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Manuel de Falla y el Concurso de Cante Jondo, 1922 / Por Vicente Alberto Serrano

Manuel de Falla y el Concurso de Cante Jondo, 1922   /   Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

En 1920 Manuel de Falla decide abandonar el ajetreo de la vida madrileña para refugiarse en Granada. «Se fue a Granada –escribirá más tarde Juan Ramón Jiménez– por silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad.» En 1921 se establece en el carmen de la Antequeruela Alta, situado en uno de esos lugares recónditos y privilegiados que tan celosamente guarda aquella ciudad. Dando la espalda a la Alhambra, a la izquierda se muestra el sugerente perfil de la Sierra y frente a él, a sus pies: toda la extensión de la Vega. Hasta allí subían, casi a diario, en respetuosa peregrinación, un grupo de inquietos y jóvenes músicos: Andrés Segovia, Manuel Jofré y Federico García Lorca, al que Falla admiraba especialmente por su forma de interpretar a Chopin. Ellos, pero sobre todo con la imprescindible labor de Miguel Cerón, fueron los que lograron canalizar las preocupaciones del maestro Falla sobre el peligro de desaparición del auténtico y puro “cante jondo”.

Concurso de Cante Jondo, 1922

Y así nació el Primer Concurso de Cante Jondo que auspiciado por el Centro Artístico y Literario de la ciudad y miserablemente subvencionado por el Ayuntamiento iba a tener lugar en el Mirador de San Nicolás del Albaicín durante las Fiestas del Corpus del año 1922. Finalmente se trasladó el escenario a la Plaza de los Aljibes en plena Alhambra. Como invitado de honor, Ignacio Zuloaga, que no sólo dirigió al grupo de artistas que configuraron la escenografía, sino que aportó un premio extraordinario de 1.000 pesetas para el mejor “cantaor”. El pintor jiennense Manuel Ángeles Ortiz diseñó el cartel y la presentación corrió a cargo de Ramón Gómez de la Serna. Entre los asistentes, Santiago Rusiñol, Fernando de los Ríos, Edgar Neville, por supuesto Manuel de Falla, Federico García Lorca y también los músicos Joaquín Turina, Óscar Esplá y Ángel Barrios. La noche de la inauguración dicen que cayó un buen chaparrón, tal como se recoge en la caricatura de Antonio López Sancho, donde se muestran a algunos de los presentes, protegiéndose de la lluvia con las sillas por encima de sus cabezas. A pesar del agua, los días 13 y 14 de junio de 1922 Granada recogió lo mejor del cante flamenco de la época.

Caricatura realizada por Antonio López Sancho en la que nos muestra a cantaores y asistentes en una noche de lluvia y duende. Granada, 1922.

El texto de Falla

El Circulo Artístico publicó un folleto titulado: El Cante Jondo (Cante Primitivo Andaluz) y como subtítulo: “Sus orígenes. Sus valores musicales. Su influencia en el arte musical europeo”, en el que no figuraba su autor, aunque se intuía. Años más tarde, en 1950, ese texto se incluirá en el libro de Manuel de Falla, Escritos sobre música y músicos (Ed. Espasa-Calpe). El concurso fue convocado para todos los cantaores de ambos sexos, excluidos los profesionales, tuvo como jurado a don Antonio Chacón (El gran payo como le llamaban los gitanos), Pastora Pavón La niña de los peines y Manuel Torre El niño de Jerez. El Premio de Honor quedó desierto y el Primer Premio de cante, el Premio Zuloaga, se le otorgó a Diego Bermudez El tío tenazas, peculiar personaje con más de setenta años, medio ciego y gran bebedor con un pulmón destrozado por la puñalada de una reyerta; vecino de Lucena había tardado tres días en llegar andando desde Puente Genil. Otro premio de 1.000 pesetas fue para un niño de once años, natural de Sevilla de nombre Manolo, pero conocido como El Caracol. Como final de fiesta, don Antonio Chacón cantó unas medias granadinas que como dicen las crónicas, …hicieron temblar al Misterio: «¡Viva Graná que es mi tierra, / viva el puente del Genil, / la Virgen de las Angustias, la Alhambra y el Albaicín!»

