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Los Beatles y Sargent Peppers  / Por Vicente Alberto Serrano

Los Beatles y Sargent Peppers   /   Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

En el verano del 67 un buen amigo se trajo de Gibraltar (aún no habían cerrado la verja) el último álbum de Los Beatles. Su música nos conmocionó aquella tarde de guateque en Fuengirola, en un agosto ahora tan lejano. Mientras el disco giraba en en el pick-up, nosotros lo escuchábamos entusiasmados al tiempo que él nos iba analizando todos los temas de un elepé diferente y extraño que parecía no tener fin, porque cada uno de los cortes se iba enlazando con el siguiente sin pausa alguna de silencio. De este modo asistimos por primera vez, como un rito, al espectacular concierto del Sargent Peppers y su banda del club de corazones solitarios. Un recital cuya magia solo se vio interrumpida ante el cambio inevitable a la cara B. Se iniciaba aquella con una extraña y singular composición de George Harrison, nuestro beatle favorito: Within You Without You (Dentro de ti sin ti). Tal vez en ese instante, por culpa de sugerentes acordes, comenzamos a flotar y hasta ahora no hemos parado. No teníamos ni idea de inglés, por tanto difícilmente podíamos alcanzar el sentido de las letras, sin embargo todo nos sonaba a nuevo en una mezcla de músicas perturbadoras, entre las exóticas tonalidades de la India se enredaban arranques psicodélicos y hasta sinfónicos. Mi amigo era un apasionado y gran conocedor del nuevo lenguaje musical, por eso confiábamos en sus lúcidas explicaciones para comprender y asimilar todo el sentido de una grabación tan innovadora. Le perdí la pista aquel verano. Quería hacer medicina, pero me contaron que apenas alcanzó el segundo curso y años más tarde terminó formando parte de un conocido grupo de rock sevillano. Ahora, cada vez que vuelvo a contemplar la cubierta de aquel mítico elepé, me acuerdo de él. Asocio el mosaico abigarrado, y algo confuso de sus personajes, con limpios atardeceres extraviados en el tiempo; las puestas de sol y los espetos clavados en la arena de una playa imposible de recomponer en la lejanía de los recuerdos. Sin duda esta portada se ha convertido en una especie de relicario del pasado. Una laberíntica mezcla de símbolos e iconos, abierta a todo tipo de interpretaciones, sobre todo cuando volvemos a escuchar aquellos acordes que irrumpieron e interrumpieron el guateque de una tarde de agosto del 67.

Portada del elepé Sgt. Peppers.

Una puesta en escena tridimensional

Con el tiempo fui indagando sobre ese fetiche, no solo musical sino también gráfico. Descubrí que esa portada tan enigmática –ideada por Paul McCartney– fue diseñada por los pintores Peter Blake y su mujer Jann Haworth (pertenecientes, como David Hockney, al grupo inicial del pop art británico). Fotografiada por Michael Cooper, la funda del disco trataba de representar, de modo tridimensional, una especie de simbólico final para Los Beatles. En esa época ya se hablaba de la posible disolución del grupo, la fama les estaba empujando vertiginosamente al borde del precipicio. Habían decidido renunciar a los agotadores y arriesgados recitales por todo el mundo. John Lennon, bastante harto de tanta amenaza de muerte (su trágico fin le alcanzó años más tarde) había llegado a sugerir que para futuros espectáculos en vivo, simplemente enviarían cuatro figuras de cera y unas cuantas grabaciones.

