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Gerald Brenan y La Alpujarra / Por Vicente Alberto Serrano

Gerald Brenan y La Alpujarra  /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Dedicado a Pepe, Javier y Felipe; compañeros de aquel viaje iniciático.

 En la primavera del 77, tras una absurda defensa sobre nuestra ética profesional puesta en duda por un mindundi en el “Mila” y después de haber liquidado una botella de Cointreau, combinada entre versos del Viatge a Itaca interpretados por Lluís Llach, cuatro amigos decidieron abandonar la alcalaína calle Trinidad y fugarse a La Alpujarra a lomos de un 127 prestado. Se cumplen ahora cuarenta y cinco años de aquella travesura y alguno de ellos todavía la recuerda como una especie de viaje iniciático en busca del tiempo perdido o simplemente como una coyuntural huida de la espesa y torpe realidad circundante. Se largaron hasta Yegen, un pueblo lejano y mítico encaramado en un rincón de La Alpujarra granadina. Habían leído que allí se refugió Gerald Brenan a comienzos de los años veinte, al parecer buscándose asimismo. En Al sur de Granada (Ed. Siglo XXI) escribió don Gerardo –como lo llamaban en el pueblo– que Yegen «Era una aldea pobre, elevada sobre el mar, con un panorama inmenso a su frente. Sus casas grises en forma cúbica de un mellado estilo, en rápido descenso por la ladera de la colina y pegadas una a otra, con sus techos de greda, planos, y sus pequeñas chimeneas humeantes sugerían algo construido por insectos.» Nosotros llegamos casi sesenta años después, por entonces ya se habían pasado con la cal embadurnando la desolada magia de aquellas casas grises que conoció Brenan. Él ya no vivía allí, se trasladó hace muchos años cerca de Málaga. Así nos lo aseguró la patrona de la pensión dónde nos alojamos. Orgullosa, nos mostró el cuarto donde don Gerardo pernoctó los primeros días de su llegada a Yegen. Antes de conseguir que don Fadrique, cacique local, le alquilase una casa grande y destartalada, que situada algunas calles más abajo, hoy conserva una placa de cerámica de Fajalauza de un Ayuntamiento agradecido que informa al viajero el lugar donde vivió siete años un hispanista británico. No recuerdo ahora quién de los cuatro tuvo el privilegio de dormir esos días en la cama de don Gerardo. Pero si conservo en la memoria los inmensos tazones del desayuno, repletos de un café de pucherete mezclados con espesa leche de cabra, tostadas restregadas con manteca roja y sobre todo la asombrosa perspectiva del ventanal abierto a la inmensidad de la sierra de La Contraviesa, donde más allá de la bruma, se adivinaba el mar. A nuestras preguntas, la patrona se esforzaba por contarnos anécdotas y diabluras de don Gerardo cuando ambos eran tan jóvenes. Le preguntamos sobre la estancia de Virginia Woolf; aunque no sabía quien era, si recordaba que vinieron del extranjero gentes muy estrafalarias a visitar a don Gerardo y chicas muy “sueltas”, comparadas con las de aquí. Una mañana, a la hora del desayuno, la patrona se quedó con la mirada fija, perdida hacia aquel infinito horizonte, al poco rato se preguntó así misma, con un leve susurro apenas audible: «¿Porqué se le ocurriría bajarse a Churriana?»

Placa de cerámica de Fajalauza en recuerdo a Gerald Brenan.

Un personaje recuperado

En 1962 la editorial Ruedo Ibérico publicó en París, El laberinto español, la obra donde Gerald Brenan analizaba los antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. Por supuesto se trataba de un texto fundamental para entender los orígenes de aquel conflicto. Vetado en nuestro país, fue un libro que estuvo cruzando clandestinamente –burlando mucho tricornio– la rígida frontera de los Pirineos durante décadas de lamentable represión. Hasta finales de 1975 no descubrimos que su autor seguía viviendo entre nosotros. Lo supimos porque a partir de entonces comenzaron a aparecer en los periódicos amplios reportajes sobre sus vivencias juveniles en un paisaje tan cercano y a la vez tan lejano para nosotros, como había sido La Alpujarra. En sus entrevistas, ya desde la costa malagueña, aquel señor mayor nos invitaba a iniciar y compartir un nuevo tiempo de esperanza. Mientras que en las librerías comenzaban a aparecer muchas reediciones de sus obras, ya no tan clandestinas.

