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Picasso, 50 años después  / Por Vicente Alberto Serrano

Picasso, 50 años después   /   Por Vicente Alberto Serrano

Luces y sombras

El próximo 8 de abril se cumplirán 50 años de la muerte de Pablo Ruiz Picasso. Nada menos que medio siglo nos contempla. Entonces éramos tan jóvenes y por tanto tan ilusos que creíamos en la inmortalidad de nuestros mitos. Tal vez por eso, cuando nos sentíamos sepultados bajo una gruesa capa de miseria ideológica –por supuesto tapizada en escala de grises– tuvimos el valor de elaborar una iconografía de urgencia para tratar de sostenernos sobre tan agobiante irrealidad. Nefasto fue sin embargo aquel 1973, porque aparte de Picasso, también murieron Pablo Neruda y Pau Casals. Yo me atreví a publicar en el Ideal de Granada uno de mis primeros artículos. Lo titulé “Tres Pablos para el recuerdo”. De una misma tacada el destino me había arrebatado el sueño de la inmortalidad. Hasta entonces estuve creyendo que serían eternas las pinceladas rebeldes, los versos más tristes esta noche y el entrañable Cant dels Ocells. De la realidad política, mejor no hablar. En Chile se suicidaba Salvador Allende en el Palacio de la Moneda, asediado por el golpe de estado de Pinochet. Mientras que aquí al dictador tan solo se le hinchaban las piernas.

Sobre los ojos y la genialidad de Picasso, el poeta Rafael Alberti supo desplegar la fuerza expresiva de sus versos en “Los 8 nombres de Picasso” (Ed. Kairós).

Y no estaba muerto

Cuentan las crónicas biográficas que el recién nacido no emitía sonido alguno y que la comadrona lo depositó en una mesa. Considerando que el niño estaba muerto, dedicó todas sus atenciones a la parturienta. Fue su tío Salvador, médico de profesión, quien decidió echarle el humo de su cigarro puro al rostro y la criatura comenzó a tragar bocanadas de aire y a chillar. No estaba muerto. Fue así como comenzó una larga e intensa trayectoria vital que alcanzaría casi los noventa y dos años y configuraría buena parte de un nuevo lenguaje artístico a lo largo del pasado siglo. Hasta aquel día de abril del 73, no descubrimos que la inmortalidad era inexistente hasta para nuestros mitos. Pero ha pasado el tiempo, y como dejó escrito el poeta: «…la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, / es el único argumento de la obra.» Sin embargo buena parte de aquellas pinturas hoy sigue formando parte indeleble de los signos gráficos que han configurado nuestro imaginario hasta casi alcanzar el único argumento de la obra. Todavía recordamos cómo nos perturbó la primera vez que a través de una reproducción, descubrimos a las putas de un burdel del carrer de Avinyo; representadas o más bien estrujadas a su modo sobre el lienzo, con los rostros distorsionados, de miradas inquietantes todas ellas, pero sobre todo las dos figuras de la derecha, coronadas por una especie de máscaras africanas; masas volumétricas de carne rellenando todo un conjunto que ya parecía augurar el inmediato cubismo.

Cubiertas del catálogo de la malograda exposición de la “Suite Vollard” en la Galería Theo (1971) y la del crítico libro de John Berger (1990).

La suite Vollard

En el otoño de 1971, con motivo de los noventa años que Picasso acababa de cumplir, Elvira González y Fernando Mignoni decidieron homenajearlo. Montaron en la Galería Theo aquella exposición legendaria, con más de una veintena de grabados de la Suite Vollard. Allí irrumpieron los Guerrilleros de Cristo Rey que destrozaron los cristales protectores de las obras para quemarlas, apuñalarlas y esparcir sus restos por el suelo entre unas octavillas en las que acusaban al pintor de antipatriota, comunista militante, pornógrafo e hijo ilegítimo (sic)… Este grupo de ultraderecha reivindicó más tarde el atentado y Blas Piñar, inspirador de Fuerza Nueva, desde las páginas de ABC lamentó la “gamberrada” tras su propia frustración, al creer que los grabados destrozados pertenecían a la serie Sueño y mentira de Franco, que “vergonzosamente” ya fue expuesta en 1937 en el Pabellón de la República Española en París, junto al Guernica. No llegué a ver siquiera los restos calcinados de aquellos grabados, pero conservo como un fetiche el catálogo de la Exposición, que me regaló Mignoni quince años más tarde.

