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Gabriel Jackson, perfil de un historiador /  Por Vicente Alberto Serrano

Gabriel Jackson, perfil de un historiador  /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

De aquellos años lejanos de la facultad aun recuerdo el esfuerzo que suponía acometer el estudio de la alta y baja Edad Media. Aunque gracias a un pequeño manual de Gabriel Jackson, Introducción a la España Medieval (Alianza Ed.) tuvimos en nuestras manos la herramienta perfecta, no solo para intentar desglosar un tiempo tan oscuro y enigmático, sino también para entender y apasionarnos sobre aquel extenso y complicado periodo histórico que llegó a abarcar más de nueve siglos. Jackson me proporcionó entonces las claves precisas para poder conocer toda una época y hacerme más comprensibles, después, los textos de Emilio Mitre, Julio Valdeón, Henri Pirenne, Johan Huizinga o Henri Focillon, entre otros. Fue en sus tan clarificadoras páginas donde descubrí que en nuestro país tres culturas (la islámica, la hebrea y la cristiana) se amalgamaron e interpenetraron de tal modo que mantuvieron un sugerente retablo de fondo, cultural y artístico, mientras a su alrededor se desarrollaron sangrientas guerras y conquistas; desde la disolución de la monarquía visigoda tras la invasión islámica, con el posterior esplendor del Califato de Córdoba, hasta la rendición del reino de Granada. Siglos de dominación musulmana entre una lenta consolidación de la España cristiana forjando aquel fenómeno reivindicativo que se dio en llamar “Reconquista”. Reyes en Asturias, en León y emires y califas omeyas en Córdoba. Después las vicisitudes de los reinos de taifas, las invasiones almorávides y almohades. Unas políticas de tolerancia ante las distintas creencias, que a partir del siglo XIII, fueron desembocando lamentablemente en obsesivo antisemitismo. Tal vez el epílogo más sobrecogedor a esa época que conocimos y admiramos a través de Gabriel Jackson, nos la muestre la presencia evangelizadora de Cisneros en Granada dispuesto a bautizar infieles del modo más expeditivo y calcinar en la Plaza de Bib Rambla los libros de toda «…una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre, acobardada; a una “tierra del chavico” donde se agita actualmente la peor burguesía de España.» Son palabras de Federico en el diario El Sol (10 de junio de 1936) ante una pregunta sobre la conquista de Granada por los Reyes Católicos.

El historiador e hispanista Gabriel Jackson (1921-2019).

El regreso

Gabriel Jackson murió a primeros de noviembre de 2019 en Ashland (Oregón), con noventa y ocho años. Había regresado a su tierra en 2010 para vivir con una de sus hijas, residió más de un cuarto de siglo en Barcelona, donde se estableció tras jubilarse en la Universidad de California en San Diego. En 2005 adquirió la nacionalidad española por carta de naturaleza. Hasta 1976 yo no regresé a Gabriel Jackson; fue ese año cuando descubrí la otra cara de aquel historiador que antes me había abierto las puertas de la Edad Media. Resulta que era también un eminente investigador de nuestro tiempo más cercano. En 1965 se publicó en la editorial de la Universidad de Princeton (New Jersey) The Spanish Republic and the Civil War. Hasta 1976 –tras la agonía y muerte de la dictadura– no se pudo editar en nuestro país La República española y la guerra civil (Ed. Grijalbo). La crítica la consideró como la mejor síntesis histórica sobre aquellos años tan convulsos (1931-1939) que a pesar de haber producido una abundantísima bibliografía, muchos títulos fundamentales estuvieron amordazados hasta entonces. Jackson, de trato cordial y generosidad extrema, colaboró desinteresadamente con nosotros el día que José María San Luciano y yo, lo embarcamos en la aventura editorial de un homenaje bastante peculiar.

Cubiertas de dos libros esenciales de Gabriel Jackson.