Cubierta del folleto “El Cante Jondo” y Manuel de Falla en el carmen de la Antequeruela, Granada, 1924.

Granada en 1972

En 1972 el carmen de la Antequeruela Alta era tan solo la sombra de un recuerdo, porque la breve figura del Maestro Falla había escogido el exilio voluntario en el 39, ante el fundado temor de que viniesen años peores ¿todavía? Estos eran tiempos en que mentar a Lorca seguía siendo arriesgado tema tabú. Sin embargo, durante aquellas fiestas del Corpus, el diario Ideal, tuvo el valor de recordar el cincuentenario del mítico Concurso de Cante Jondo. A través de sus páginas fue como descubrimos la lejana aventura por la reivindicación del cante jondo y también el nombre de sus protagonistas. Durante casi un mes el periódico fue publicando, a modo de folletón, el libro inédito El Cante según Jofré en cuyas páginas Rafael Jofré recogía toda la historia del Cante Primitivo Andaluz. Analizaba la copla, perfilaba el papel de la comunidad gitana en Andalucía y tenía el valor de citar el lorquiano Poema del Cante Jondo. Evocaba en suma el Concurso de 1922 para terminar reseñando todos y cada uno de los palos flamencos, desde la seguiriya a la soleá. Magnífico resumen de una fuerza expresiva que nosotros fuimos descubriendo a través de la radio, en un programa que se titulaba “La hora flamenca”. El cante fue la sintonía de fondo a nuestra adolescencia. Recuerdo que por entonces las retransmisiones desde la peña “La Platería” tuvo sus mejores tiempos, especialmente la noche que por las ondas nos llegó la voz limpia de Curro de Utrera entonando la media granaína: «¡Viva Graná que es mi tierra…!» Fue un momento en el que creímos estar oyendo a don Antonio Chacón; nos sentimos entonces casi copartícipes del duende de aquellas noches mágicas y lejanas del patio de los Aljibes.

Adolfo Salazar, Francisco García Lorca, Manuel de Falla, Ángel Barrios y Federico García Lorca en los sótanos de La Alhambra, 1923.

Edgar Neville y el flamenco

Comentaba Edgar Neville que descubrió el cante gracias a Federico García Lorca, que le recomendó Granada porque allí era más fácil aprobar ciertas asignaturas. En su libro Flamenco y cante jondo, publicado por la Librería Anticuaria El Guadalhorce en 1963 y reeditado recientemente, no solo nos cuenta que él fue uno de los asistentes al mítico Concurso de Cante Jondo del año 22, sino a la vez nos muestra su gran conocimiento y sensibilidad ante el cante. Maestría que demostró en aquella magnífica rareza documental rodada en 1952, con el título Duende y misterio del flamenco. Escribe Neville: «El flamenco no fue un espectáculo, ni nació para ser un espectáculo: era la forma de expresión de un pueblo más bien inarticulado, eran los poemas que decían a gritos de llanto unos analfabetos que no podían expresarse de otra manera, eran los lamentos de amor de un tosco primitivo que apenas sabe hablar pero que al recibir la herida se expresa de este modo».

Ante un centenario

El próximo mes de junio se cumplirá el centenario del Primer Concurso de Cante Jondo que, sin embargo, dejó insatisfecho a Manuel de Falla. Él aspiraba que aquel acontecimiento fuese el inicio de una aventura que se repitiese cada año a los pies de La Alhambra para seguir reivindicado y conociendo el cante jondo. No fue así. Marchó al exilio con muchas amarguras, esa fue una de ellas. De aquellas páginas, hoy amarillentas, que fui recopilando del diario Ideal, han pasado medio siglo. Más allá del papel de periódico y los ciertos conocimientos que me proporcionó; desde entonces he compartido con algunos amigos, mucho y buen flamenco. Recuerdo con mucha nostalgia a uno de ellos en especial. Cincuenta años oyendo infinidad de voces profundas entre rasgueos de guitarra nos han servido para no olvidar la labor de don Manuel de Falla y de todos aquellos que hace cien años se empeñaron en que el flamenco perviviera.

 

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