El Guernica

En septiembre de 1981 –a punto de cumplirse el centenario del pintor– llegaba a España, en el más absoluto de los secretos, el Guernica. El emblemático cuadro que el gobierno republicano encargó al artista malagueño para el Pabellón Español en la Exposición Internacional de París de 1937. Viajó en la bodega de un Boeing 747 de Iberia, procedente de Nueva York, donde había permanecido durante cuatro décadas en una de las salas del Moma. Picasso expresó claramente su rechazo a exhibirlo en España mientras no fueran «restituidas las libertades públicas». Se trata de un sobrecogedor retablo –por supuesto en escala de grises– sobre los efectos de la barbarie. Poco después lo pudimos contemplar, tras los vidrios de una cámara acorazada, a modo de extraña pecera, en el Casón del Buen Retiro. Paradójicamente el símbolo de aquella matanza bestial perpetrada por la Legión Cóndor contra una población indefensa, aun la trataban de proteger –más de cuarenta años después– de la posible venganza de una ultraderecha escocida en su ignorancia y todavía dispuesta a calcinar la historia. Apuntaba el pintor Antonio Saura, en su peculiar libelo Contra el Guernica (Ed. Turner): «Odio al Guernica porque durante muchos años fue la única pintura presente en casa de todos los intelectuales españoles.» Algo de razón tenía el pintor aragonés en aquella recopilación de aforismos crítico-laudatorios, cuando nos recuerda como los progres de un tiempo de mordazas, conseguíamos pasar de matute reducidas reproducciones de aquel fetiche reivindicativo, ante la inquisitiva mirada de los carabineros del Régimen. Una litografía que más tarde aparecería colgada en cualquier rincón significativo de nuestras casas, ocupando el lugar donde en otro tiempo lució una Santa Cena repujada en Plata Meneses.

Dos collages de V.A.S. en homenaje a Picasso.

Éxito y fracaso de Picasso

Comenta nuestro admirado John Berger en uno de los últimos capítulos de su libro Éxito y fracaso de Picasso (Ed. Debate) que: «Hacia 1943, el segundo y último gran período de su vida como artista había terminado. En ese tiempo había pintado algunos cuadros malos, pero también otros magníficos. Después de 1943 ya no produjo nada comparable. ¿Por qué?» Para esta pregunta –cincuenta años después de su muerte– muchos de sus admiradores aún no hemos encontrado respuesta. Sin embargo no deja de ser curioso que a partir de una etapa determinada de su larga vida comenzaron a proliferar mucho más los libros de fotos sobre el personaje que sobre su pintura última. Retratos de Davos Douglas Duncan, Brassaï, André Villers, Lucien Clergue, Bill Bandt, Cecil Beaton y hasta Robert Doisneau que lo inmortalizó con aquella camiseta a rayas, popularizaron a ese Picasso que nosotros, desde una ilusoria juventud, creíamos inmortal. Era un tiempo en que las personas mayores siempre nos parecían mucho más ancianas de lo que eran. Por eso lo convertimos en ídolo de nuestra raquítica rebeldía. Nos resultaba provocadora la supuesta eterna vitalidad de aquel marinero en tierra que, a veces, se dejaba retratar semidesnudo mostrando orgulloso una fortaleza muscular casi irreal a sus ochenta y tantos años.

Regresar a Picasso

Mientras que a través de su pasado creativo aprendimos a perfilar algunos de los mejores momentos de la pintura contemporánea, regresar hoy a Picasso nos supone –cuando están a punto de cumplirse cincuenta años de su muerte– una desoladora decepción al revisitar su obra a partir de los años cuarenta y un desencanto al conocer más a fondo tan controvertida trayectoria vital. Aparte de sus luces, algunos críticos como John Berger y Arianna S. Huffington con su obra Picasso, creador y destructor (Ed. Maeva) nos han mostrado bastantes claroscuros de su carácter. Por supuesto sin ahondar en los testimonios de algunas de las mujeres que compartieron tormentosas relaciones con él: Fernande Olivier, Marie-Therese Walter, Dora Maar, Geneviève Laporte o Françoise Gilot. Pero esa, es otra lamentable historia.

 

 

 

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