Un extraño réquiem

En un primer plano de esta imagen tan barroca e inquietante se muestra la tumba de Los Beatles, con figuritas de piedra y extraños símbolos entre las flores: un trofeo, un pequeño televisor, una serpiente de terciopelo y hasta una muñeca desmadejada con un jersey de lana cuyo lema da la bienvenida a los Rolling Stones. A la izquierda aparecen los cuatro miembros del grupo, lógicamente desconsolados, representados en turbadoras figuras de cera. Junto a ellos: John, Ringo, Paul y George fotografiados en carne y hueso, tras imponentes bigotes y disfrazados con aparatosos y coloristas atuendos militares, representando a los miembros de la Banda del Club de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta (Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band). Una puesta en escena que se cierra, a modo de telón de fondo, con un tosco e inmenso collage de figuras silueteadas en contrachapados de madera. Un retablo que aspiraba a mostrarnos algunos de los mitos que configuraban y sintetizaban los gustos, las claves y las tendencias de toda una generación. Al parecer Lennon, tal vez para provocar, se empeñó en añadir la silueta de Hitler, que finalmente fue descartada. Entre el amasijo de personajes célebres uno puede ir descubriendo a Marilyn Monroe, Marlon Brando, Mae West, Charles Chaplin, Marlene Dietrich, William Burroughs, Edgar Allan Poe, Dylan Thomas, Sonny Liston, Mae West, Bob Dylan, Oscar Wilde, Karl Marx, D.H. Lawrence, Lewis Carroll, Shirley Temple… Una llamativa cubierta que sería imitada posteriormente hasta la saciedad. Muchos críticos la valoran como la mejor portada de disco de todos los tiempos. A pesar de la admiración que le profeso a esa imagen, el confuso revoltijo de personajes me resulta un poco torpe. Tal vez por deformación profesional considero el collage algo fallido al no respetar las proporciones de las figuras. Aunque se puede justificar tal confusión de tamaños al tratarse de un montaje tridimensional. Poco importa el resultado final de la composición, el caso es que todas esas personalidades de la mitología del momento parecían haber sido invitadas a disfrutar del innovador concierto del Sargent Peppers y su banda que se contenía en el microsurco interior.

Los Beatles en una escena de la película de Richard Lester, “¡Qué noche la de aquel día!”.

The Beatles

Cuando irrumpieron Los Beatles en nuestros gustos musicales, ya conocíamos al relamido chico blanco que sorprendía cuando se contorneaba como un genuino intérprete negro de rhythm and blues, el mismo Elvis que susurraba al oído sensuales y pecaminosas baladas, ideales para peguntosos y reprimidos bailes guatequeros. Anteriores fueron también The Shadows, con sus legendarios temas “Apache” y “Guitar Tango”, que acompañados a veces del incombustible Cliff Richard, llegaron a rodar hasta un par de empalagosas películas. Hank Marvin, la figura más representativa de Los Shadows, era de una pulcritud absoluta, con sus definitorias gruesas gafas de concha, podría ser el intérprete favorito de un cura párroco en las dominicales misas cantadas, o incluso seminarista. Pero los cuatro chicos de Liverpool fueron otra cosa, se atrevieron a trastocar todas las leyes de la estética. Anacrónicas melenitas de paje, recién moldeadas a golpe de secador, chaquetas oscuras, pantalones de pitillo y botines de cabaretera. El director de cine Richard Lester nos los mostró en la película ¡Qué noche la de aquel día!, alegres y desinhibidos, rodada en blanco y negro en aquella Inglaterra aspirante a ser moderna desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En 1968, un año después de la publicación del emblemático álbum que revolucionó los esquemas de la música moderna, el director canadiense George Dunning se atrevió a convertir a Los Beatles y al Sargent Peppers en protagonistas de una colorista película de dibujos animados: Yellow Submarine. Un imaginativo y espectacular desbordamiento de imágenes y sentido del humor, arropaban algunos de sus temas musicales más conocidos. Destacar por ejemplo la sorprendente puesta en escena de una de esas canciones: “Eleanor Rigby”. Todo un modelo a imitar, donde los recursos gráficos potencian la fuerza narrativa del tema musical. Al final de la película aparecen los verdaderos Beatles para comentar algunos pasajes de una sugerente e insólita película de dibujos animados.

Los dibujos animados de “Yellow Submarine”.

Mi generación creo que siempre le agradeceremos a Los Beatles, con su música y esas imágenes, el haber creado la banda sonora y el imaginativo telón de fondo de aquella época que hace tiempo creíamos haber perdido, pero que nos hacemos la ilusión de recuperar, cada vez que colocamos uno de sus discos en el pick-up.

 

 

 

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