“Nosotros creíamos en aquel sueño con los ojos abiertos”, así se manifiesta el poeta rumano Mircea Cârtârescu sobre la revolución de 1989. Traspasado el ambiente en giro perdonable al Municipal del Val, los ojos abiertos de la afición del Alcalá permanecían llenos de sueño hasta el minuto 46, uno de descuento, en que Benji Núñez, con el 22 a la espalda del equipo cacereño del Coria, anotó el segundo gol del litigante para la liguilla de ascenso.
Los ojos abiertos de la militancia del Alcalá perseguían el triunfo ya con el atuendo, había simpatizantes, amigos y familiares de los locales con la indumentaria de las grandes ocasiones. Colores blancos, amarillos y también rojillos con el nombre de los dorsales de conocida raigambre, Pantoja, Izan, y así. Los niveles de optimismo ya de por sí elevados experimentaron alegría y confianza allá por el minuto 12 de la primera parte, cuando Koné afrontó con gol una indecisión de la defensa visitante. Bueno, pues ahí quedó la falta de criterio defensivo del equipo cauriense, que al parecer así les gusta ser denominados a los de Coria, transmutados en el color azul purísima, tirando a Uruguay, de su casaca. Cien de Coria, uno más uno menos, se alojaban en el córner derecho de la portería hacia la ubicación de poniente.
A la media hora de juego, un acierto de enorme calidad de Tomy, disparo al palo largo, abrió la compuerta de las dudas de la formación rojilla y al mismo tiempo abrió las intensidades defensivas del Coria. Nada fue igual, los choques que se dirimían tenían un ganador, que casualmente llevaba una camiseta azul con un mix de cinco patrocinadores. El diapasón defensivo, en nivel alto, para lo cual es preciso contar con la comprensión del árbitro, que convalidaba los choques cuerpo a cuerpo como liza masculina con el fútbol como categoría validante. Gorka Mazo Marturi, árbitro del colegio castellano y leonés, apenas pitaba infracciones cuando la fuerza física estaba en juego. Choques, fricciones, emparejamientos, siempre el balón en franquía del Coria. Su entrenador, Rai Rosa, apócope de Raimundo, doble del cantaor Miguel Poveda, vestido de calle, daba instrucciones en tono bajo. La gesticulación se la dejaba a su segundo, en actitud muy de estos equipos de la categoría segunda federación. El primer entrenador convalida su adiestramiento con las maneras versallescas mientras el segundo no solo asume el lugar común del poli malo, sino que se come a su madre y a su padre con aspavientos y oratoria belicista. Pudiera ser reparto de papeles, pero les salía bien. Naturalmente con la contribución de Benji Núñez, quien registró a su nombre la banda derecha, la defendida por Marco, que sufrió todo un partido por la aparición de la pantera canaria con ascendencia dominicana, la de Núñez, quien al parecer defiende con dedicación la camiseta de la república caribeña en la competición CONCACAF, que aglutina a Norteamérica, Centroamérica y Caribe. Así, sin concederse importancia.
El segundo tiempo, alargado hasta el minuto 100 por las dilaciones en la superación de lesiones y demás por parte del Coria, fue una sucesión de atragantones complutenses, pero todos ellos con el matiz de la impotencia. Vivar Dorado, en su prueba de fuego, cambió todas las líneas, especialmente la defensa por más médula ofensiva. Retiró a Borja Sánchez, quien dio media vuelta al estadio con parada en el sector de Brigadas, que practicaron el acordeón ordenado y marcial de sus huestes de formación guerrera. Borja, más cerca de los cuarenta que de los treinta, con su segunda parada en el equipo rojillo, aquel que llegó a jugar en su juventud con gentes como el mítico Joselu, rumiaba el final de etapa en su itinerario deportivo. Aquella superficie defensiva, telegrafiaba Borja, no era apta para la erosión de este Alcalá. Tres pitidos finales y las gentes y la afición empezaron la digestión con mucha dignidad. El sentimiento de aquiescencia de Borja fue transmitido con calma al resto del estadio. Era como decir “gracias, y otra vez será”. La voz bronca de las Brigadas se hizo escritura en pancarta para abandonarse al Día de la Madre. Decía la rotulación “Perdóname, madre, por mi vida loca. Feliz Día”. Más encomiástico que la metralla política del presidente de gobierno y derivados.
Al fútbol lo que es del fútbol. Coria se encomienda al ascenso con la pertenencia natal de César Sánchez, aquel portero del Real Madrid, y por otro lado, de Rafael Sánchez Ferlosio, vecino y dueño de las miasmas del pueblo.
Antonio Campuzano.




























