Las rayas blanquiazules del CF Talavera circundaban toda la carrocería del autobús del club toledano aparcado en la Avenida Virgen del Val, de la histórica firma de transporte Irízar, ello como afirmación de poderío deportivo aunque se haya producido el descenso de categoría, de Primera a Segunda Federación. Era el día de la apertura de la competición, primer domingo de septiembre. Con toda la fachada del estadio repintada en rojo intenso, quizá bermellón, con la estrofa “orgullo y gallardía”, del himno rojillo, con recuerdo a la tilde de gallardía, que sobresale académicamente de la línea de la serigrafía, ya superada la pintada a favor de Palestina, que sobrevivió la temporada pasada a toda la belicosidad del entorno de guerra. Entre 34 y 32 grados centígrados se desarrolló el partido con dos pausas de hidratación que convertían los banquillos en un festival acuático con lanzamiento de botellas y artilugios de plástico con el agua que perdía el valor de la curación de los masajistas antiguos para entronizar el del refresco de la temperatura y de la conciencia deportiva.
El equipo local solo era reconocible en lo que se llama ahora bloque bajo, la defensa era la misma que la de hace cuatro meses, con Chete y Javi Jiménez con los laterales Edu Viaña y Marco. El resto era territorio nuevo y sin reconocimiento previo. Vivar Dorado, que tenía en frente al técnico Rubén Pulido, ambos militantes del Getafe de sus mejores momentos, ensayaba el nuevo centro del campo con las arrugas en el rostro que produce la duda hamletiana de la vida o la muerte en la Segunda Federación. La combustión en la medular no producía en el primer tiempo daños con consecuencias en el marcador. La primera mitad fue un rosario de idas y venidas de ambos equipos en un césped con alguna calva, pese al calor incendiario de este verano interminable, pero nada que ver con las del septiembre pasado. El portero novísimo Adri Fernández, de la Real Sociedad, marró un despeje y salió un polvo del terreno de juego de análisis edafológico más que futbolístico. Entre tanto, el Talavera surtía juego en la medida en que era posible al delantero centro Sergio Benito, con gran superficie capilar dejada de la mano del Señor. Las buenas manera del ariete no arredraron la sorna del respetable: “vamos, Amrabat”, con el parecido con el jugador de Marruecos como diana de la invectiva. La respuesta de los treinta seguidores del córner de la formación toledana fue discreta, salvo una decena de partidarios uniformados con el color nada crudo del negro, absorbente de la maldad solariega hasta el punto en que se olvidaron del fútbol y sus derivados para entonar el original “Pedro Sánchez, hijo de puta”, imbatible éxito del verano. Nunca quedó claro si su presencia obedecía a la pulsión política o por el contrario a la pulsión política. Las diezmadas Brigadas seguían a lo suyo, con alguna reminiscencia al Toledo de hace algunos años, al parecer poco amistosa.
Nadie podía imaginar el cambio que habría de producirse mediado el descanso, al que se llegó con el O-O inicial. Pero Dorado pensaba y Antonio Reguero, el adiestrador de porteros, con biografía envidiable de competición por más de medio mundo, alertaba a los rojillos, sobre segundas jugadas y cosas así. Y le hacían caso. Reguero tiene futuro. Pero en el minuto 57 apareció Luis Simón, pequeño delantero centro, con el 9 a la espalda para despejar dudas, quien pisó área en primera y segunda acción para abrir el marcador. Simón, rubia melena con penúltima estación en el Cádiz, versión B, es la némesis del añorado Lacine Koné. El primero con indeclinable aspecto nórdico, fiordos o por ahí, frente al marfileño de piernas largas y ausencia de abdomen, más negro que los heraldos de César Vallejo. Simón, que en fútbol solo recuerda por nombre a Antonio Simôes, del legendario Benfica de los sesenta, apunta a ser el caprichito del Val, todo dependerá de su continuidad en el amorío con las gradas y la portería contraria. Y en el 62, gol de Kevin, de trote cansino pero eficaz. Y al final, cierre en el 85 del minutado con el recién aparecido Loren, en saque de precisión del portero Adri Fernández, obligado al olvido de Pantoja. Fernández es de estatura más apocada pero de atuendo de osadía, rosa palo con estridencia y con la elasticidad de los habitantes de la sabana africana. Ante lo cual Vivar Dorado terminaba con indisimulada alegría sobe la que no creía en la primera mitad, tiempo de adaptación a la realidad de la competición con continuos parlamentos con Edu Viaña, elegido como nexo de unión entre el pasado y el presente de ignotos resultados. Viaña terminó expulsado por la interpretación arbitral únicamente, pero con la satisfacción de reunir a su grupo de amigos, todos ellos presente en El Val con su nombre y dorsal en reivindicación del excelente lateral derecho, ojito también derecho del técnico Dorado, que mantiene las constante vitales del equipo complutense que cerró su primer partido con nota alta.
Antonio Campuzano.































