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Jesús Pajares y las fuentes de Granada / Por Vicente Alberto Serrano

Jesús Pajares y las fuentes de Granada   /  Por Vicente Alberto Serrano

Desde La Oveja Negra

«…por el agua de Granada / solo reman los suspiros…» Con estos dos versos de Lorca, engarzados en mi memoria, subía algunas tardes la cuesta del Triunfo hasta el Hospital Real. Allí comencé la carrera de letras, de eso hace ya muchos años. A un lado se quedaba la imagen de la Inmaculada, enmarcada entre una escenografía de tuberías averiadas que, al menos, durante el tiempo que residí en Granada, nunca ofrecieron espectáculo alguno de luz y agua. Perdón Federico, pero por entonces ni siquiera conseguí vi remar los suspiros. Cuentan las crónicas locales que en aquel campo del Triunfo existió una plaza de toros a la que llamaban “La Chata”. También que muy cerca de allí ajusticiaron a Marianita Pineda el 26 de mayo de 1831, en la Década Ominosa, durante el reinado de Fernando VII. El 19 de mayo de 1957, en plena posguerra, durante la Dictadura del Caudillo, ante un altar de penoso gusto erigido en ese mismo lugar, se clausuró el IV Congreso Eucarístico Nacional, adobado con el artificial lirismo de unas palabras del Papa Pío XII, retransmitidas en directo desde el Vaticano; en ellas aspiraba a que subiera: «…desde las vegas granadinas, perfumado con los mejores aromas de sus cármenes floridos, un soplo de verdad y vida». Al parecer Franco, que asistía a aquella esperpéntica ceremonia en compañía de sus esposa, se vino arriba –una vez más– y finalizó su alocución con esta significativa e hipócrita declaración: «España se ofrece al mundo como un ejemplo de paz y orden. No sacrificaremos jamás esta unidad, esta paz, este orden por nada ni por nadie. Seamos siempre fieles al mandato de nuestros muertos». Cuando hablaba de muertos, estoy seguro que no se refería a los masacrados en el Albaicín cercano a mediados de julio del 36 ni al poeta asesinado en el camino de Víznar, el 18 de agosto del mismo año. En aquel áspero erial, una vez desmontado el aparatoso altar, entronizaron a la Inmaculada y encargaron al ingeniero catalán Carlos Buhigas un colorido telón de agua y luz que dejase pasmados a todos los granaínos de generaciones venideras; a imagen y semejanza de la mágica fuente de Montjuich. No sé cuánto duraron en funcionamiento los chorritos y la iluminaria, pero os puedo asegurar que cuando después de las clases yo bajaba cada noche la cuesta del Triunfo, solo alcanzaba a contemplar el resto de unos caños ciegos y mudos. Por eso algunas veces me gustaba recordar otros dos versos de Federico: «¡Quién dirá que el agua lleva / un fuego fatuo de gritos!».

La fuente del Triunfo, obra de Carlos Buhigas reparada por Jesús Pajares, en su estado actual. Al fondo el Hospital Real (Foto del Patronato de Turismo de Granada).

En una cervecería de Montauban

Una noche de noviembre de 2018, alrededor de unas jarras de cerveza, en aquella acogedora ciudad del sur de Francia de tantas connotaciones azañistas, tal vez salió el tema recurrente y obsesivo de la fuente muda y ciega de mi adolescencia granaína. Fue entonces cuando Rafael Poveda, Fali, me descubrió que, años atrás, aquella fuente había sido reparada por nuestro común amigo Jesús Pajares. Me faltó tiempo cuando regresé a Alcalá para preguntárselo al propio Pajares; con él coincidía cada mañana al comprar el pan. Orgulloso de que alguien reconociera su labor –más allá de Despeñaperros– al día siguiente me trajo un voluminoso álbum de fotos donde se desarrollaba gráficamente todo el proceso de reparación y puesta en marcha de esa mítica fuente que, al parecer, habían agonizado y extinguido sus chorritos luminosos, allá por la década de los sesenta. Jesús, con la paciencia que le caracterizaba y su saber didáctico a la hora de hablar del curso de las aguas, me fue explicando, minuciosa y detalladamente la función que tuvieron en su día, el laberinto de cañerías que, en las primeras fotos, aparecían cubiertas de herrumbre. Después, página a página del álbum, las imágenes iban mostrando tan laborioso proceso, hasta finalizar con una panorámica que reproducía el monumento en todo su espectacular esplendor de agua y luz.

