veces arada que se despereza hasta el infinito dependen de la memoria para ser.

Decía Cervantes que la pluma es la herramienta por la que fluye el alma. Por la pluma de Cabanillas fluye el alma, el corazón y el sentimiento de quien conoce muy bien su región y, por lo mismo, la ama y no la guarda para sí, sino que tiene la generosidad de regalarnos los sentidos con la cuidada edición de un buen libro contado con la pasión de lo que merece la pena ser contado sabiendo que, como escribió Espinel en La Vida de Marcos de Obregón, «los libros hacen libre al que los quiere».

Que goces, desconocido lector, como yo he gozado con Enjambre y disfrutes de él como yo lo he disfrutado: aprendiendo lo que no sé y aprehendiendo el olvido para luego contarlos con pasión evocando nostálgicamente el pasado como lección para el mañana.

 

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