Iluminaciones en la sombra
En aquel trágico agosto del 36 Francisco ejercía como cónsul general en el El Cairo. Fue allá en Egipto –tan lejos de Granada– donde recibió la fatídica noticia del asesinato, por fusilamiento, de su hermano Federico y de su cuñado Manuel Fernández Montesinos, alcalde de la ciudad. Había comenzado a brotar la pena negra sobre los campos de aceituna. Estúpido régimen de terror, supuestamente patriótico, arrebatando vidas. Unamuno, tardíamente escarmentado, llegaría a afirmar aquello de: «…que no hay nada peor que el maridaje de la mentalidad de cuartel con la de sacristía. Y luego la lepra espiritual de España, el resentimiento, la envidia, el odio a la inteligencia…» Todavía cuesta imaginar el profundo desgarro que debió sufrir al recibir la noticia –en la distancia– de que allá en su tierra el odio había segado la vida a dos de sus seres más queridos, en los tiempos oscuros y revueltos de la sinrazón que se iniciaba. Un año después don Antonio Machado dejaría escrito su lamento: «Se le vio, caminando entre fusiles, / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos / no osó mirarle la cara. / Todos cerraron los ojos; / rezaron: ¡ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico / —sangre en la frente y plomo en las entrañas— / … Que fue en Granada el crimen / sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.» Entendemos que ni siquiera aquellos sobrecogedores versos desde el dolor debieron aliviarle la herida.

Los hermanos García Lorca en la casa familiar de la Acera del Casino (Granada, 1921).
Porque la pena tizna cuando estalla
En 1931 Francisco García Lorca ingresó en el Cuerpo Diplomático de la República; Túnez sería su primer destino con el cargo de vicecónsul, después fue trasladado a El Cairo como secretario de la legación de España. Meses más tarde –1936– se produce el levantamiento militar y pocas semanas después le llega el trágico rumor de tan vengativos asesinatos, aun sin confirmar ante la imposibilidad de comunicación con la península o con algún miembro de la familia. Posteriormente, con el cargo de segundo secretario, pasa a la Embajada española en Bruselas. En el otoño de 1938 es reclamado en Barcelona para ocupar el puesto de Jefe de Protocolo en el Ministerio de Estado pero ante el pesimista cariz de los acontecimientos regresa a Bélgica antes de que acabe el mes de enero de 1939. Finalizada la contienda, frente a los nefastos resultados de todos conocidos, optó por exiliarse a Estados Unidos. Allí ejerció como crítico literario e impartió clases en el Queens College. En 1942 contrajo matrimonio con Laura, hija del político socialista Fernando de los Ríos. Ya en 1940 el resto de aquella familia rota había conseguido reunirse en tierras extranjeras. Cinco años más tarde moriría su padre lejos de la Vega. De entre las poesías de Francisco, tardíamente recuperadas (Ed. Nacional, 1984), habría que regresar a uno de sus sonetos y en concreto al terceto donde muestra, efectivamente, que la pena tizna cuando estalla: «Hablas a solas, padre, y vuelan malheridas / y rotas tus palabras en torno de tu pena, / que forma con la mía indefinibles ramos.» Doña Vicenta Lorca Romero, su madre, regresará a España, pero se niega –con razón– regresar a Granada. Durante un tiempo vivirá su dolor en una finca cercana a Alcalá. Moriría en Madrid en 1959. A partir de 1955, el hermano de Federico, pasó a formar parte del equipo de la Universidad de Columbia en Nueva York. En 1968, tras su jubilación, decide regresar a Madrid desde donde dirige cursos para el Middlebury College Graduate School de Vermont. Murió a primeros de mayo de 1976, apenas un mes antes de que se le tributara –por fin– un emotivo reconocimiento a su hermano en Granada y en el Fuente Vaqueros natal de ambos, el cinco a las cinco.

Cubiertas de ediciones póstumas de Francisco García Lorca.
Federico y su mundo
Gracias al empeño de su viuda y al minucioso trabajo de Mario Hernández, en 1980 Alianza Editorial publicó en la colección “Alianza Tres” el relato incompleto de las memorias de Francisco García Lorca con el título Federico y su mundo. Poco más de 150 páginas en edición del propio Mario Hernández que lo enriqueció con un extenso y clarificador prólogo. Se completaba el volumen –aparte de la interesante documentación fotográfica– con un exhaustivo apartado de “Ensayos críticos” sobre la poesía, el teatro y otros aspectos de la obra de su hermano, añadiendo además textos inéditos del propio Federico y un último apartado con las transcripciones musicales de Gustavo Durán para los montajes de La Barraca, superando el conjunto más de medio millar de páginas. En ningún momento encontramos en las páginas de Federico y su mundo una hagiografía sobre el poeta asesinado sino más bien una evocación entrañable de aquellos años que vivieron juntos en la infancia de la Vega (Fuente Vaqueros, Daimuz, Asquerosa) y la ilusionante experiencia de una aventura juvenil desarrollada, pero truncada, entre las tertulias de El Rinconcillo, El Polinario y la corta vida del Gallo revisteril. Federico y su mundo fue el encargo de una editorial estadounidense que quedó inacabado. Su lectura nos sirve para conocer, sobre todo, la trayectoria vital de aquel magnífico narrador, crítico y poeta que durante años quedó diluido por las circunstancias. En febrero de 1927 Federico ya escribía a Jorge Guillén todo ilusionado para confesarle, confidencialmente, que Francisco estaba escribiendo una novela maravillosa: «No me ciega el infinito amor que yo le tengo. […] Mi hermano ha estado cohibido por mi personalidad.» El Libro de Poemas de Federico G. Lorca, sufragado por su padre y publicado en Madrid por la Imprenta Maroto en 1921, aparece dedicado: «A mi hermano Paquito» que por lo visto marcó el criterio seleccionador de aquellos versos. En el segundo y último número de la revista Gallo (abril 1928) apareció un extenso fragmento de Encuentro (Págs. 4-7), novela de Francisco García Lorca que quedaría inédita.

Los dos únicos números de “Gallo”, la efímera Revista de Granada (1928).
Sobre la realidad en el Quijote
En 1984 la editorial Istmo, en su colección Bella Bellatrix, publica De Garcilaso a Lorca, una recopilación de la labor crítica más destacada que Francisco García Lorca había dejado ordenada antes de su muerte. Una edición preparada por Claudio Guillen, que en el prólogo llega a afirmar: «Como tantos otros lectores y admiradores suyos, yo no vacilo en pensar, o en volver a pensar, pues hace al menos un cuarto de siglo que estoy convencido de ello, que nos hallamos ante una de las más altas cumbres de la crítica literaria moderna en lengua castellana.» Un libro, en suma, que nos ayuda a desmenuzar con deleite la esencia –a veces tan misteriosa– de la creación artística. Se detiene sobre la realidad del Quijote en el extenso capítulo II, abriéndonos nuevas compuertas inimaginables sobre un texto que creíamos leído y releído. Del mismo modo disecciona el romancillo de Góngora “Hermana Marica” para mostrarnos toda su compleja estructura. Dedica otros apartados a Garcilaso, el Lazarillo, San Juan de la Cruz, Jorge Manrique o Quevedo para acabar un quinto capítulo con el profundo análisis de tres poemas de su hermano. En el mismo año de 1984 Mario Hernández preparó una antología de Francisco García Lorca para Editora Nacional que editó en su primorosa colección “Libros de poesía”. Sobrecoge recuperar los versos de aquel García Lorca que parecía diluido en el olvido.



























