Fútbol. El Alcalá y la atmósfera de Juan Guedes (RSD Alcalá 2 – 1 Las Palmas B )

Fútbol. El Alcalá y la atmósfera de Juan Guedes (RSD Alcalá 2 – 1 Las Palmas B )

Por Antonio Campuzano

El “open day” ya universalizado pero que en España se sigue denominando “días de puertas abiertas” dio paso a un ambiente de gala en el Municipal del Val. Sin llegar al paroxismo de la jornada del Hércules o el Girona, pero en esa dirección, que la historia hay que digerirla. Historia y memoria circulan por el mismo ancho de vía. 27 grados centígrados ni siquiera eran suavizados por la ribera del Henares. Vivar Dorado era una figura longilínea dentro de un polo blanco y Raúl Martín, el entrenador de Las Palmas, insularmente incrédulo de la temperatura, seguía con la manga larga que le dictaba el pull over.

Llegó Las Palmas, en su versión filial, pero, como la poesía, vino como arma cargada de futuro. Y lo hizo a través de su número once, Johan Guedes, descubrirse a la orden por el nombre y por el apellido. Del Johan tulipán de las delicias holandesas se ha dicho todo. Pero en Guedes, en Las Palmas, está el sentimiento y la pena por lo que significó Juan Guedes, en aquel Las Palmas, de los años sesenta, que rivalizaba con los grandes en la Liga y a la hora de aportar jugadores a la selección. Juan Guedes, organizador de estilista figura, mitad brasileño mitad canario, de zancada larga, color trigueño dorado, hacía amar el fútbol. Ver en el Municipal de Val a un Guedes abría la compuerta de la emoción por su obra y por su cita con la temprana desaparición de este mundo. A todo esto el fútbol continuaba con el Alcalá metido en la batalla final por la fase de ascenso, quién lo iba a decir en la mitad del invierno. El equipo en su integridad trabaja con la dedicación laboral encomiable, pero los aciertos en los fichajes no tienen descripción. Se habla de Koné, una tabla de lavar artesanal con el número 19 a la espalda, que inquieta, preocupa y perturba, casi como aquella trinidad de la pitonisa de las madrugadas. Pero se le ha añadido el número 17, Alburquerque, al que el cariño le suspende las dos sílabas finales. Albur tiene el valor añadido más sencillo del mercado: todo lo que hace lo hace bien. Retiene, mira, pasa, busca huecos, los encuentra….y por si acaso, tiene gol. El costamarfileño y el llegado del Moscardó, un gol cada cual, colocan a la Real Sociedad en el punto concreto donde las aspiraciones se dan cita con las decepciones, o al revés. Si se impone lo primero, lo aspiracional, puede que haya llegado el momento del sueño, no el de la pesadez somnolienta, sino el onírico de las grandes ocasiones, donde las puertas abiertas serían poco complemento para objetivo tan largamente perseguido.

La parroquia rojilla sigue en las gradas y tribuna con los latiguillos en forma de lugar común. Por ejemplo, “tres puntitos que vienen mu bien”. O sea, el diminutivo aplicado a un triunfo sobre el que no se tenían todas las seguridades. El 2-1 seguía en el marcador y el árbitro no pitaba el final, el balón cruzaba o no cruzaba la línea lateral: “que ha salío…”. Recursos que tiene el lenguaje en el Val. Guedes, Tonono, Castellano, Martín II, el tiempo condensado en el recuerdo. El equipo del pío-pío cae bien en general y en particular.

 

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