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Unamuno en Alcalá / Por Vicente Alberto Serrano

Unamuno en Alcalá  /  Por Vicente Alberto Serrano

Luces y sombras

Desde los tiempos del Instituto, todavía me sigo preguntando que en aquella ya tan lejana y desinformada adolescencia a Unamuno siempre nos lo mantuvieran omnipresente. Éramos jóvenes y su imagen nos llegó a impresionar de tal manera que terminó convertida en algo así como en el icono de la angustia. No sé por qué sibilina razón, en tiempos de tanta prohibición, su lectura no solo nos estaba permitida, sino a veces hasta recomendada. El escultor Pablo Serrano logró inmortalizarlo en bronce a la puerta de su casa, allá en Salamanca. Lo leíamos entonces con enfermiza atención: ensayos, novela, teatro y hasta poesía en los míticos volúmenes de la colección Austral que variaban el color de sus cubiertas según la temática. En uno de los estantes de mi biblioteca hoy abunda el verde, tono cromático que marcaba los tomos de ensayo. Todavía recuerdo que El sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, Contra esto y aquello o En torno al casticismo, lograron ponerme el alma en un puño durante los turbios años juveniles; por supuesto solo a través de los párrafos que alcanzaba a entender, porque aquello era un entramado de angustia, enredado entre el egocentrismo de su autor que mientras trataba de descubrir la razón de su existencia, conseguía salpicarnos a todos con sus temores. Sus novelas me resultaban de más fácil lectura aunque igual de inquietantes cuando, por ejemplo, el protagonista de Niebla se rebelaba contra su autor, negándose a morir o nos narraba las dudas de fe del párroco de Valverde de Lucerna en San Manuel Bueno, mártir. El teatro unamuniano siempre me pareció acartonado, inmóvil y complejo de montar sobre un escenario. Tal vez fuera un teatro para ser leído en lugar de representado. Conocí el texto de Fedra en las tres entregas de la mítica revista La pluma y creo que solo he asistido a la representación de una de sus obras: El otro. Por tanto no se puede decir que esté muy autorizado para analizar ese tipo de dramaturgia. Respecto a la poesía, sus versos eran tan contundentes –como labrados en piedra– de una fuerza vital tan intensa que paradójicamente nunca alcancé a memorizar alguno de sus poemas. Sin embargo mi tocayo el cantaor Vicente Soto si tuvo el valor de interpretar por tanguillos una de las poesías de Unamuno.

Cubierta de la revista “Gutiérrez” y Unamuno, escultura de Pablo Serrano en Salamanca.

El socialismo de Unamuno (1894-1897)

En el libro de bachillerato de aquella época (Lázaro Carreter-Correa Calderón, Ed. Anaya) se nos señalaba que Unamuno «perdió la fe a los veintidós años, tal vez por el deseo de intentar explicársela racionalmente.» En tiempos tan irracionales como los que sufríamos por entonces, nosotros aún nos preguntamos hoy cómo se perdía la fe y sobre todo dónde y cuándo se le llegó a extraviar al autor de La tía Tula; el mismo que en sus ardientes años juveniles escribía artículos, casi panfletos, en una publicación que se titulaba La lucha de clases, publicada en Bilbao. Aquel Unamuno que terminamos creyendo conocer como un ser contradictorio, siempre cambiante hasta el final de sus días. Tal vez las reflexiones de Carlos Blanco Aguinaga en un artículo titulado “El socialismo de Unamuno (1894-1897)” recogido en su libro Juventud del 98 (Ed. Crítica) consiguieron aclararnos el complejo perfil ideológico del personaje; del mismo modo que Pablo Serrano supo cincelar magistralmente un rostro que parecía cuestionar su realidad, apoyado sobre esa contundente masa de bronce, que se nos antoja que representa la tormentosa obra literaria que nos legó. Figura erigida junto a la puerta de su casa en Salamanca, allí donde murió la última tarde del año 36. «¡Cómo iba Unamuno a haber entendido algo de economía política y, para colmo de marxismo, –comentaba Blanco Aguinaga en aquel artículo– cuando sabemos de sobra que después renegó de todo racionalismo, de la economía, de la sociología y de todo materialismo!».

“Los pobres soldados vagan por los soportales de la calle Mayor” escribía Unamuno. Calle Generalísimo en los años cuarenta del pasado siglo.

