Mucho antes de que existieran las cervezas artesanas, las cervezas sin alcohol o las cartas interminables de una cervecería moderna, ya había cerveza.
Su historia se pierde en la noche de los tiempos. Las bebidas fermentadas acompañan al ser humano desde el Neolítico, cuando se hizo sedentario, y la elaboración de cerveza se remonta a miles de años. En las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, la cerveza formaba parte de la vida cotidiana y llegó a tener un papel importante como alimento y bebida.
Lo curioso es que aquellos antiguos cerveceros manejaban un ingrediente fundamental sin saber siquiera que existía: la levadura.
Ellos no conocían al Saccharomyces cerevisiae, no habían visto jamás una célula al microscopio y, por supuesto, nadie les había explicado que aquellos diminutos organismos eran capaces de transformar los azúcares en alcohol y dióxido de carbono (gas). Pero habían aprendido algo esencial: si dejaban algún resto de la elaboración anterior estaba asegurada la cadena de fermentación para la siguiente ocasión. En realidad, es lo mismo que se hace con la masa madre para fabricar pan; que contiene la levadura necesaria para desencadenar otro nuevo el proceso.
Los ingredientes para la elaboración de la cerveza son cuatro: agua (85-95%), cereales (malta de cebada, centeno, trigo o cualquier cereal), flores de Lúpulo (Humulus lupulus) que aportan el aroma con el sabor amargo característico, y lo fundamental, la levadura.
Sin levadura no hay cerveza.
La mezcla de esos cuatro ingredientes fermentaba y adquiría nuevas propiedades como por “arte de magia”. Se transformaba en cerveza. El resto de levadura de la elaboración anterior era el punto de partida para otro lote de fabricación; pero hoy se puede iniciar el procedimiento desde cero, comprando la levadura directamente.
Durante siglos, la fermentación fue un fenómeno conocido pero misterioso. No sería hasta el siglo XIX cuando la ciencia conseguiría descubrir qué había detrás de aquella transformación. Louis Pasteur demostró el papel fundamental de las levaduras en la fermentación y abrió el camino hacia la microbiología moderna. Poco después, el danés Emil Christian Hansen consiguió aislar cultivos puros de levadura, logrando un avance decisivo para controlar mejor la elaboración de cerveza.

Wikipedia CC Jorge Royan
Desde un punto de vista sanitario, se recomienda tomar levadura de cerveza y, de hecho, se vende en farmacias y herbolarios en forma de copos, polvo o capsulas. En su composición encontramos vitaminas del grupo B (B1, B2, B3, B5, B9, B12), sales minerales (calcio, fósforo, silício, zinc, potasio, manganeso, selenio, cobre, hierro), proteínas de alto poder biológico (43%) y sustancias antibacterianas activas. Fortalece la piel, el cabello, las uñas y mejora la digestión.
Entonces ¿es bueno y recomendable tomar cerveza? No nos engañemos; beber una cerveza convencional no aporta una cantidad significativa, ni útil, de levadura de cerveza para obtener beneficios de salud. Beber una cerveza no es equiparable a la dosis saludable de levadura de cerveza. Científicamente no se pueden igualar. Aunque comparten el origen de su nombre, sus efectos en el organismo son radicalmente opuestos debido a su composición y procesamiento.
La cerveza contiene alcohol que es una sustancia tóxica y un carcinógeno conocido. No contiene levadura activa porque se filtra en el proceso industrial y la bebida final pierde el valor nutricional del hongo. Su consumo regular afecta al hígado, aporta calorías vacías y deshidrata las células.
Llegados a este punto conviene trasmitir un mensaje importante con dos versiones:
- La cerveza NO contiene levadura de cerveza activa y saludable.
- La levadura de cerveza ES un complemento alimentario recomendable.
Y no son incompatibles: puedes tomar cápsulas de levadura de cerveza y pedir una ronda de cervezas.
Manuela Plasencia
Farmacéutica





























