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Susana, en el Paco de Lucía / Por Antonio Campuzano

47 minutos, un primer tiempo de partido de fútbol, más dos añadidos como descuento, fue el tiempo invertido por Susana Díaz, en su presentación en sociedad en Alcalá como candidata a la secretaría general del PSOE. Ajeno el auditorio a lo sucedido simultáneamente en el estadio Santiago Bernabéu, una candidata embutida en pantalón negro y camisa blanca «de la esperanza «, trascendió los colores béticos de Blas Infante, simbolizados por la chaqueta verde de la local Yolanda Besteiro y la solitaria bandera verde y blanca andaluza ondeada por Pepe Macías, impasible el ademán al final de la Epifanía de la Señora enviada desde el palacio de San Telmo para conquistar el partido otrora hegemónico.

600 escaños de entusiasmo sentado y de éxtasis de pie cuando el brazo derecho de Susana se erigía en diapasón del desbordamiento emocional. El lenguaje gestual de la presidenta andaluza tiene pocos movimientos pero de un rendimiento apasionadamente industrial. Mano derecha arriba y abajo con implosión verbal a la par que enfatiza, quizá convenza y seguro que embriaga en determinados caladeros. La «gimnasia espiritual que es la misa», que decía Umbral, en Susana es un ritmo frenético laico que  ahoga en los momentos en que resulta igual oír como sentido que desoír como intención.

susanadiaz

Ni una sola referencia a Sánchez ni a Patxi López. Todas las referencias a Zapatero y Felipe González. También para la difunta Carme Chacón . Por no hablar de los presentes que corren por su banda, Tomás Gómez incluido, quien junto con sus leales ocupaban varias butacas reservadas al efecto. Y la unidad como destino en lo universal, para lo cual lo acontecido el 1 de octubre debería filtrarse por una Comisión de la Verdad, sin lo cual el resultado de mayo tendrá un déficit de autoridad muy estimable.

100% PSOE rezaba la trasera más el nombre de Susana Díaz. Y 21 acompañantes de entre los jóvenes y «jóvenas», por allí deambulantes, como es ya costumbre, «quietos como ídolos», como decía Vargas Llosa, solo interrumpida su quietud por el espasmódico aplauso.

Por su parte, Yolanda Besteiro había declarado su amor incondicional a la invitada, con diecisiete anáforas consecutivas. Compañeros y compañeras, así hasta diecisiete entradillas, solo quebradas por la inclusión de un catedrático de Metafísica para ilustrar la tarde, Don José Ortega y Gasset. Saltó a la argumentación «el vértigo de lo movible», el filósofo de referencia de la modernidad, de quien Indalecio Prieto decía que «sólo quería fallecer», y los abanicos se agitaron más allá de lo razonable.

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