Curro y Jesús: dos cabalgan juntos

Conocí a Jesús Pajares durante su época de concejal en el primer ayuntamiento democrático de esta ciudad. Muchos años después se presentó con Curro en mi estudio de Madrid; traían ilusionados las fotos y el texto de una aventura que habían compartido e, inevitablemente, querían convertir en un libro. Hasta el título lo tenían claro: o Henares abajo. Pero eso, como diría Kipling, es otra historia que además ya conté en esta misma sección de La Luna, allá por el verano pasado.

Jesús Pajares, marzo de 1984. (Foto de Luis Alberto Cabrera, de su libro “Alcalá de Henares, retratos de fin de siglo”).

Un regalo

Cada mañana, a lo largo de estos últimos tiempos, coincidíamos a primera hora de la mañana, con el pan y el periódico debajo del brazo. En apenas cinco minutos improvisábamos una breve, pero sabrosa conversación trufada de recuerdos y personales críticas ante el análisis de la compleja situación del momento. Incluso nos intercambiábamos imágenes antiguas. Recuerdo con especial cariño cuando me pasó la reproducción del pasquín que anunciaba un mitín del PCE en Alcalá, con motivo de las primeras elecciones municipales de la democracia, en él aparecía su nombre en compañía del de Juana Doña y el de nuestro siempre recordado amigo común, Heliodoro Ceballos. Siempre nos despedíamos hasta el día siguiente con la sensación de haber arreglado el mundo. Una mañana llegué tarde a la cita, él me había dejado un sobre en la confitería dónde comprábamos el pan. Un emocionado regalo que contenía cerca de treinta imágenes en papel; Jesús, en su viaje al sur, había retratado casi todas las fuentes de Granada. No pude agradecerle aquel detalle personalmente. Otra mañana me comentaron que había sido ingresado. Le escribí a su correo para darle las gracias y, sobre todo, interesarme por su salud. Me contestó de inmediato señalando el aburrimiento de aquella situación en la esperanza de que pronto regresarían nuestras breves tertulias mañaneras. Nunca más le volví a ver. Aquellos dos amigos que cabalgaron juntos recorriendo el Henares, se me fueron casi a la par.

La fuente de los Gigantones en la Plaza de Bib-Rambla (Foto Jesús Pajares).

En Granada el agua

Hace un par de meses regresé a Granada. Hasta entonces me había resistido a volver porque casi todos mis amigos ya solo eran sombras del pasado. Se habían ido difuminando todas las referencias de una adolescencia y juventud que yo entendí como feliz. Al menos así la tengo mitificada. La ciudad está más bella que nunca. Las fuentes, en su sitio, como debe ser. (La de Plaza Nueva, el Paseo de los Tristes, la del Campillo, de las Batallas, Campo del Príncipe….) Pero fui incapaz de acercarme hasta la del Triunfo y admirar la labor restauradora de Jesús. Tal vez consistió simplemente en un acto de cobardía frente a ese tiempo del ayer que nunca regresa. Sin embargo, en la Plaza de Bib-Rambla, ante la fuente de los gigantones, le dediqué un cálido recuerdo, no solo a él, sino también a Carlos Cano, otro amigo que me dejó. De regreso a casa volví a escuchar un tema del disco Crónicas granadinas: «En Granada el agua / cuando la bebía / fiebre de palomas / por dentro subía./ Y vi mi tierra / mi pueblo vi». Al tiempo que contemplaba la foto que Jesús le hizo a aquellas inquietantes figuras que desparramaban el agua del tiempo que se nos fue.

 

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