Iluminaciones en la sombra
El 24 de abril de 1982, poco más de un año después que un tricornio violento hubiese tratado de cargarse aquella inicial democracia y algunos meses antes que diese comienzo el Mundial de fútbol, se estrenaba en el Teatro Español de Madrid Las bicicletas son para el verano (Col. Austral) escrita por Fernando Fernán Gómez en 1977 y galardonada con el Premio Lope de Vega en 1978. Dirigida por José Carlos Plaza. El 14 de octubre de 1949, en plena dictadura franquista, se estrenaba en el Teatro Español de Madrid Historia de una escalera (Col. Austral) escrita por Antonio Buero Vallejo en 1947 y galardonada con el Premio Lope de Vega en 1948. Dirigida por Cayetano Luca de Tena. Tres décadas separaron en el tiempo un texto del otro y sin embargo ambas obras son claros ejemplos –principio y fin– de una tendencia de teatro realista y social que se inició en los tiempos siniestros de oscura posguerra y llegó hasta los inicios de una ilusionante democracia. Aquella posguerra fue cuasi infinita y algunos trataron de arrancar, infructuosamente, la mordaza de una miseria tan desoladora, de destinos tan inciertos que se empeñaron en salpicar con el fracaso hasta las leves ilusiones juveniles. Buero pretendió perfilar su denuncia a través de la frustración, encarnada en aquellos dos personajes aplastados por la vida: Fernando y Carmina, que trataron de luchar inútilmente, pero dejaron consumir su desventura enredados entre oscuros escalones. Al final de la función observan con irremediable tristeza el futuro tan parecido que tal vez les aguarda a sus hijos que se obsesionan por hilvanar con amor y sobre todo con esperanza un futuro mejor. Fernán Gómez describió una época anterior, causante de todo el pesimismo posterior que ya percibimos en Buero. Las bicicletas son para el verano nos narra los inicios y el desarrollo de la guerra civil española a través de la enrarecida cotidianidad de familias que sufren y padecen los avatares de una realidad absurda y traumática que se consume en el interior de los pisos de esa otra escalera. Las ilusiones perdidas de Luisito que no alcanza a conseguir tan ansiada bicicleta porque aquel golpe del 36 no solo rompió el verano sino todo tipo de ilusiones. En esta otra función, antes de que caiga el telón, su padre le aclara a Luisito que no ha llegado la paz, tan solo la victoria.

Dibujo de Buero para “Historia de una escalera” (1947) y cartel de “Las bicicletas son para el verano” (1982).
Cualquier tiempo pasado fue dramático
El año pasado el amargo testimonio de Antonio Buero Vallejo volvió a subir a las tablas porque se repuso en el mismo teatro que se estrenó hace más de setenta años; dirigida ahora por Helena Pimenta y es que todo aquello, lamentablemente, todavía no nos suena tan viejuno. Tras el éxito de público en los escenarios del Teatro Español y posteriormente en el Centro Cultural de la Villa –allá por el 82– el texto de Fernando Fernán Gómez se llevó al cine dos años más tarde, dirigido por Jaime Chavarri. Se trata, sin lugar a dudas, de dos títulos emblemáticos de nuestro teatro contemporáneo, fundamentales pero sobre todo porque los seguimos considerando necesarios para tratar de conocer y descubrir que aquel tiempo pasado nunca fue mejor, sino más bien dramático.
Los juegos del hambre
En una secuencia de la obra teatral de Buero, que intentó trasladarla a una época intemporal ante la censura imperante, toda miseria se percibe cuando al comenzar la representación aparece por aquella escalera amarga y desesperanzada el cobrador de la luz. Una vecina mirando el recibo exclama apesadumbrada: «No sé cómo vamos a poder vivir». Pero sobrevivieron, los unos y los otros. En el cuadro decimotercero de la segunda parte de Las bicicletas son para el verano todos los componentes de la familia de doña Dolores redefinen la imagen del hambre a través de sus intervenciones en una reunión familiar; con las bombas como telón de fondo, cada uno de ellos termina confesando cómo meten la cuchara en la cacerola que contiene las escasas lentejas del racionamiento. Ante todo intentan no ser derrotados también por la “gusa” amenazante. Hasta don Luis, el cabeza de familia trata de justificar su clandestina y vergonzosa acción por considerarse el más inteligente de esa casa; prerrogativa de su sexo y edad; se creerse por tanto con total derecho a una sobrealimentación. Es entonces cuando doña Dolores irrumpe desesperada: «¡Que llegue la paz! ¡Qué llegue la paz! Si no, vamos a comernos los unos a los otros.»

