EL BUENO Y EL MALO
Será deformación profesional, pero para mí este título no es de película.
El colesterol es una sustancia natural y necesaria para la vida; está en todas nuestras células y participa en tareas tan nobles como fabricar hormonas o ayudar a procesar las grasas que comemos. Podemos decir que es ese personaje secundario imprescindible en cualquier película que no suele ser el protagonista, pero que sin él la secuencia no tiene sentido.
La verdad es que la historia del colesterol es larga y ha tenido más giros que una serie de misterio. Durante siglos fue una curiosidad química, hasta que llegó un momento crucial para la medicina moderna.
En el siglo XVIII, François Poulletier de la Salle identificó una sustancia sólida en los cálculos biliares. Décadas después, el químico francés Michel Eugène Chevreul la estudió y popularizó el término «colesterina».
En el siglo XIX se comprobó que aquella sustancia también estaba presente en la sangre y, ya en el XX, comenzaron a acumularse las evidencias que relacionaban el colesterol con la aterosclerosis.
En 1910, Adolf Windaus encontró concentraciones muy elevadas de colesterol en las placas ateroscleróticas de las arterias.
Después llegaron los grandes estudios epidemiológicos, entre ellos el Framingham Heart Study, que contribuyeron a establecer la relación entre determinados niveles de colesterol en sangre y el riesgo cardiovascular. También se empezó a comprender el papel de las lipoproteínas que transportan el colesterol por nuestro organismo.
Y aquí ya aparecen nuestros dos protagonistas: LDL y HDL.
El LDL-colesterol se suele llamar «colesterol malo» porque unas concentraciones elevadas favorecen la acumulación de colesterol en la pared arterial y participan en el desarrollo de la aterosclerosis que obstruye las arterias.
El HDL-colesterol, por su parte, se ha popularizado como «colesterol bueno» porque participa en el transporte del colesterol desde los tejidos hacia el hígado y favorece su metabolización.
En realidad, no existe un colesterol bueno y otro malo. El colesterol es el mismo. Lo que cambia son las moléculas que lo transportan por la sangre. Podemos imaginar que son los vehículos de un trayecto por la autopista del torrente circulatorio de nuestro organismo.
Dicho de otra manera: el LDL es el protagonista malo que más nos preocupa, pero la película tiene más personajes. Cuando se interpreta una analítica, no se mira únicamente el colesterol total. Se tienen en cuenta el LDL, el HDL, los triglicéridos y, sobre todo, el riesgo cardiovascular global de cada persona.
¿Y si el colesterol total se pone en modo rebelde y supera los 200?
Un colesterol total en sangre superior a 200 mg/dL puede considerarse elevado, pero no significa por sí solo que una persona vaya a sufrir un infarto o un ictus. La valoración depende de muchos otros factores: edad, presión arterial, tabaquismo, diabetes, antecedentes cardiovasculares, función renal, antecedentes familiares y valores de LDL, entre otros.
¿Y qué pinta aquí la alimentación?
El colesterol de los alimentos y el colesterol que circula por nuestra sangre no son exactamente lo mismo. Nuestro organismo fabrica colesterol y regula su metabolismo, y la cantidad de colesterol que ingerimos no determina por sí sola el nivel de colesterol sanguíneo.
La recomendación no necesita convertirse en una dieta de astronauta.
Una alimentación cardiosaludable debería dar protagonismo a:
- verduras y hortalizas;
- frutas;
- legumbres;
- cereales integrales;
- frutos secos;
- aceite de oliva y otras grasas insaturadas;
- pescado, especialmente pescado azul;
- y alimentos poco procesados.
Pero ¡ojo!, las carnes NO son los únicos alimentos que contienen colesterol.
Muchos dulces y salsas también van cargados de colesterol porque se elaboran con productos de origen animal: mantequilla, nata, manteca de cerdo, etc. Pasteles, mahonesa, patés, bizcochos, chocolate… una auténtica fiesta para el paladar, pero un drama para los análisis de sangre.
Algunos productos de bollería, pastelería y salsas pueden aportar además grasas saturadas porque se elaboran con mantequilla, nata u otras grasas animales. Y ahí sí tenemos una razón para no convertirlos en protagonistas diarios.
¿Y los huevos?
Aquí podemos jubilar una vieja regla que ha circulado durante años: no existe una recomendación general que obligue a una persona sana a limitarse a dos huevos por semana. La cantidad adecuada depende del conjunto de la dieta y de la situación individual. El huevo puede formar parte de una alimentación saludable.
Lo que probablemente diría nuestra abuela: comer bien, variado y sin convertir ningún alimento en el malo de la película.
Si, a pesar de las medidas sobre el estilo de vida, el LDL continúa elevado o el riesgo cardiovascular es suficientemente alto, puede ser necesario recurrir a un tratamiento farmacológico.
Las estatinas son los fármacos de primera elección para reducir el LDL en muchas personas que necesitan tratamiento. Pero no son los únicos: dependiendo del riesgo y de la respuesta al tratamiento pueden utilizarse otros medicamentos, solos o combinados. Las recomendaciones europeas mantienen a las estatinas como primera opción y contemplan otros tratamientos cuando no se alcanzan los objetivos de LDL o no se toleran adecuadamente.
La realidad es que ni infusiones milagrosas, ni suplementos alimentarios pueden bajar el colesterol de forma eficaz.
Escena final
Si queremos que la película tenga un final feliz, conviene recordar tres palabras:
alimentación, movimiento y prevención.
Porque con el colesterol hemos topado, sí. Pero, como en las buenas películas, conocer a los protagonistas ayuda a entender el argumento.
Ante cualquier duda sobre una analítica o un tratamiento, consultar con un profesional sanitario es la mejor recomendación.
Por Manuela Plasencia
Farmacéutica
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