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Paco Roca y los cinco de “TioVivo” / Por Vicente Alberto Serrano

Paco Roca y los cinco de “TioVivo”   /   Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

En 2015, la editorial bilbaína Astiberri publicó La casa, una novela gráfica con la que Paco Roca consiguió pellizcar en los recuerdos de aquella infancia que creíamos perdida. De nuevo llegó a sobrecogernos, como ya ocurriera con El invierno del dibujante (Ed. Astiberri). Resulta necesario regresar –de vez en cuando– hasta La casa (ocurre con el libro de Paco Roca lo mismo que con ciertos poemas favoritos, hace falta repetirlos para que terminen formando parte de nosotros mismos). Al reencontrarnos con los personajes y las imágenes de La casa, nos sumergirnos en el pasado y por tanto añoramos todas aquellas pérdidas que hemos ido sufriendo en el corto trayecto de una vida. Resulta emblemático un párrafo que el escritor Fernando Marías engarza en el magnífico epílogo que dedicó a esta novela gráfica: «A medida que envejezco siento que el único tema de la literatura –y probablemente de todo lo demás– es el paso del Tiempo.» Fernando Marías murió el pasado mes de febrero a la edad de 63 años.

Cuando los comics se llamaban tebeos

Desde la última vuelta del camino –emulando a don Pío Baroja– tal vez sea el momento oportuno para tratar de reflexionar sobre nuestras primeras lecturas. Hay que aprovechar esta hora, tal vez porque aun no chocheamos y la memoria todavía no hace aguas, sino más bien todo lo contrario; atravesamos una etapa en la cual una especie de extraño reflujo consigue despejarnos la bruma del tiempo pasado o más bien perdido, eso nunca lo sabremos. De cuando los comics aun se llamaban tebeos, evocamos a Doña Urraca, Las hermanas Gilda, Don Berrinche, Carpanta, Zipi y Zape, El caco Bonifacio… Reconocemos, sin pudor alguno, que llegamos hasta la lectura a través de Pulgarcito, DDT, TioVivo… tebeos que encerraban en sus páginas semanales a estos personajes (mucha más imagen que palabra) con brevísimos bocadillos de texto por encima de sus cabezas. Ellos eran capaces de trasladarnos a otra realidad, a lo mejor era la misma, pero con distinto punto de vista. En nuestra infancia seguro que no lográbamos captar del todo sus desesperanzados planteamientos, aunque su humor siempre nos dejaba un resquicio de amargura, porque la mayoría de sus viñetas –sin alcanzar a percibirlo nosotros– sutilmente arañaban buena parte de las miserias del momento. Las frustraciones de las solteronas hermanas Gilda; la mala leche de doña Urraca y don Berrinche; el hambre de Carpanta capaz de comerse hasta el papel de las cartillas de racionamiento; los atracos frustrados del caco Bonifacio en un tiempo que lo único que podría robarse sería la moral; las demoledoras travesuras de los gemellos Zipi y Zape, incapaces de ser reprimidas por el severo régimen educacional de don Pantuflo Zapatilla, su padre.

Dibujo total para “El invierno del dibujante”, cortado posteriormente para ilustrar la cubierta del libro, editado por Astiberri. Si ese niño se diese la vuelta, seguramente nos encontraríamos con nosotros mismos.

El cine de los pobres

Algunos teóricos sarcásticos de la época denominaron a ese fenómeno como el cine de los pobres. Efectivamente, allá en la Andalucía profunda donde me crié, cuando no nos alcanzaba el dinero para poder pasar por taquilla e imaginar dentro de las salas oscuras otras realidades, otras fantasías; nos veíamos obligados a alquilar las lecturas, sentados en el bordillo de la acera. Por el módico precio de una perra gorda devorábamos compulsivamente ejemplares manoseados y rigurosamente vigilados por el mercachifle del supuesto negocio. Más tarde, en esta ciudad donde ahora resido, en el puesto del señor Retabel, recogido en un portal de la calle Mayor, descubriría el atractivo del cambio de tebeos, allí conseguíamos intercambiar a nuestros personajes favoritos, logrando llevarnos a casa nuevas historietas.

El invierno del dibujante

Existe un dibujo panorámico de Paco Roca, inevitablemente cortado para ilustrar la cubierta de El invierno del dibujante (Ed. Astiberri). En el centro del original aparece un niño de espaldas, contemplando las cubiertas del Pulgarcito y el DDT colgadas, con pinzas de la ropa, en el lateral de un cutre puesto de prensa. El niño, extasiado ante sus nuevas portadas deseadas, aparece ajeno al paso de cuatro dibujantes –Peñarroya, Escobar, Conti y Cifré– que encaminan sus pasos hacia la sede de la editorial Bruguera. Invierno de 1959, tras el fracaso de su aventura, iniciada en 1957, regresan –todos menos Giner– para claudicar ante el señor González, abogado y administrador de la potente editorial y pedirles la readmisión en Bruguera. El proyecto TioVivo no había logrado sobrevivir ni siquiera dos años. Paco Roca nos cuenta los avatares de aquella aventura en una sugerente novela gráfica, El invierno del dibujante, con la que recuperamos a los verdaderos autores de unos personajes que perfilaron buena parte de nuestra educación sentimental. La historia a la que nos invita Paco Roca, se desarrolla en la triste y gris Barcelona de una larga postguerra, pero si el niño que aparece de espaldas en el dibujo, ante el puesto de tebeos, se diese la vuelta, seguramente nos encontraríamos con nosotros mismos. O con cualquier niño de provincias que confiaron durante su infancia, en aquellos dibujantes que fueron capaces de arrancarles más de una sonrisa.

Anuncio de promoción y primer número de “TioVivo”.

Los cinco de TioVivo

Cinco de los creadores más destacados de la “Escuela Bruguera (1945-1963)” decidieron en el verano del 57 editar su propia revista. Hastiados de que las reivindicaciones salariales presentadas a don Francisco Bruguera siempre fueran rechazadas, decidieron embarcarse en una arriesgada aventura de autoedición que hizo peligrar los cimientos de la más significativa “factoría del humor”, cuyos gerifaltes, obsesionados por evitar la salida de oVivo, hasta se empeñaron en mover los hilos a través de corruptos contactos en el Ministerio para que le fuese denegado el permiso de su publicación. Fracasados en el intento, para hundir en la miseria a aquellos cinco rebeldes, decidieron repetir, una y otra vez, en las páginas de Pulgarcito y DDT el material incautado de Carpanta, Zipi y Zape o Gordito Relleno, por considerarlo de su total propiedad intelectual, según las cláusulas de leoninos contratos. Conti, Escobar, Cifré, Giner y Peñarroya lograron mantener a flote su empresa cooperativa (D.E.R. Dibujantes Españoles Reunidos) durante casi dos años, a pesar de las continuas zancadillas en la distribución. En la redacción de la revista incluso llegó a trabajar como “chico para todo” un jovencísimo Terenci Moix que antes había sido discípulo de Escobar en un curso de dibujo humorístico por correspondencia. En 1968, con el nombre de Ramón Terenci Moix publicó Los comics, arte para el consumo y formas pop (Ed. Llibres de Sinera), reeditado en 2007 con el título de Historia social del cómic. Hoy la novela gráfica de Paco Roca, nos ha recuperado a los héroes de aquel tiempo de silencio, cuando el humor trataba de fugarse por los mínimos resquicios de una España adusta, supuestamente grande y libre.

 

 

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