Historia de un historiador

Confieso que también he llegado tarde a la obra más personal de Gabriel Jackson, Historia de un historiador (Anaya & Mario Muchnick Ed.). El año pasado se cumplía el centenario del nacimiento del autor (1921) y hasta ahora no he conocido esta autobiografía intelectual, publicada en 1993, que partiendo de sus vivencias personales como presidente del consejo de la facultad en la Universidad de La Jolla (California) durante los azarosos años sesenta en su país, nos cuenta, aparte de sus encontronazos con el FBI durante el macarthismo, cómo tomó parte activa contra la guerra de Vietnam, mantuvo una sincera amistad con Herbert Marcuse y defendió en todo momento los movimientos por los derechos civiles. Además evoca en una parte muy importante de este libro todas las vicisitudes sufridas para poder llevar a cabo su ambicioso proyecto de escribir sobre la España del siglo XX, basado fundamentalmente en los testimonios orales. Relata jugosas entrevistas con protagonistas de aquella guerra civil, tanto de la derecha como de la izquierda. Así por ejemplo personajes como el abogado Joaquín Satrustegui le aclara con toda contundencia: «Nosotros los monárquicos, organizamos el levantamiento de julio de 1936, no los generales ni la Falange. Fui uno de los cincuenta enlaces que trabajaban a las órdenes de Calvo Sotelo para coordinar la acción de las distintas guarniciones. Mola fue el único general activo en la conspiración. Franco se resistió casi hasta el final.» Mientras que el exmilitar José Castillejo, sufridor del exilio interior, que en otro tiempo fuera amigo personal de don Niceto Alcalá-Zamora, le remarca que: «La dictadura de Franco era la más espantosa de la historia moderna. Hitler duró solo doce años. Pero Franco llevaba más de veinte de poder absoluto y nadie veía el final. Sus mentiras sobre el pasado y su mitología anticomunista le habían lavado el cerebro a toda una generación.» En otras páginas de esta apasionante autobiografía, Gabriel Jackson se nos muestra asimismo como un activo músico aficionado (fue un verdadero virtuoso de la flauta), un actor aficionado ocasional (dedica todo un capítulo a su interpretación del personaje Polonio en una representación de Hamlet), un lector constante de poesía y narrativa (admirador de Cervantes, Shakespeare, Stendhal y Tolstoi, aunque siempre defendió que la literatura no puede sustituir a la historia) y un escritor que deseaba escribir algún día tanto ficción como historia (aprovechó un año sabático para redactar su primera novela En ese ayer casi olvidado y mudo (Ed. Grijalbo) y apoyado en su larga experiencia musical, también publicó una biografía Mozart (Ed. Empurias) y otra novela A pesar de los pesares, que tiene como argumento la música de cámara a través de un trío de aficionados de Nueva York.

Cubiertas de las lúcidas reflexiones de un historiador.

Ciudadano Jackson

En el capítulo 17 de su autobiografía, titulado “El traslado a Barcelona”, nos describe el encuentro casual con Miguel Ángel Bastenier, en aquellos momentos subdirector de El País en la ciudad condal. Durante la conversación Bastenier le preguntó si le gustaría escribir comentarios ocasionales sobre política internacional y ése fue el principio de una colaboración mensual. Ha merecido la pena localizar Ciudadano Jackson (Ed. Martínez Roca). En las páginas de este libro se recogen setenta artículos con la visión tan personal que Gabriel Jackson mantuvo siempre sobre el mundo contemporáneo en todas aquellas colaboraciones de El País –desde 1978– y algunas esporádicas en El Periódico y El Independiente. Más de cuarenta años nos contemplan y sin embargo releer esas reflexiones en estos días de total inquietud, nos invitan a mirar el mundo desde su lucidez y espíritu crítico. Siguen siendo textos provocadores que nos remiten a reflexionar sobre la conducta humana para, sin embargo, precipitarnos a desesperanzada conclusión de que lo llevamos haciendo mal desde no se sabe cuándo. Por eso me gustaría cerrar con una frase suya recogida de unos de sus artículos, fechado el 11 de junio de 1988. «El nazismo y el estalinismo eran igual de aborrecibles y resultaba casi frívolo debatir sobre cuál de los dos era peor.» Evocar hoy a Gabriel Jackson me cuestiona que para qué nos sirvieron tantas lecturas ejemplares.

 

 

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