Al sur de Granada

En las primeras páginas del libro Al sur de Granada (Ed. Siglo XXI) se reproduce un mapa de La Alpujarra, señalando las carreteras que existían en 1925. Cuando lo vuelvo a ojear recuerdo el panel de información de horarios de la estación de autobuses de Granada, allí se mostraba un listado de pueblos cuyos nombres creía que habían sido inventados para elaborar un relato fantástico: Jorairátar, Ugíjar, Cádiar, Jubiles, Bérchules, Torviscon, Válor… y por supuesto: Yegen. Puedo asegurar que aquellos nombres eran verdaderos y que esos pueblos aun existen. Sobre uno de ellos y sus alrededores escribió Gerald Brenan un relato no precisamente fantástico, sino una especie de estudio antropológico. Después de leer Al sur de Granada uno desea fervientemente, como Cavafis, iniciar el viaje. Cuatro amigos, a bordo de un 127 prestado, creyeron realizar ese viaje iniciático a finales de los setenta. Brenan ya no estaba allí, hacía años que había cambiado Yegen por Churriana y más tarde, tras la muerte de Gamel Woolsey, su mujer, se trasladó a Alhaurín de la Torre. El 19 de enero de 1987 moría en Málaga con noventa y dos años.

Cubierta de “Al sur de Granada” y el joven Gerald Brenan.

laga en llamas

El libro sobrecogedor de Gamel Woolsey, laga en llamas (Ed. Temas de hoy) nos describe los espantosos primeros días de la guerra civil en la tranquilidad de un pueblo del sur, rota por el miedo a las delaciones, venganzas, envidias, bombardeos cercanos y muertes sin sentido en un compás de espera amenazante ante la inminente llegada de las fuerzas rebeldes. Escribe Rosa Regàs en el prólogo: «Hoy las guerras ya no son nuestras guerras, ocurren lejos de nosotros, en países pobres o en lugares míticos que apenas tienen conexión alguna con nuestra vida cotidiana. Y si, traspasando el telón de la irrealidad hacemos un esfuerzo por encontrar sus víctimas, una humareda negra y opaca envuelve el horizonte y el mundo dentro del cual, suponemos, arden los cadáveres y las ciudades.» Introducción escrita a la edición española en 1998 de aquel libro de memorias que Gamel Woolsey publicó en 1939 con el título original de Death’s other kingdom (El otro reino de la muerte). Creo que en el momento actual, ante los desastres de esta otra guerra, no hace falta comentario alguno sobre el prólogo y sobre el libro.

Cubiertas de dos libros imprescindibles.

La faz actual de España

El matrimonio Brenan-Woolsey, afortunadamente no asistieron a la dramática “desbandá” que fue masacrada por aire y por mar cuando trataban de huir hacia Almería por la carretera de la costa. Ellos lograron alejarse de aquella matanza de civiles, huyeron a bordo de un destructor estadounidense que los desembarcó en Gibraltar, con el ánimo de regresar inmediatamente a las costas malagueñas. Pero no pudo ser ante la trágica deriva que fueron tomando los acontecimientos. Continuaron hasta Lisboa y desde allí, antes de dirigirse a Inglaterra, Gamel escribirá en el último capítulo de su libro: «Hasta la guerra civil terminará algún día, pensé: hasta sus inevitables secuelas de terror y sufrimiento perecerían al fin en el olvido.» En 1952, después de trece años de ausencia, Gamel Woolsey y Gerald Brenan regresaron a «…este país de todos los demonios…» Recorrieron Extremadura, parte de Castilla la Nueva y Andalucía para desembocar en el pueblo de Churriana que, años atrás, abandonaron ante la confusión y el horror de las fases iniciales de la guerra civil. Brenan fue redactando un diario de aquellos días, que más tarde transformaría en el relato de un viaje desolador, a través de la miseria de una dictadura. Se publicó en la editorial argentina Losada con el título La faz actual de España. «El cuadro resultante es deprimente –afirma Brenan en el prefacio– Los españoles de todas las clases e ideologías políticas están desalentados y exasperados. Aquellos que se dejaron arrastrar por su fanatismo durante la guerra civil se hallan obsesionados por una sensación de culpa, pues no hay resabio más desagradable que el dejado por una guerra civil y un reinado de terror.»

La Contraviesa

En su álbum A la luz de los cantares, le dedicaba Carlos Cano un tema a La Alpujarra, en concreto a la sierra de La Contraviesa. Cantaba en un par de versos aquello de: «Pueblos medio vacíos gente guena como el pan / poca leña en el fuego mucha tierra abandoná», que después enhebraba con otros dos versos de un trovero anónimo: «Como la leche en la lumbre / ¡esta tierra ha de subir!» Se contenía en un disco que Carlos grabó en 1977, el mismo año que nosotros creímos realizar un viaje iniciático hacia esos lugares donde Gerald Brenan trató de buscarse asimismo.

 

 

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