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Manolo Prieto, un icono gráfico /  Por Vicente Alberto Serrano

Manolo Prieto, un icono gráfico  /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

De tiempo atrás, mucho antes que un servidor se dedicase a este satisfactorio oficio del diseño gráfico, me gustaría recordar que durante los lejanos años de la infancia era, sobre todo, un asombrado mirón. En las oscuras tabernas de mi tierra, mientras los mayores trasegaban amontillado, yo siempre me quedaba obnubilado ante los inmensos espejos serigrafiados que desde la pared del fondo, pretendían darle otra dimensión al local con la consabida publicidad de los caldos de la zona, eso a pesar de que a través de los resquicios de tan coloristas dibujos inevitablemente se reflejaba el crudo y patético realismo de los borrachos del lugar que, apostados en la barra, cada día se empeñaban por encontrar sentido a la vida en el fondo de sus copas vacías. Yo aún no había leído Alicia a través del espejo (Alianza Ed.) de Lewis Carroll.

El maletilla derrotado

Entre tanto espejo ilustrado existía uno que me sobrecogía por encima del resto: era aquel que reproducía a un maletilla derrotado en el suelo ante la amenazante figura de un morlaco a punto de destrozar la frágil valla que los separaba. La imagen que Carlos Ruano había pintado en 1945, por encargo de Pedro Domecq, se convirtió para mí en un relato inquietante con el que soñé más de una noche. Y con el que me empeñaba a la mañana siguiente en trazar los esquemas de una gran novela taurina. Afortunadamente para improbables lectores, aquello se quedó tan solo en la resaca de un mal sueño. No hubo tal novela. Pero tal vez fue así como descubrí, sin saberlo, la narrativa del grafismo. Pocos años más tarde otra figura consiguió arremeter y embestir mi imaginación. Se trataba de una luminosa estampa presidida por un toro amenazante. Manolo Prieto, un artista del Puerto de Santa María alcanzó con la simplicidad de esa impactante y colorista imagen el primer premio de carteles para la corrida de Beneficencia. Ya por entonces una manada de toros estáticos e inmensos, creados por su imaginación, habían comenzado a poblar de perfiles característicos algunas de las carreteras españolas, anunciando cierto coñac de su pueblo. Con el tiempo muchas de esas siluetas negras, borrada la  publicidad, fueron indultadas y a partir de 2005 se consideraron patrimonio cultural y artístico de nuestro país. Para algunos de nosotros, sobre todo los que decidimos dedicarnos a este satisfactorio oficio, Manolo Prieto supone un imprescindible icono gráfico. No solo por la silueta de ese toro, sino también por sugerentes carteles de teatro o legendaria publicidad de líneas aéreas, aparte –y sobre todo– por su labor como portadista de la espartana colección literaria de posguerra,“Novelas y Cuentos” para la que llegó a realizar alrededor de 600 cubiertas –de 1944 a 1958– con ilustraciones a dos tintas que, desde su precisión conceptual, conseguía sintetizar perfectamente el argumento de cada obra.

Dos imágenes impactantes que aún perduran en el recuerdo de aquel gran mirón que terminó convertido en diseñador gráfico.

Ilustrar a la derecha

No deja de ser contradictorio, sobre todo por su miajita de esperpento, que en la actualidad  algunas fuerzas derechosas cuando se tiran a la calle para reivindicar su patriotismo alcanforado, enarbolen la bandera nacional con la silueta del toro de Manolo Prieto a modo de esencia y símbolo de su ideología. Cualquier ilustrado cercano a sus planteamientos –si es que los hay– debería advertirles que el autor de esa silueta fue militante del Partido Comunista de España; durante la Segunda República colaboró como dibujante en la agrupación Milicia Popular, la cabecera del quinto regimiento de milicias. En la Guerra Civil apoyó al bando republicano y colaboró con dibujos para Altavoz del Pueblo y diario El Sol, además de ser director artístico de un periódico para la tropa del V Cuerpo del Ejército. Un rojeras en suma que durante los primeros años del franquismo se vio obligado a ocultarse bajo el seudónimo de Teté para poder seguir ejerciendo su profesión.

Bandera con la que cierta derecha pretende hoy reivindicar su patriotismo alcanforado. Alguien debería explicarles la trayectoria ideológica del autor de esa imagen.

El toro sabe al fin de la corrida…

La inevitable iconografía taurina imperante de aquella época, afortunadamente fue desdibujándose en mi imaginario con el paso del tiempo. Sin desmerecer, por supuesto el magisterio y la admiración hacia Manolo Prieto. Ahora, sin embargo, cuando vuelvo a contemplar la maestría de ese cartel, donde el toro parece empeñado en embestirnos, me vienen a la memoria los rotundos versos de Miguel Hernández hacia la sempiterna víctima de la fiesta: «El toro sabe al fin de la corrida / donde prueba su chorro repentino, / que el sabor de la muerte es el de un vino / que el equilibrio impide de la vida». Pero sobre todo un estribillo: «Dentro de una taberna, cinco toreros / toreaban el toro de los recuerdos. / Cuando acabaron, / estaban los toreros a cuatro manos./ Y el toro, mientras, / apoyao en la barra bebiendo vino. / ¡Ay, que disparate! / que el tabernero le endiñó las orejas de los toreros». El cantaor jerezano Diego Carrasco fue capaz de desmitificarnos, con esta copla, los resquicios que pudiesen quedarnos de aquella afición taurina que nos infirieron y sufrimos, sin apenas percibirlo, durante las siestas veraniegas de nuestra infancia, a través de la televisión en blanco y negro y las inevitables y barrocas locuciones de Matías Prats senior.

Cubiertas de Manolo Prieto para la espartana colección “Novelas y Cuentos”, grapadas y editadas en papel de baja calidad, sobresalían sin embargo por la fuerza de unas imágenes que sintetizaban a la perfección los argumentos de cada obra.

Recordarlo siempre

Afirmaba Manolo Prieto con rotundidad: «No tengo más remedio que hablar en imágenes con ejemplos de sencillez, justeza y expresión gráfica». Por tanto regresar a él supone siempre una optimista reivindicación de nuestro oficio. Fue uno de los pioneros en mostrarnos el lenguaje gráfico con el que hemos pervivido durante muchos años. Por entonces aprendimos a leer las imágenes. Hoy su toro nos lo seguimos tropezando en las carreteras. Gracias a esta madurez antitaurina no vemos en él ninguna exaltación de la fiesta nacional, ni patriotismo alcanforado. Lo entendemos a modo de logotipo representativo de nuestra profesión que nos subraya, con su presencia, algunos paisajes entrañables desde los que recordar siempre a Manolo Prieto.

 

 

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