Cartilla de racionamiento.
Y llegó la paz…
… o más bien la victoria del general Franco que aparte de plantearse –desde el primer momento– la obsesiva y vengativa tarea de arrasar por completo, y con lamentables medios expeditivos de fusilamiento, el contubernio judeo-masónico y la nefasta conjura del marxismo, tuvo que justificar hipócritamente la pertinaz hambruna imperante. Pero aquella lacra, al parecer, no se llegaba a resolver ni con las nuevas cartillas de racionamiento ni con los esfuerzos del Auxilio Social. Como fervoroso y cínico devoto de un paradójico socialismo cristiano (bastante sui géneris), cierto día navegando a bordo del Azor, creyó recibir el mensaje divino al contemplar que la mar serena estaba cuajadita de lustrosos y nutritivos delfines. Por tanto si los españoles pasaban hambre era porque querían. Inmediatamente ordenó a su ministro Arrese que lanzara una campaña nacional para que las madres dieran a sus hijos bocadillos de delfín. Lo del Tulipán en las meriendas fue un spot televisivo bastante posterior.

Vale de Auxilio Social.
Sin ánimo de ofender
Y sin echar mano de la quina San Clemente que «…da unas ganas de comer…», me gustaría recomendar dos lecturas de lo más nutritivo y aclaratorio para, al menos, tratar de crear conciencia y conocimiento sobre aquellos terribles años de hambre en nuestro país. Parecido al que hoy, lamentablemente, se produce con manifiesta crueldad en otros territorios arrasados por estúpidos conflictos. El periodista Isaías Lafuente en Tiempos de hambre (Ed. Temas de Hoy) describió un desolador panorama en su intento de hacernos viajar a la España de posguerra. Por otro lado Miguel Ángel del Arco Blanco, catedrático de historia contemporánea en la Universidad de Granada en La hambruna española (Ed. Crítica) realiza un estudio en profundidad sobre los años del hambre en la estremecedora posguerra (1939-1952) de economía estancada y miseria generalizada que acabó con la vida de más de 200 000 españoles. Aquella fue una España famélica y asolada por las enfermedades. Una hambruna que en todo momento el franquismo trató de silenciar.
El Recetario de la Sección Femenina
En 1950, durante el apogeo de la fiel espada triunfadora, las chicas de la Sección Femenina encargaron a Ana María Herrera, profesora de hogar, un Manual de Cocina con recetas sencillas destinadas a las nuevas amas de casa de la España vencedora. Las páginas iniciales eran puro surrealismo gastronómico o simplemente una broma macabra para los tiempos de miseria que corrían: aportaban nociones generales, con esquemas incluidos, de las carnes en las diversas partes de la vaca, la ternera, el cordero, el cerdo… terminando con la operación algo más realista de cómo trinchar un pollo. Aquel manual ha ido acumulando ediciones hasta nuestros días ofertando recetas simples de realizar y sobre todo económicas, para solucionar cenas y comidas a seis comensales a lo largo de las cuatro estaciones del año. Hoy nos empeñamos en disfrutar de otros tiempos, otros ámbitos; a pesar de que el precio del carro de la compra parece que se dispara hacia el infinito; sin embargo los cocineros se han convertido en prepotentes “gurús” que acaparando indolentes tiempos de televisión, nos tratan de convencer sobre las excelencias de la llamada cocina de fusión, intentando crear sabores innovadores y únicos, servidos en inmensos platos con muy poquita chicha en el centro. Por estos lares, semanas atrás un establecimiento local de histórico postín ofrecía a sus clientes –también como una broma macabra– un menú familiar de antaño, con vajilla y menaje vintage pero de desorbitados precios actualizados que imagino que en estos tiempos no se lo podrían permitir ni siquiera aquella familia que contó por la tele la historia a su bola. Ríete de la magdalena de Proust. Ya lo decía un iluminado: el turismo es un gran invento.

























