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Roca Radiadores, entre Vía Complutense y la calidad del paseo / Por Antonio Campuzano

Roca Radiadores, entre Vía Complutense y la calidad del paseo / Por Antonio Campuzano

Ambos lados de la Vía Complutense, desde el camino del Cementerio y la muralla hasta la rotonda de Sebastián de la Plaza, con la facultad de Derecho y la gasolinera Cepsa del platillo volante, constituyen por sí mismos espacios para el paseo ceremonioso, el dinamismo de diseño personal, el esparcimiento en terrazas, el ojeo de ofertas de la “etetés” con nombres cada vez más alejados de la comprensión laboral, las secciones de lo que se entendía como centrales sindicales, cuando CCOO era un nido de metralla contra la economía nacional , y ahora forma parte del corredor de la calma, para el desenvolvimiento de ciudadanía y funcionariado, profesores y escolares, oficiales y clase de tropa. Pero mejor la detención en los doscientos metros de fachada de la fábrica Roca.

A la entrada por el camino del Cementerio, con automatización y control de accesos, se le suman dos puertas aparentemente en desuso en paralelo a la Vía Complutense, una de las cuales goza de la protección aérea de la marquesina protegida, como gran parte de la fábrica, construida con dedicación bajo el designio técnico de los arquitectos José Azpiroz y Rafael Llopis, entre los años 1957 y 1966. El primero de los cuales gozaba de la autoridad de la arquitectura municipal y también firmó los planos del antiguo mercado municipal y el hospital del Vallés, sin olvidar las galerías Piquer del Rastro madrileño, con su juego de balconadas.

La imagen del corredor con su ropa deportiva ceñida estanca su atención del mundo complutense con la ayuda de los auriculares inalámbricos, pero la calidad anatómica de los aparatos no es suficiente como para no reparar en el conjunto extraordinario que compone el negro del asfalto de la antigua nacional II, con destino a Zaragoza y Barcelona, el gris de la acera corredor de transeúntes de distinta catadura, no solo de corredores está hecha la condición humana; el verde de la franja de vegetación hasta la delimitación de la fábrica de Roca Radiadores, donde se alojan esculturas del museo al aire libre sobre el que habrá más atención; y el rojo del ladrillo visto con remate en piedra ideado en el proyecto original.

En ese marco se abrieron laboral y profesionalmente dos mil personas en los mejores años de las postrimerías del franquismo y los virginales de la transición. El paseo no puede abarcar propósitos sociológicos, pero tampoco es marginal por necesidad no pensar en las acampadas de hace unos años, cuando los expedientes de regulación de empleo (ERTE, por sus siglas en español) amenazaban el presente económico y de alguna manera el pasado sentimental. Los
merodeos jubilados de aquellos que fueron activos en aquel entonces no podrán olvidar los diseños de los monos, las amplitudes de las naves, las bocinas de los cambios de turno, los refranes de los encargados y jefes de sección, todo ello entre porcelanas y bañeras, inodoros y lavabos, hornos y esmaltes. Y los desplazamientos al borde de la hora, los R-5, los Simca 1000, los Ford Fiesta, las Vespas. Todo ello visto por la curva de diseño de la R mayúscula de Roca, con su ola dibujada en el subsuelo gráfico de la marca, tan reconocible como las escatológicas “visitas” al señor Roca. En 2012 se resideñó el logo para perfilar y añadir el azul oceánico a la paleta de color.

Tras la verja que separa las oficinas y almacenes de la vía de circulación arterial de la ciudad existe una gran riqueza forestal con especies arbóreas variadas que dan continuidad al referencial centro de respiración que es el parque O,Donnell, en aparentemente justa reciprocidad por los méritos de Leopoldo con mismo apellido de origen irlandés que el parque, quien a mediados del siglo XIX representaba a los liberales, quienes si bien poco podían presumir de tales podían intentarlo frente a los carlistas de entonces. El parque del tinerfeño con ancestros irlandeses Leopoldo O,Donnell da paso en dirección a Madrid a las trece hectáreas que componen todo el gigante Roca, en sus diferentes espacios de depósito, oficinas y aparcamientos, y entre ambos y la vía Complutense, donde la soberanía es del coche a motor, surge la franja 600 metros cuadrados de herbáceos y arbustos donde crece la vegetación y también las formas escultóricas que le pertenecen al sector Roca en el museo al aire libre, sin más que el albedrío para la contemplación y la visita.

El paladeo de las hierbas es mejor dejarlo en manos de Manolo Peinado, para quien la biología es de este mundo, que sería otro o nada sin la clorofila y la fotosíntesis. De la escultura libre de ataduras y barreras arquitectónicas sabe Pepe Noja y de Pepe Noja sabe Vicente Alberto Serrano, cuya mirada azul tanto ha visto y conocido. Noja es el valedor de las formas al aire libre en Alcalá y tantos otros sitios, discípulo de Pablo Serrano y su monumentalidad y asociado a la autoría del monumento a Azaña camino de Villalbilla para que no se pierda en la altitud lo que fue un espejismo temporal llamado República. Hay esculturas fronterizas al territorio Roca, que participan de la dureza de la producción sanitaria, en convivencia con el bronce y el hierro de la fundición artística. Jorge Seguí, natural de la Misiones argentina, entre Uruguay y Brasil, casi bañada por las cataratas de Iguazú, aporta la entronizada El Cochecito, señora alta, compacta y maciza de composición y carácter, que empuja un rectilíneo cochecito donde viaja un niño que parece adulto por rasgos y apego a la materialidad del coche. Luis Caruncho, epígono en pintura de Daniel Vázquez Díaz, también está presente en la escultura de dos volúmenes engarzados como siameses con voluntad finisterral que se denote la calidad coruñesa del autor, entre mareas y trallazos del mar. Casi en el cruce de la Vía Complutense con Camino del Cementerio, también matrimonio de conveniencia para ambas categorías, el hierro del artista y la porcelana de Roca.

Otro que llama la puerta de la vecindad de Roca es Rafael Barrios, ya en la trayectoria de los ochenta años, venezolano de origen pero nacido en Baton Rouge, en la Luisiana de los Estados Unidos de América. Para empezar alguien en los estudios de periodismo y comunicación, como Marshall MacLuhan, sí, el de “el medio es el mensaje”, dijo de Barrios, que su obra “es como fruta fresca para el pensamiento”. Así lo demuestra su obra de los cuatro rombos, de un azul mediterráneo, aquel que tanto perturbaba a Baroja en sus ligerezas contra Azorín, natural del alicantino Monóvar y persuadido, como nuestro Barrios escultor, de la bondad del azul, sobre todo cuando combina con desafíos a la gravedad y a los juegos de las compensaciones de pesos y medidas. Si hubiera una necesidad de conclusión, ahí entraría la recomendación del paseo, el consejo de la calma en el mismo, la advertencia de los riesgos de la prisa.

Y Roca Radiadores, en Alcalá desde 1962, el año histórico del contubernio, y el de la amplitud de perspectiva laboral y de enseñanza sindical de tantas gentes de Alcalá, descubridoras de las bienaventuranzas de la loza para la higiene personal, las costumbres de la producción en serie y el abandono del campo y sus servidumbres en beneficio de un siglo XX a cuyo final se apuntó la ciudadanía con ganas de futuro.

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