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Isabel Díaz Ayuso y la mermelada de naranja / Por Antonio Campuzano

Isabel Díaz Ayuso y la mermelada de naranja  /  Por Antonio Campuzano

Parece que va quedando claro que las divergencias entre los socios de gobierno de la izquierda, Psoe y Unidas Podemos, son carantoñas de amor y ternura si son comparados con las declaraciones de fidelidad en la salud y en la enfermedad que fueron declaradas en las alegres jornadas posteriores a mayo de 2019.

Precisamente los partidos PP, Ciudadanos y Vox, poco después de la fría mañana de febrero, en que los bloques graníticos de la plaza de Colón se prestaron como trasera de excepción para la foto famosa donde se ventilaba la unidad de España, se prestaron en la primavera de mismo año a la unidad del compacto conservadurismo contra cualquier posibilidad de izquierda en ayuntamientos y comunidades autónomas. Donde podía haber suma se tiraba de Excel sumatorio para arrebatar la victoria electoral de la izquierda. Los consejos éticos sonaban a convicción en ayuntamiento de Madrid y comunidad autónoma de mismo nombre. La noche fría de 25 de mayo descubría los rostros perplejos de Almeida y Díaz Ayuso, cada cual con su tirita impresa, uno alcalde y otra presidenta, aun cuando se habían quedado lejos de la victoria. La ley electoral permite esos juegos aritméticos que proporcionan estabilidad incontestable frente a fórmulas idénticamente amparadas por el texto electoral, solo que si la suma revierte en coalición de gobierno de izquierda los destellos cósmicos se apoderan de calles y avenidas, galeradas y editoriales.

Ahora un sumando de aquellos se ha puesto a temblar y se ha caído de la operación y atenta contra el resultado apetecido. El temblor, muy conocido en Murcia con sus placas tectónicas tan delicadas, ha emergido por aquellas latitudes y ha estremecido también el subsuelo de la Real Casa de Correos, en el centro neurálgico político de España, en la Puerta del Sol. La presidenta Ayuso ha cortado la hemorragia del mohín y los celos con Ciudadanos por la vía de la amputación. Ha tirado de “oratoria oceánica”, como gusta decir a Javier Cercas en “El impostor” (Random House), para definir lo que se ventila ahora, “socialismo o libertad”, una especie de rapsodia grosera solamente entonada cuando existe seguridad de inexistencia de control de alcoholemia. Entre los trabajos de los tribunales por saber quién adelantó antes, el huevo o la gallina, en Madrid; y los trabajos extraordinarios de Teodoro García Egea en su Murcia natal para evitar mociones, únicamente comparables a los de otro Teodoro, esta vez el de Guinea Ecuatorial; el regusto por la interpretación de la propiedad del poder por el Partido Popular ha esparcido un sentimiento muy desagradable.

Unamuno decía que “lo sentimientos son pensamientos en conmoción” y Díaz Ayuso, con la especial comprensión del presidente de su partido, Pablo Casado, se lo ha tomado en serio, con el suministrador oficial de su “astra zeneca” particular contra el virus de la cordura, Miguel Ángel Rodríguez. La animación y la amenidad están aseguradas hasta mayo si como parece habrá elecciones, pero el riesgo pudiera ser inasumible por el PP. Si la izquierda consigue formar gobierno, desaparece Ayuso; si revalida, acorrala a Casado, máxime si para ello necesita la coalición con Vox, al que Casado ha arrebatado el usufructo de algunas fincas. Begoña Villacís está “mosca”, como le dijo Esperanza Aguirre al juez García Castellón. La misma Villacís que salió en la foto de Colón en su penúltimo mes de embarazo, junto a Albert Rivera, no menos preñado de las fobias que le procuraron la sepultura política poco después. Ayuso se ha subido encima de las grandes palabras.

Luis Landero, en su bien construida Lluvia fina (Tusquets, 2019), dice que “de pronto nos enfrentamos a la inmensidad del universo, pero también a la duda de si quedará mermelada de naranja para el desayuno”.

 

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