Fútbol. La humedad del Ecce Homo y la dictadura del cerocerismo (RSDA Alcalá 0 – 0 Real Madrid C)

Fútbol. La humedad del Ecce Homo y la dictadura del cerocerismo (RSDA Alcalá 0 – 0 Real Madrid C)

Descendían del Ecce Homo las bajas presiones y los paraguas se abrían y así quedaban tanto si llovía como si no. Jesús Muñoz apenas visitó el banquillo en el que hacía su presentación tras la marcha sorprendente de Vivar Dorado. Vestido de invierno en temporada de setas, recurrió a los ejes y las columnas vertebrales inauguradas en su momento por el anterior propietario de la dirección técnica. Chete, Edu Viaña, Sergio Marcos, Aitor González, Albur y Javi Hernández, dos jugadores por cada línea para reconciliarse con la mácula de inquilino de las últimas temporadas. Pero la suerte es un activo de los campeones y el equipo rojillo todavía no ha encontrado acomodo en esa dimensión de los ases.

En el minuto 5, una jugada confusa que terminó en gol desmintió aquella sentencia de “penalty y gol es gol”, porque el árbitro Jiménez Villalba recurrió a la inversión del reglamento de la antigualla y pitó pena máxima. Loren también se encargó de desmentir la euforia como sustancia de las ilusiones y tiró el balón al poste cuando el portero del Real Madrid intuyó la trayectoria en el sentido inverso al giro de la realidad. El palo y su sonido neutral impidió la alteración en el marcador. Y a partir de ahí, una larga estancia de ambos equipos en la disputa del gol como traducción de las ansias en números.

El verde bosque en versión intensa, “verde oscuro casi negro”, de hace veinte años recuerdo a Daniel Sánchez Arévalo, del Real Madrid en su versión C, como es propio del cultivo de la cantera, exhibía juventud, casi adolescencia, para un desarrollo de partido que parecía un choque generacional. En aquel mosaico del equipo visitante con predominio cromático del verde, resplandecía el amarillo auto del portero, de nombre Illia y de apellido Voloshin, ucraniano de cuna y de tirón de crecimiento, detrás del cual existe una historia de interés “fieramente humano”. 19 años tiene la criatura y hace tres que dejó a su madre en Dnipro entre la incertidumbre y la metralla para recalar en la alicantina Novelda. Sus 202 centímetros, todos de amarillo, imponían respeto al fondo negro de las Brigadas. Quizá sea pronto para sostener que “ha nacido una estrella”, pero el portero allende Ucrania, como Lunin, su vecino del frío en el Bernabéu, parece dueño de un futuro aproximadamente halagüeño. Con algo de suerte, se hablará en el corredor del Henares de Illia como aquel día que llovía en el Municipal del Val. Pero los territorios emocionales de los locales iban por caminos distintos.

El cero inicial y final, con dos partidos de idéntico resultado, son fotografía de seguridad en defensa pero infertilidad en ataque, lo que significa que los ajustes entre líneas se erigen como asignaturas para su estudio y examen en el cuaderno de notas del nuevo técnico, Jesús Muñoz, al que la historiografía del club rescataba hace veinte años como jugador del primer equipo, cuando su cabellera estaba entera y la tonsura era materia de la que no se tenía noticia. El cántico de las Brigadas, compactas y negras como el nublado, recurrió a los “huevos” como acicate, lo que no parece instrumento de elegancia en el manejo de la pelota. En la tribuna, los imperativos didácticos hablaban de “hay que tirar” y denigraban los “vale, vale” de Muñoz cuando algo se había intentado sin ir más allá del intento.

El segundo tiempo, con más predominio técnico del Madrid, a veces orquestado con raciocinio que desvelaba una buena crianza en Valdebebas, parecía algo de ensayo de salón. Salió el pequeño Luis Simón y en seguida produjo sensación de peligro al mismo tiempo que produjo incredulidad por no contar desde el principio con sus sensoriales poderes.

Y después del minuto 94 el pitido final se impuso a un partido sin piedad numérica, pero quizá en el recuerdo histórico de Illia, portero superviviente a una guerra con cuatro años y medio de duración y con todo el aspecto de originar el nacimiento de una estrella.

Antonio Campuzano.

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