Con el Padre Lecanda

En noviembre de1888 Unamuno se traslada a Madrid para opositar a la cátedra de Metafisica de la Universidad de Valladolid –que por cierto no consigue– pero adelanta el viaje al día de Todos los Santos  para visitar, en Alcalá, al Padre Juan José Lecanda, jesuita prepósito del Oratorio en San Felipe Neri, al que le unía una gran amistad desde los tiempos de su niñez, cuando él, como miembro de la Congregación de San Luis Gonzaga, soñaba con ser “santo y erudito” y el Padre Lecanda era entonces su director espiritual. Al año siguiente, por las mismas fechas, oposita de nuevo en Madrid a las cátedras de latín y castellano –que tampoco consigue– pero en el espacio de tiempo entre los dos ejercicios, se refugia de nuevo en la ciudad complutense para revisitar a su amigo y confidente. La huertecilla del Oratorio le aporta esa serenidad y paz interior tan deseada. Los paseos por los campos cercanos en compañía de su paisano que, por cierto, tanto admiraba las soledades de aquellos  páramos, a él le lleva a comparar constantemente el paisaje vasco de su infancia con el adusto paisaje castellano. El 18 de noviembre de 1889, publica en la Hoja literaria de El Noticiero Bilbaíno, un extenso artículo titulado “En Alcalá de Henares”, dedicado «A mí muy querido amigo don Juan José de Lecanda». Recogido en el libro De mi país, (publicado en la colección Austral), perfila una imagen de la “desvalida patria de Cervantes” que todavía hoy sigue escociendo a algún que otro alcalaíno de pro, a pesar de que hace más de un siglo de su publicación. Tampoco es de extrañar cuando se leen párrafos como estos: «En Alcalá es hoy todo tristeza, y si se fuera la guarnición, quedaría desolado el carácter terroso de la corte de Cisneros. […] A los frailes y estudiantes han sustituido empleados y militares; los conventos sirven de cuarteles, y algo de vida da al pueblo la vida sin alegría de los presidios. Los pobres soldados vagan por los soportales de la calle Mayor, los oficiales ociosos carambolean en el casino o enamoran para matar el tiempo, los alcalaínos se distraen en coleccionar fierro viejo, barrotes viejos, cuadros viejos, en leer y componer poesía vieja, en cosas incomprensibles, o poco menos, en nuestro país.» Afortunadamente ha pasado el tiempo, la tropa dejó de saturar los soportales, uno de los presidios se ha convertido en un flamante parador junto a los ruinosos restos de aquella otra Galera que albergó a infinidad de reclusas, justa o injustamente condenadas. En cuanto a los alcalaínos, a lo mejor solo algunos nostálgicos siguen coleccionando cosas viejas, mientras una nueva población ha crecido en esta ciudad, para bien, e intuyo que, afortunadamente, estarán a otras cosas.

Cubierta del “Diario íntimo” y fachada del Oratorio de San Felipe, con el balcón al que posiblemente se asomaba Unamuno de madrugada.

Diario íntimo

Casi una década después, en marzo de 1897, Unamuno afronta una profunda depresión cuando las inquietudes religiosas que le sacuden se funden con la obsesiva preocupación sobre el futuro de Raimundo, su tercer hijo, enfermo de una meningitis que degeneró en hidrocefalia. La noche del 21 al 22 de marzo sufre tan violenta crisis que huye de su casa al amanecer, dirigiéndose al convento de los dominicos donde, al parecer, se encerró durante tres días. Después escribe al Padre Lecanda, tratando de describirle lo sucedido. Lecanda le contesta a vuelta de correo y le recomienda que, en cuanto se tome  lsas vacaciones de Semana Santa, viaje a Alcalá. Unamuno permanecerá en el Oratorio de San Felipe desde el Domingo de Ramos al Domingo de Pascua, asistiendo a unos ejercicios espirituales; es allí además donde comienza a rellenar el primero de una serie de cinco cuadernillos de tipo escolar que terminará denominando Diario íntimo (Alianza Ed.). Los inicia con una cita de Tomás de Kempis en su Imitación de Cristo y a lo largo de todos ellos va redactando un conjunto de íntimas reflexiones; máximas a través de las cuales se cuestiona constantemente su pérdida de fe. En el primero, escrito íntegramente en esta ciudad, durante aquel retiro de Semana Santa, podemos leer. «Esta noche, cavilando aquí, en el balcón, en esta calma de Alcalá, al observar mi sequedad y pensando en la muerte se me ha ocurrido esta idea: yo no tengo alma, sustancia espiritual, no tengo más que estados de conciencia que se disiparán con el cuerpo que los sustenta.» La muerte le sobrevino la última tarde del año 36, en la mesa camilla de su casa, allá en la Salamanca franquista. Ahora, cuando paseamos por la Plaza de San Felipe, redenominada lógicamente con el nombre de Padre Lecanda, dirigimos la vista hacia aquel balcón. Hoy permanece vacío, pero evocamos irremediablemente a don Miguel de Unamuno y Jugo; regresamos a sus libros de páginas manoseadas, amarillentas, letras minúsculas y subrayados iniciáticos para reflexionar, desde la distancia, cómo nos llegó a influir e inquietar, sin entenderlo del todo, en aquellos años de la adolescencia.

 

 

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