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José Hierro, un poeta tras el muro / Por Vicente Alberto Serrano

José Hierro, un poeta tras el muro  /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

Todavía recuerdo que el primer libro de poesía que compré en aquella lejana adolescencia tan ansiosa de conocimientos, se titulaba Cuatro poetas de hoy. Me lo recomendó Eugenio, el dueño de la librería Falla de la calle del Tinte. Publicado por Taurus, su cubierta tan sólo mostraba un cuarteto de rostros severos trazados por el pintor M. Estrada; sin más nombres ni explicaciones, únicamente la contraportada trataba de aclarar un poco su contenido: «Cuatro poetas sin los que es imposible trazar el mapa de la poesía española de las últimas décadas ni hacer el recuento de su temática: el hombre, el amor, la muerte, España… Son sus nombres José Luis Hidalgo, Gabriel Celaya, Blas de Otero y José Hierro». Eugenio, al que conocíamos por el apelativo cariñoso de “El fallero”, ejerció de auténtico librero, guía imprescindible que trataba de orientarnos a través de aquel páramo cultural. Nos descubrió a Alejo Carpentier, El siglo de las luces era su novela preferida. Nos vendió la primera edición española de Cien años de soledad y nos hablaba continuamente de José Luis Hidalgo, el malogrado poeta santanderino, íntimo amigo de José Hierro, que murió en Madrid en 1947, con veintisiete años, justo cuando acababa de recibir la mención honorífica del Premio Adonais por su libro Los muertos. Eugenio nos recitaba de memoria aquellos cuatro versos que descubrieron en nosotros –en años tan cruciales– otro sentido de la poesía: «Yo quisiera morir cuando ya tenga / mi sangre en otras muertes derramada / y ya mi corazón sea semilla / que florezca su flor en otra rama».

Cubiertas de dos antologías (Ed. Giner, 1962 y Ed. Taurus, 1965).

Antología de descubrimientos

Esta breve antología supuso un auténtico libro de descubrimientos, contenía también los versos de Gabriel Celaya y Blas de Otero a los que habíamos llegado, poco antes, a través de la voz desgarrada de Paco Ibáñez. La poesía se nos mostraba aquí como una auténtica «arma cargada de futuro» con una sorpresa final: José Hierro, poeta que nos hablaba del frío que sentíamos los andaluces, que era capaz de componer una nana para dormir a un preso y que se definía asimismo con versos tan clarificadores como. «Yo, José Hierro, un hombre / que se da por vencido / sin luchar», mientras tranquilamente enhebraba la aguja a su madre que iba perdiendo la vista.

La calle Santo Tomás

Mi juventud son recuerdos de una calle de Alcalá con guardias civiles custodiándola. La recorría varias veces al día. Salía y entraba de un presidio para atravesar el largo muro de otro. A la caída de tarde una siniestra sonata acompasaba el anochecer. En el edificio de Talleres Penitenciarios un funcionario, a esa hora, repasaba rutinariamente las rejas con un barrote de hierro, tan escalofriante tonada más de una vez me sirvió de acompañamiento y recitar para mis adentros aquellos versos de la Canción de cuna para dormir a un preso: «Duerme. Ya tienes en tus manos / el azul de la noche inmensa. / No hay más que sombra. Arriba luna. / Peter Pan por las alamedas». Por culpa de José Hierro quería imaginar a presos volando ante la mirada atónita de los Guardias Civiles, quería inventar un país donde la gente fuese –como escribía Salvador Espriu– «…limpia y noble, culta, rica, libre,/ despierta y feliz». Sin embargo terminé descubriendo que Peter Pan nunca existió. Por eso tal vez tan solo haya sido, como José Hierro, un hombre que se daba por vencido sin luchar. La cruel realidad es que, en aquellos tiempos, la calle Santo Tomás abrazaba dos prisiones y allí no volaba ni dios.

Fachada de Talleres Penitenciarios en la calle Santo Tomás (años treinta).

Tara Bulba en la radio

Pasaron los años y en esas vueltas y revueltas que da la vida, coincidí con José Hierro en el consejo de redacción de una revista que fugazmente editó Radio Nacional de España, El micrófono de papel. Aparecía por allí el poeta –de vez en cuando– en manga corta y abierta la camisa en pleno invierno, moreno eterno, como si acabara de llegar de atravesar la estepa rusa junto a las huestes de Taras Bulba. Mi admiración hacia aquel mongol de Madrid recriado en Santander, se convertía en un respeto tan profundo que apenas si era capaz de intercambiar tres palabras en aquellas reuniones de redacción. Gracias a Perico Atienza, auténtico amigo de Pepe Hierro, y a la insólita aventura que ideó –que los Sordera le cantaran a Pessoa en su Lisboa natal–intimé algo más con Pepe, hasta el punto que mi timidez se evaporó por completo una tarde de junio de 1986 cuando juntos decidimos pasar revista a todas y cada una de las tabernas de la Alfama lisboeta. José Hierro supuso para muchos de nosotros uno de esos mitos vigorosos que creíamos eternos. Curiosamente pertenecía a una raza de personajes que, con el paso del tiempo, parecían ir rejuveneciendo junto a su obra, como le ocurría a Julio Cortázar, a Picasso, a Miró…

Oficio de la puesta en libertad de José Hierro. Talleres Penitenciarios de Alcalá de Henares, 1 de enero de 1944.

Peter Pan reflejado en un tricornio

Con cierto sentimiento masoquista de nuevo recorro de vez en cuando la calle Santo Tomás para entristecerme frente a las ruinas de La Galera, donde pasé toda mi adolescencia. El tiempo pasa, nos vamos haciendo viejos… El edificio se va desmoronando, parece como si quisiera acompañarme en ese tiempo perdido, como si tampoco resistiese a la memoria. En cuanto al muro de al lado, ya no contiene dentro el patio de los Talleres Penitenciarios. Por supuesto también desapareció el funcionario que, al atardecer, con una barra de hierro entonaba aquella siniestra tonada. Hoy el edificio acoge un flamante Parador. Sin embargo guardo copia de un oficio que relata la puesta en libertad de aquel poeta, autor de la Canción de cuna para dormir a un preso. La represión franquista mantuvo preso a José Hierro tras el muro. Quiero seguir imaginando que fue él ese Peter Pan que logró volar, hace años, hacia las alamedas de la plena libertad, reflejándose fugazmente en los tricornios atónitos de la benemérita vigilante.

 

 

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