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La sonrisa socializadora / Por Antonio Campuzano

La sonrisa socializadora  /  Por Antonio Campuzano

En julio pasado, en la ciudad de Ávila, se celebró una de esas sesiones que solamente se dan en verano, mitad conferencias mitad cursos de estío, donde se abren las compuertas de la extravagancia y de la confesión con vestiduras cómodas pero correctas, tejidos frescos pero homologados.

Una fundación del PP citó a ex ministros de Adolfo Suárez para que flanqueasen a Pablo Casado. Y para que Pablo Casado fuese chapoteado de un poquito de pedigrí de centro, que siempre viene bien y las consultoras que trabajan las aproximaciones a la mayoría PP más Vox puedan proclamar los incrementos de los votos de la masa de centro sin la cual resulta imposible un clamor electoral. Pues bien, el resultado del experimento fue tal que no se van a celebrar más iniciativas como aquella.

Se dijeron cosas ya suficientemente acrisoladas por Ignacio Camuñas, cuya evolución de ministro de la transición de UCD hasta nuestro calendario más actual ha originado un animal político de extraña concepción, cuya mayor contribución al estudio histórico del inicio de la guerra civil pasa por sostener que la responsabilidad del golde de Estado de 1936 solo tiene un honroso nominado que no es otro que el gobierno de la República. La seriedad y la gravedad de las formaciones que compusieron y labraron la transición ante aquel despropósito solo hizo que la responsabilidad se agrandase para evitar abofetear a Camuñas, como merecería de no existir la categoría del respeto. Pero Camuñas ya es un despojo de la libertad de expresión y su opinión solo tiene la validez de una persona cuya dimensión pública aconteció hace ya mucho y a lo que se ve con triquiñuelas para aprobar el examen de la transición, en la que se colaron exponentes muy dudosos.

El asunto central está en la inacción del referente del momento de la derecha española, o sea Pablo Casado, quien no solo hizo ostentación del silencio, sino que lo hizo con la inestimable ayuda de la sonrisa. La coincidencia del verano contribuyó en gran medida a la pantalla acústica que defendió la idea de que aquello no hubiese ido a más hasta adquirir dimensión de escándalo. Esta abominación, si es en invierno, sale más cara. Pero Casado ha tenido suerte.

Pese a hacer lo menos recomendable para evitar la irritación, sonreír para banalizar no ya el exabrupto de Camuñas, sino el del propio golpe de julio del 36, que resultó una pandemia histórica que produjo entre ambos bandos 500.000 víctimas, sobre cuyo inicio y desarrollo parece que no había más remedio que una sublevación militar, de hacer caso al ponente de Ávila.

El novelista británico Ian McEwan, en Amor perdurable (Anagrama, 1998), cita a Edward O. Wilson para decir que *en la terminología del zoólogo, la sonrisa es un dispositivo de la socialización”. Y así parece entenderlo Casado, a quien la sonrisa le sirve para atender a los simpatizantes que le abordan por las calles, a las señoras que le piropean, a los pescaderos que le jalean con una merluza del Cantábrico en la mano, o a los ex ministros que le dejan en rídículo agarrado al apoyabrazos de un silla de invitado.

Socializando se llega a 150 diputados, pero socializando con una tragedia nacional y con una manifestación histórica falsaria no se podrá llegar a esa cota electoral sin quebranto de la dignidad.

Sir Victor Mallet era embajador del Reino Unido en Madrid, en 1945, y el historiador Enrique Moradiellos pone en su boca lo que pensaba de Franco, en Anatomía de un dictador (Turner, 2018), “era un villano sonriente”.

 

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